Jueves, 24 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Mosén Josep Samsó Elías, mártir de la persecución religiosa (1936)

Mañana, 23 de enero de 2010 tendrá lugar en la Basílica de Santa María de Mataró el acto de beatificación del sacerdote mártir Josep Samsó Elías. ¿Quién fue Mosén Samsó y porqué merece la beatificación?

César Alcalá



Josep Samsó Elías nació en Castellbisbal (Barcelona) en 1887. Cursó la carrera sacerdotal en el Seminario Conciliar de Barcelona, distinguiéndose en todos los cursos por su talento privilegiado y piedad ejemplar, todo lo cual le hacía acreedor de las mejores calificaciones. Desde joven se afilió al Carlismo.

En los últimos años de su carrera sacerdotal, habiendo fijado en él su atención el Obispo Laguarda, lo distinguió como familiar suyo, cargo en el cual estuvo hasta que fue consagrado Presbítero, 12 de marzo de 1910, celebrando su primera misa el día de San José, en la Capilla del Centro Obrero de la Sagrada Familia de la calle Calabria de Barcelona.

El 23 de julio de 1910 fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Julián de Argentona (Barcelona). Allí permaneció durante 7 años. El 11 de enero de 1917 fue nombrado párroco de la parroquia de San Juan de Mediona. A la muerte del párroco de Santa María de Mataró, Dr. Roig, Josep Samsó quedó nombrado Ecónomo-Arcipreste de la ciudad de Mataró y titular de dicha parroquia.

Al iniciarse la Guerra Civil, se refugió en casa de unos feligreses, hasta que, en la madrugada del 28 de julio de 1936, intentando abandonar la ciudad por razones de prudencia, fue detenido y encarcelado. Después de un mes de cautiverio, se puso precio a su vida, y atado de manos, emprendió su Vía Crucis hacia el cementerio de Mataró, donde fue asesinado.

En el periódico Mataró, del 21 de octubre de 1944, con motivo del traslado de los restos del Dr. Samsó a la Basílica Parroquial de Santa María de Mataró, Joaquín María de Nadal escribió el siguiente artículo, que reproducimos íntegramente:

«Eran diez, en aquella celda de la cárcel de Mataró en la que apenas había lugar para sus colchonetas y en la que, sin embargo, el espíritu de sacrificio de todos - ¡Dios se lo pague! – encontró emplazamiento para el colchón con que, la caridad de una familia amiga, me proveyó.

Cuando, a las diez de la noche, nos encerraron en aquel calabozo, nos desvestimos y nos tendimos en nuestros lechos de ocasión: Una bombilla de poca potencia iluminaba, con discreciones de lamparilla de enfermo, propicias a la reflexión y al recuerdo, aquellos muros de dolor. Yo revivía el viaje de aquella tarde, sentado junto al chófer, sintiendo tras de mi la presencia de los patrulleros armados, esperando, de un momento a otro, el expeditivo tiro en la nuca que, la crueldad de los hombres, había puesto de moda en aquellos días, y le pedía a Dios algo que parecía imposible en aquellos momentos: un sacerdote que me ayudase a bien morir, puesto que parecía que, de morir, se trataba.

Estas imaginaciones venían a distraerme del rezo del Rosario, que había iniciado, y las imágenes empezaron a confundirse, y las Aves Marías a diluirse en soluciones de continuidad de momentáneos olvidos... Algo así como en sueños, llegaron a mi las palabras de un compañero: ‘Quina patxorra té el senyor Nadal: mireu-lo com dorm!’. Y ya no oí nada más.

Alguien corrió, con ruidos amenazadores, los cerrojos de la puerta que comunicaba la entrada de la cárcel, con el patio y, aquel ruido, despertó a los dormidos y alarmó a los despiertos... Por un momento quedamos todos inmóviles. La puerta, que fuera abierta, se cerró de golpe. Respiramos.

Uno de nosotros miró por el judas de la puerta de la celda, hacia el patio y comunicó la noticia a sus compañeros: paseando por él había un nuevo detenido. Todos nos fuimos acercando a la rejilla por ver si podíamos identificarle. Tenía el aspecto de un obrero acomodado, vestido de fiesta. Llevaba un traje de americana oscuro, con gorra del mismo color. Alguien dijo: «Es el Doctor Samsó».

