Rocío Palomar, interiorista, ayuda a crear hogares que hablan de Dios: por qué el orden es clave
La esposa, madre de familia numerosa y responsable de Cotidiano Estudio profundiza en su cosmovisión artística y espiritual.
Rocío Palomar, responsable de Cotidiano Estudio, donde ofrece una visión de orden, belleza y personalidad en el diseño de espacios e interiores.
A lo largo de 2025, la interiorista Rocío Palomar decidió volcar su experiencia en el ámbito de la empresa y diseño de interiores en un proyecto tan personal como decidido. Cotidiano Estudio es la fusión de la faceta espiritual, matrimonial, de madre de familia numerosa y emprendedora de su impulsora, cuyo apellido podría sonar al lector después de que su hermana Teresa avanzase imparable en el reality La Voz, en pleno año de pandemia.
Rocío se sienta con Religión en Libertad para abordar de primera mano lo que muchos han venido a llamar “Teología del Hogar” y que, para ella, es más un modo de vida que una teología en sí misma. Según explica, esta no se limita a meras ideas o divagaciones filosóficas: se trata de poner rostro concreto y práctico a, como ella dice, “hogares que hablen de Dios”.
-Desde pequeña me ha llamado muchísimo la atención el interiorismo. Cuando iba a casa de amigas del colegio, siempre me fijaba en cómo eran las casas y en lo que transmitían. Recuerdo perfectamente que había hogares en los que me sentía muy a gusto y otros en los que no, y eso me hacía pensar mucho. También me di cuenta muy pronto de que había familias con las que estaba más cómoda que con otras, incluso aunque su casa fuese más bonita.
»Esa relación entre hogar y ambiente familiar siempre me ha fascinado. Ya de adolescente me encantaba ver programas de transformaciones y reformas, ver cómo cambiaban los espacios… Era algo que disfrutaba muchísimo.
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- Estudié ADE en inglés y empecé a trabajar en una empresa pionera en el sector de muebles y decoración, aprendí muchísimo del oficio desde dentro. La oficina estaba en la planta superior de una nave, y justo debajo estaba el taller. Me fascinaba bajar y ver cómo se creaba todo desde cero.
- Varias veces al año organizábamos outlets y teníamos que bajar a la tienda a atender al público. Me encantaba ese contacto con los clientes, el asesorarles, ayudarles a combinar piezas… y fue ahí cuando me di cuenta de que realmente se me daba bien y me apasionaba.
»Después me casé, llegó el COVID y la empresa hizo un ERE. Y ese fue el momento en el que decidí lanzarme de verdad: hice un máster de interiorismo y empecé con proyectos pequeños, primero para amigos y familia.
-Lo compaginé con mis embarazos y los partos de mis dos primeros hijos, así que fue todo un reto, pero también un aprendizaje enorme. Y este año, por fin, he podido lanzar mi marca y mi estudio: Cotidiano Estudio.
-Somos un estudio de interiorismo y diseñamos espacios para personas reales que quieran sentirse bien en casa. Cotidiano Estudio nace para redescubrir la belleza del día a día de cada uno, transformando tu casa en un hogar que hable de ti y los tuyos.
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-Sí. Para mí, el primer paso es siempre el orden. Una casa ordenada es, en cierto modo, sinónimo de una mente ordenada. Cuando el hogar está en caos, cuesta muchísimo encontrar calma o descanso. Por eso el orden es fundamental, no solo por estética, sino por nuestro propio bienestar y el de la familia.
"Cuando el hogar está en caos, cuesta muchísimo encontrar calma".
-Es verdad que hoy en día no suele haber familias con muchos niños y que la mayoría de los pisos nuevos son cada vez más pequeños. Si necesitas más espacio, la oferta es escasa y muy cara. Además, las familias solemos tener un presupuesto ajustado: farmacia, pañales, ropa, leche… La lista de gastos parece infinita.
»Justo por eso, cuando el espacio es limitado —y con niños más aún— es clave ser muy ordenados, evitar compras impulsivas y no dejarnos llevar por modas. Se trata de comprar con conciencia y de enseñar a los niños ese valor del orden y del cuidado del hogar.
-Que un piso sea pequeño o que estemos de alquiler no significa que no debamos mimarlo y hacerlo apetecible. Hay detalles muy accesibles que cambian completamente la sensación de hogar: una lámpara bonita en vez de la primera que encontremos, unos cuadros monos, una estantería cuidada, ropa de cama con color, pequeños gestos que hacen que tanto nosotros como nuestros hijos estemos mejor en casa. Hoy en día hay muchísima oferta de decoración infantil preciosa y asequible. Con orden, cuidado y detalles bien escogidos, cualquier piso puede convertirse en un hogar real para la familia que lo vive.
-Realmente no me enmarco como tal en esa corriente. Simplemente me leí un libro sobre el tema y me gustó mucho, porque me recordó a muchas cosas que yo ya había vivido de pequeña en casa de mis padres sin saber que aquello tenía un nombre.
-No siento que tenga que “aplicar” la teología del hogar a la decoración. Es verdad que, en los últimos años, especialmente desde el COVID, esta corriente ha tenido mucho auge y ha llegado con fuerza a España. En mi caso, siempre he vivido mi casa desde la fe y desde las tradiciones familiares, de una manera muy natural. No lo llamaba así, era simplemente mi forma de vivir en familia y de entender el hogar.
