Jueves, 17 de octubre de 2019

Religión en Libertad

La leyenda negra de Napoleón… y la de España


Durante casi un siglo se pensó que la expresión leyenda negra era de origen español. Nuevas revisiones bibliográficas no permiten sostener ya dicha opinión.

por Luis Español Bouché

Opinión

El siglo XX abrió sin duda una nueva era en el campo de la comunicación y de sus díscolas hijas, la publicidad y la propaganda; distintos autores lo han calificado como siglo de la imagen. Resulta por lo tanto lógico y natural que en 1914 se publicara el primer estudio sistemático de la imagen de una nación, incidiendo en la propaganda negativa. Ese estudio se tituló La leyenda negra, y su autor fue el madrileño Julián Juderías (18771918) que debe, por tanto, ser considerado el pionero y primer padre de la imagología y del estudio sistemático de la propaganda.
La preocupación de Juderías por la imagen de las naciones es muy anterior a la publicación de su famoso ensayo; ya en 1901 se interesaba por la imagen de Rusia. Sus trabajos nada deben al cansino patrioterismo reaccionario sino que surgen de la visión verdaderamente patriota y objetivadora de los regeneracionistas. No es casualidad que Juderías escribiera su famoso ensayo en los mismos meses en que unos judíos norteamericanos constituían la primera Liga Antidifamación (1913).
Debemos destacar también la originalidad y modernidad del trabajo de Juderías, quien puso el acento en la propaganda misma, al margen de los propagandistas. La leyenda negra antiespañola era una realidad autónoma que sobrevivía a sus autores. Es decir, lo importante era el mensaje, no los mensajeros. De ahí que sea del todo erróneo situar el debate sobre la Leyenda Negra en el marco de las relaciones entre España y el extranjero entre otras cosas porque los principales autores del canon antiespañol han sido a su vez españoles, y también porque los mayores enamorados de la Historia de España no han sido españoles sino extranjeros. El propio Juderías insistió en este aspecto en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia (1918), donde proporcionó una completísima lista de hispanistas extranjeros, detallando sus contribuciones a la historia de España.
Leyenda se deriva de legenda, que significa lectura, y la expresión leyenda negra no es más que la contraposición de las leyendas doradas o áureas que toman su nombre del clásico de Voragine, la Legenda Sanctorum o “Lecturas sobre los Santos” que rápidamente fue rebautizada como Legenda Aurea.
La expresión leyenda negra es relativamente moderna y Juderías ni fue ni pretendió ser su inventor, aunque la pusiera de moda a partir de su citada obra de 1914.
En algún trabajo pude ya subrayar que con anterioridad al propio Juderías varios autores españoles usaron la expresión leyenda negra y entre ellos hay que destacar a Emilia Pardo Bazán en el marco de unas conferencias en París (1899); luego Blasco Ibáñez recogió dicha expresión durante sus exitosas conferencias de Buenos Aires de 1909.
Añadamos también que en 1899, el sacerdote Cayetano Soler en su obra El fallo de Caspe, dedicada al famoso Compromiso, escribía: “Si hay que escuchar a los enemigos del Compromiso no parece sino que con la venida de Fernando de Antequera se cierra la edad de oro de nuestra historia” (p. 148) y añade un par de páginas más allá, “Digamos desde luego, que tan falsa es la leyenda de oro de nuestros Reyes catalanes como la negra leyenda de los Reyes de castellana alcurnia” (p. 150). La obra del presbítero catalán se concluyó en los mismos días en que doña Emilia daba su conferencia en París, en lo que califiqué en su día como el más antiguo uso de la expresión leyenda negra conocido hasta ahora en nuestro idioma.
Pardo Bazán reaccionaba a la propaganda antiespañola de la prensa yanqui al igual que Soler reacciona al anticastellanismo y, en definitiva, antiespañolismo de los catalanistas cortados en el mismo patrón que el Dr. Robert. De modo que la expresión leyenda negra aparece en 1899 en sendas obras acerca del antiespañolismo, tanto de origen nacional como extranjero.
Ahora podemos aportar un dato más, y creemos que particularmente fecundo en enseñanzas: antes que en cualquiera de los citados autores españoles, la expresión leyenda negra aparece en la obra de un historiador francés.