Yo sentía dentro de mí un hondo sobresalto: la muerte no podía estar lejos, puesto que Dios me  mandaba el sacerdote que la víspera le pedía...

Cuando, a las ocho de la mañana, nos abrieron la portezuela que comunicaba con el patio, todos nos precipitamos a saludarle. Estaba sereno, tranquilo, sonriente. Cuando me vio me dijo: «Vostè te una mica la culpa de que m’hagin agafat. Jo estava molt ben amagat; però, ahir, quan vaig saber que l’havien detingut, a vostè, decidí marxar a Girona i m’han descobert a l’estació» (Usted tiene un poco de culpa de que hayan detenido. Estaba muy bien escondido; pero ayer, cuando supe que lo habían detenido, a usted, decidí marchar a Gerona y me han descubierto en la estación). Y explicó su detención con perfecta ecuanimidad y como si se tratase de otra persona.

Le pedí para confesarme. Nos separamos de los compañeros y el Doctor Samsó se sentó en un pozo de piedra que, en un lado del patio, había. Quise arrodillarme a sus pies, y no lo consintió: me hizo sentar a su lado. Paternalmente me escuchó y sus palabras que destilaban santa dirección y consuelo, fueron saturándome de confianza. Nunca olvidaré la dulzura y la suavidad de aquella confesión que tenía motivos para creer que sería la última de mi vida...

Fueron muchos los que se sentaron, después, en aquel pozo del patio junto a él. Y, luego, se levantaban transfigurados. No sólo era un sacerdote y un santo, aquel varón justo a quien confiábamos nuestros errores y nuestros dolores; era también y quizás por encima de todo, un director de conciencias que conocía los secretos del alma humana y penetraba los caminos de la gracia, y sabía, por larga experiencia de su ministerio, cómo se lleva, a Dios, a las almas y cómo se llevan, las almas, a Dios».

La siguiente anécdota se refiere a la muerte del Doctor Samsó. Era el primero de septiembre de 1936, en el salón de comisiones del edificio del Ayuntamiento de Mataró. Estaban conversando Juan Peiró con otra persona. De repente, se abrió la puerta que daba acceso a la Secretaría y, sin llamar, irrumpió un hombre alto, robusto, con una arma larga colgada de la espalda y una arma corta en la cintura, con un pañuelo rojo y negro al cuello y sin ningún respeto exclamó: «¡Juan! ¡Venimos de hacer justicia!». Juan Peiró le respondió: «¡Bueno! Ya habréis hecho algún disparate». El hombre volvió a exclamar: «¡Acabamos de matar al rector!». Juan Peiró estalló de rabia y empezó a chillar: «¡Asesinos! ¡Éste hombre era mío! ¡Ladrones! ¡Me lo habéis robado! ¡Era mío! ¡Asesinos! ¡Hijos de p...! ¡Ladrones! ¡Asesinos!».

Aquel hombre que había entrado eufórico en la sala del Ayuntamiento salió de ella mustio y acongojado. Peiró le dijo a la persona que estaba con él: «¡Veis! Así no se lleva adelante un movimiento revolucionario. Esto no es una revolución; es un conjunto de asesinatos. Y pensar que algunos me acusaran a mí de esta muerte. ¡Y era una buena persona!».

Sus restos mortales fueron trasladados, el 22 de octubre de 1944, desde el nicho que ocupaba provisionalmente en el cementerio de Mataró, hasta la Iglesia de Santa María de Mataró, en la cual fue párroco desde 1919 hasta su muerte. En la lápida del mausoleo que guarda sus restos se puede leer:

«Éste túmulo guarda los mortales despojos del egregio y distinguido varón Rvdo. José Samsó Elías, Presbítero que rigió durante diecisiete años con máximo reconocimiento la Parroquia de Santa María de Mataró enalteciendo admirablemente el ministerio sacerdotal. Desatado impío aluvión en 1936, el 1-XI herido mortalmente, sucumbió por Cristo. Mira propicio a los sobrevivientes, a quienes enseñaste a santamente vivir y piadosamente morir. R.I.P. 23-X-1944».
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