Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

La grandeza derruida del héroe Gary Cooper


por Juan Manuel de Prada

Opinión

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Gary Cooper encarnó, mejor que ningún otro actor del cine clásico, todas las virtudes antiguas que hacen la vida más enaltecedora y habitable. Y, a medida que los estragos de la edad iban marchitando su juvenil belleza (pero nunca su apostura), supo desnudarse pudorosamente ante las cámaras, brindándonos algunas de sus interpretaciones más memorables, en las que ya no asoma el héroe de una pieza de antaño, sino el hombre lacerado de dudas, el hombre magullado y mohíno, con el alma cosida de cicatrices, que libra en su conciencia la sempiterna batalla entre el bien y el mal.

Ninguno de los actores de su generación consiguió completar una metamorfosis tan pasmosa: entre el cándido Mr. Deeds de Capra [Mr Deeds goes to town {El secreto de vivir}] y el atribulado comisario Will Kane de Zinnemann [High noon {Solo ante el peligro}], entre el despistado erudito de Bola de fuego y el asesino arrepentido de El hombre del Oeste [Man of the West], Gary Cooper no se limitó a «evolucionar», al hilo de las arrugas y los achaques; en su mirada penitente, en sus andares un poco desgarbados o maltrechos, descubrimos esa grandeza derruida de los héroes que han bajado del pedestal para iniciar un vía crucis personal sembrado de abrojos y penitencias, hasta alcanzar finalmente la redención.

Porque la enfermedad se ensañó muy crudamente con Gary Cooper, asestándole toda suerte de mordiscos y dentelladas (hernias y úlceras y, ya por fin, un cáncer que acabó con su resistencia); pero encontró en esa difícil senda la luz capaz de alumbrar las postrimerías más tenebrosas.

Era bello como un dios pagano, esbelto como un chopo, parsimonioso y atolondrado, con un fondo de timidez aleteando en la mirada y una elegancia que nunca era premeditada, como de héroe a la fuerza o amante remolón. Tenía unos inimitables andares de cigüeña, con un levísimo esguince en la cadera que los años irían acentuando y una sonrisa de mandíbula apretada y hoyuelos pícaros que iluminaba su rostro y esmaltaba de jovialidad sus ojos zarcos. A veces también sonreía al bies, esquinada y socarronamente, dejando escapar la hilaridad por una sola comisura, como si el pudor le impidiera asomar la exacta arquitectura de sus dientes. Y era a la vez rudo y caballeresco, aristocrático y viril, con algo de tenorio muy trasegado y algo de doncel bisoño, una mezcla que daba fuerza a todas sus interpretaciones. Los detractores de Gary Cooper suelen negar sus dotes actorales, tildándolo de aturullado y patoso, sin entender que esas torpezas fingidas forman parte de su estilo intransferible. En alguna película llegó, incluso, a declarar su amor a la actriz de turno con la vista clavada en los zapatos, que parecían estar pisando una colilla inexistente; pero luego, en la sala de montaje, se descubría que esa declaración de amor, en apariencia sosainas, estaba penetrada de un secreto desvalimiento, de una pudorosa timidez, que la hacían irrepetible.

Dignidad invicta

A los fanáticos de Gary Cooper nos cuesta elegir entre el héroe esforzado e ingenuo que nos emocionó hasta las lágrimas en Juan Nadie y el héroe hastiado y crepuscular que, hacia el final de Solo ante el peligro, se arranca del chaleco su estrella de hojalata y la arroja al barro.

Entre la sociedad que retrata Capra, donde el pueblo aún puede alzarse sobre las asechanzas del dinero, y la sociedad que retrata Zinnemann, convertida en masa amorfa y fácilmente manipulable, rehén de la histeria y el miedo, media el derrumbe moral de los Estados Unidos, que quisieron ser una nueva Grecia para acabar siendo una repetida Persia. Pero los personajes encarnados por Gary Cooper fueron durante tres décadas un emblema de dignidad invicta, un espejo de virtudes en el que todos los estadounidenses querían reflejarse.

Los cinéfilos de pata negra y pezuña roja (o sea, todos menos yo) siempre han reprochado a Cooper su comparecencia ante el Comité de Actividades Antiamericanas, donde proclamó su repudio del comunismo; olvidan, en cambio, que, instado a denunciar a sus compañeros rojelios, se negó a hacerlo. También olvidan que, cuatro años más tarde, en pleno rodaje de Solo ante el peligro, cuando su guionista Carl Foreman fue estigmatizado por su adscripción el partido comunista, Cooper se declaró públicamente su amigo, ganándose la animadversión de los sectores conservadores de Hollywood. ¡Qué vamos a hacer, los católicos somos así! Porque Gary Cooper acabó, por supuesto, convirtiéndose a la fe católica, como tarde o temprano terminan haciendo las personas inteligentes que se reconocen pecadoras. Y Cooper, al menos en lo que se refiere a lances de alcoba, había pecado una barbaridad.

Murió seis días antes de hacerse sexagenario. Todavía hoy, casi sesenta años después, seguimos recordando su estampa en la secuencia de Solo ante el peligro que precede al tiroteo final, la desolación de un hombre abandonado de todos que camina parsimoniosamente hacia la muerte, hacia la leyenda, hacia una región de luz donde anida la inmortalidad.

Publicado en ABC.

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