En marzo de 1893 se empezó a divulgar en París un interesante trabajo sobre Napoleón, Napoléon intime, obra meticulosamente documentada y anotada de Arthur Lévy, que le dedicó nada menos que diez años de investigación. La obra fue rápidamente traducida al español por Rafael Mesa y López y publicada, sin notas, en la colección Nelson.
Lévy, en su introducción de 1º de septiembre de 1892 escribió —uso de mi propia traducción a partir del original—: “En vida fue Napoleón objeto del culto y luego del desprecio de sus súbditos. Hoy día […] su memoria nos divide a todos en dos campos, admiradores y detractores, ambos con el mismo afán de falsear la verdad tanto a favor suyo como en su contra […] Sin embargo, al estudiar con rectitud la vida del Emperador, se ve de inmediato cómo la realidad acaba zafándose de las leyendas, tanto de la dorada como de la que podemos llamar leyenda negra napoleónica. He aquí esa realidad: Napoleón ni fue un Dios ni un monstruo […].
Lévy insistió en todo momento, a lo largo de su ensayo, en tratar de objetivar la memoria de aquel cuyo destino asombró a Europa, y, denuncia el trato que le reservaron la historiografía de la restauración borbónica o un filósofo de la Historia de la categoría de Taine. Pensemos que sobre Napoleón se hicieron correr toda suerte de rumores infamantes, como aquel que le prestó relaciones incestuosas con sus hermanas y al hablar de la formación del joven Buonaparte en la escuela de Brienne subraya con acierto Lévy que cada historiador, según su propio programa de apologista o de detractor, presentó al niño Napoleón o bien como un prodigio que anunciaba al genio universal o bien como a una criatura hipócrita y de imperiosa voluntad que permitía presagiar al déspota sanguinario…
La reseña de Henry Gauthier-Villars para la Revue Bleue —nº 9, tomo LI, de 4 de marzo de 1893, págs. 281-283— una de las grandes revistas culturales de su tiempo, no dejó de destacar la afortunada fórmula de Lévy —leyenda dorada y leyenda negra— y al hablar de esta última subrayaba que nos pintaba Napoleón —traduzco— “bajo la apariencia de un monstruo vomitado por los infiernos con el fin de castigar la humanidad, al margen de todas las leyes divinas y humanas y cuyo dominio se asentó en la universal cobardía”. Esa imagen de Napoleón, podemos añadir, es idéntica a la que podían tener los detractores de Felipe II, tantas veces demonizado.
Precisamente, y volviendo a la leyenda negra antiespañola, podríamos preguntarnos, ¿por qué ha sido España objeto de ese trato? ¿Por qué ha habido tanto interés en estudiarnos —la labor de los hispanistas— o en denigrarnos? La respuesta sin duda debemos buscarla en el hecho de que España ha sido la primera potencia global en la Historia y que su surgimiento fue coetáneo del de la Imprenta y el desarrollo del protestantismo. Para aquellos que todavía (des)califican la Iglesia Católica como Prostituta de Babilonia, ¿qué iba a ser la católica España sino el enemigo a batir?
Lo mismo podemos decir de Napoleón cuya asombrosa trayectoria no podía dejar indiferentes ni a los enemigos de la Revolución burguesa que encarnó, ni a aquellos Estados que vieron en el Imperio Francés una amenaza para su supervivencia.
El elemental mecanismo negrolegendario desvelado por Juderías —omitir lo bueno y exagerar o inventar lo malo— no podía limitarse a denigrar una nación como la española sino que por la sencillez de su planteamiento resulta un método universal de infamación, tan bueno para agredir la poderosa España como al omnipotente Corso.
En cierto modo la leyenda negra antiespañola, la que escribimos Leyenda Negra con mayúsculas— era tan inevitable como lo es hoy día la siempre viva leyenda negra antiamericana. Sin duda el siglo XXI verá surgir nuevas modalidades de leyendas negras, esta vez contra China y la India, porque el poder y el éxito entrañan desconfianza: nada nuevo bajo el sol.
Permítaseme concluir estas líneas con una afirmación optimista: los medios de investigación que suponen las bibliotecas y hemerotecas digitales, la indexación y los buscadores telemáticos no son ya ninguna promesa sino una palpable realidad que está cosechando cada día nuevos frutos en el campo de la erudición.
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