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Miércoles, 23 de mayo de 2018

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En la Iglesia católica no hay «cambios de paradigma»


En la Iglesia católica no hay rupturas: eso ya se intentó hace 500 años, con resultados catastróficos para la unidad cristiana y la causa de Cristo.



George Weigel

4 febrero 2018

Desde que Thomas Kuhn lo popularizase en su libro de 1962 La estructura de las revoluciones científicas, el concepto de “cambio de paradigma” ha dado lugar a debates fascinantes sobre si tal o cual ruptura con una idea científica anterior debía considerarse como uno de ellos. Pero lo que no suscita mucha discusión es que un “cambio de paradigma” (como el “cambio” de la cosmología de Sir Isaac Newton a la de Albert Einstein, o el cambio de la teoría miasmática de la enfermedad a la teoría microbiana de la enfermedad) es una ruptura en la continuidad. Un “cambio de paradigma” supone una ruptura drástica, repentina e inesperada en el conocimiento humano y, por tanto, algo así como un nuevo comienzo.
 
¿Existen “cambios de paradigma” en la Iglesia?
 
Parecen existir pruebas bíblicas de uno de ellos en el primer capítulo de la Epístola a los Gálatas, donde San Pablo describe, muy telegráficamente, cómo llegó a comprender una verdad asombrosa: que la salvación prometida al Pueblo de Israel en la Alianza con Abraham y Moisés se había extendido a los gentiles. Algunos podrían encontrar otro “cambio de paradigma” en el primer capítulo del Evangelio de San Juan, en el que Jesús de Nazaret es identificado como la “Palabra” que “en el principio estaba con Dios”.
 
Esto concierne a la Divina Revelación. Sin embargo, y como la Iglesia siempre ha creído y enseñado, la Revelación concluyó con la muerte del último apóstol. Por tanto, la evolución en el conocimiento del Evangelio que tiene la Iglesia a lo largo de los siglos no es un asunto de “cambio de paradigmas” o rupturas, o de cortes radicales y nuevos comienzos; es un asunto de lo que los teólogos llaman desarrollo de la doctrina. Como nos enseñó el Beato John Henry Newman, el desarrollo doctrinal auténtico es orgánico y en continuidad con “la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre” (Judas 1, 3). En la Iglesia católica no hay rupturas: eso ya se intentó hace 500 años, con resultados catastróficos para la unidad cristiana y la causa de Cristo.
 
De ahí que resultase desafortunado que el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, describiese recientemente la Amoris Laetitia, exhortación apostólica del Papa Francisco sobre el matrimonio y la familia, como un “cambio de paradigma”.
 
Tal vez el cardenal Parolin entendió “cambio de paradigma” en un sentido distinto al de Thomas Kuhn (aunque el concepto de Kuhn sobre el cambio de paradigma como ruptura es la idea común sobre el término). Quizá el cardenal sugería que Amoris Laetitia pide a toda la gente de la Iglesia una actitud de mayor sensibilidad y caridad hacia quienes no se han casado por la Iglesia pero querrían formar parte de la comunidad católica (una sugerencia valiosa, aunque la compasión es la norma en las situaciones que mejor conozco). Pero sea lo que sea lo que quiso decir el cardenal, no puede haber entendido que Amoris Laetitia es un “cambio de paradigma” en el sentido de una ruptura radical con las nociones católicas previas. Porque la Iglesia católica no vive “cambios de paradigma” en ese sentido del término, y el mismo Papa ha insistido en que Amoris Laetitia no pretende una ruptura con la doctrina establecida de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio y los méritos necesarios para recibir la Santa Comunión.
 
Donde está en marcha algo parecido a un “cambio de paradigma” del tipo Kuhn es, sin embargo, en la recepción de Amoris Laetitia en diversas iglesias locales… y esto es muy mal presagio. La aplicación pastoral de Amoris Laetitia ordenada en Malta, Alemania y San Diego es totalmente distinta a la que ha sido ordenada en Polonia, Phoenix, Filadelfia, Portsmouth, Inglaterra y Edmonton (Alberta). Como consecuencia, la Iglesia católica está empezando a parecerse a la Comunión Anglicana (ella misma resultado de un traumático “cambio de paradigma” que le costó la cabeza a John Fisher y Tomás Moro). En efecto, en la Comunión Anglicana lo que se cree, celebra y practica en Inglaterra es muy distinto a lo que se cree, celebra y practica en Nigeria o Uganda.
 
Esta fragmentación no es católica. El catolicismo significa un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (cfr. Ef 4, 5), y la unidad es una de las cuatro notas distintivas de la Iglesia. Esa unidad significa que la Iglesia encarna el principio de no contradicción, por lo cual un pecado grave en el lado polaco del río Oder no puede constituir una fuente de gracia en la orilla alemana.
 
Algo se ha roto hoy en el catolicismo y no se remediará apelando a los cambios de paradigma. En los primeros siglos cristianos, los obispos discutían francamente y, si era necesario, se corregían fraternalmente unos a otros. Esa costumbre es tan esencial hoy como lo era en los días de Cipriano y Agustín, por no mencionar a Pedro y Pablo.

Publicado en First Things.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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