-Para mí, se trata de aprender a tener a Dios en casa como uno más. Que forme parte de tu familia y de tu día a día. Y creo que ahí está lo importante: en ser conscientes del valor del hogar y del valor que tiene un día normal. Vivimos en un ritmo que no invita a vivir conscientemente, parece que se nos empuja a escapar de lo cotidiano… Y, sin embargo, cuando nos falta esa normalidad, la echamos muchísimo de menos.
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-Creo que hay que redescubrir y agradecer esos pequeños momentos que tenemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y que podemos ofrecer a Dios dentro de la vida diaria. Nuestra rutina merece ser bella, no hay que “hacerla de menos”, todo lo contrario.
-Creo que el principal testimonio de un hogar cristiano es la familia que vive en él. No sirve de nada tener la casa llena de imágenes religiosas si dentro no se respira cariño y alegría. De hecho, a veces nos hacemos un flaco favor cuando cuidamos más la estética que el trato.
En Cotidiano Estudio, y en su día a día, Palomar se muestra convencida de que "se trata de aprender a tener a Dios en casa como uno más. Que forme parte de tu familia y de tu día a día".
-Un hogar católico debería ser un reflejo del hogar de Nazaret. Para mí, lo que más delata un hogar cristiano no son los objetos, sino la forma de vivir: la alegría, la dulzura y el cuidado con el que nos tratamos unos a otros. Eso se nota muchísimo. Pero al final, el corazón del hogar cristiano es la familia, y cómo esa familia convive.
-Hay detalles visibles que acompañan esa vivencia interior: un cuadro de la Virgen, del Niño Jesús o del Ángel de la Guarda en las habitaciones de los niños. Antes era muy común —y me parece una tradición preciosa que se está perdiendo— colocar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en la entrada de la casa, como signo de protección y bendición para todos los que viven allí.
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-No tiene por qué. Por un lado, es importante diferenciar que nuestra casa —que debe ser un lugar de oración para nosotros— no es una capilla. Está muy bien tener un pequeño rincón pensado para la oración, pero la realidad es que muchas veces no vamos a poder reservar un espacio exclusivamente para eso. Y no pasa nada. Lo importante es no confundir una cosa con la otra y tampoco inundar la casa de elementos religiosos. Pero sí creo que lo natural, para una familia cristiana, es que su hogar hable de su fe.
-La belleza transforma. Te eleva el espíritu, te remueve por dentro. Y es importantísimo despertar esa sensibilidad en los niños desde bien pequeños, y educarnos nosotros mismos para buscarla y anhelarla en nuestro día a día. Aunque a veces cueste más, merece la pena, porque la belleza tiene valor en sí misma, no necesita justificar su existencia siendo funcional. No menospreciéis la belleza. No es superficial. Es fundamental.
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- Creo que sí, absolutamente. El diseño puede acompañar —y mucho— a la vida espiritual de una familia, no porque “produzca” la oración, sino porque la facilita. Igual que un buen diseño favorece el descanso, la convivencia o el estudio, también puede favorecer esos momentos de recogimiento que en el ritmo actual de vida son tan difíciles de encontrar.
- Algo tan sencillo como crear un pequeño punto focal en el salón —una repisa, una balda, una mesita auxiliar— donde tengamos una vela, una imagen bonita, una Biblia accesible… No hace falta “reservar” una habitación entera para rezar, pero sí podemos introducir señales discretas que nos recuerden lo importante en medio del día a día.
»También ayuda mucho la manera de distribuir los espacios: si todo está orientado exclusivamente a la pantalla, es muy difícil que la familia encuentre ratos de silencio o de conversación. Un salón con un rincón más calmado, con luz cálida y sin estímulos constantes, invita de manera natural a parar, a recogerse, a estar juntos.
-La oración con niños pequeños no es perfecta, pero es real. Y esa realidad, vivida con cariño y constancia, es la que más les enseña.
-Me gusta tener libros y cuentos que hablen de la fe: Biblias infantiles, vidas de santos, historias de Navidad… No siempre los leemos, pero que estén ahí y que formen parte del entorno ayuda a los niños a vivir su fe con naturalidad, como algo que también pertenece a su mundo.
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-Un hogar que hable de Dios es aquel donde se respira paz, donde la belleza se cuida, donde hay pequeños signos de fe elegidos con cariño, y donde la familia vive sabiendo que Dios forma parte de su cotidianidad.
1. Creo que lo primero es entender que un hogar que hable de Dios es una casa donde la fe está integrada en la vida cotidiana de forma natural. No se trata de llenar las paredes de imágenes, sino de crear un ambiente que invite a la presencia de Dios en lo pequeño.
2. Por un lado, ayuda muchísimo cuidar la belleza y el orden, porque ambos predisponen el corazón a la oración. Una casa armoniosa, luminosa, cuidada—dentro de las posibilidades reales de cada familia—ya habla de Dios, porque refleja el amor con el que vivimos en ella y el cariño con el que tratamos lo que nos ha sido dado.
3. Luego, por supuesto, están los pequeños signos visibles de la fe. No tienen por qué ser muchos, pero sí elegidos con cariño. Una imagen de la Virgen en la entrada, un Sagrado Corazón en el salón, un Angelito de la Guarda en la habitación de los niños… elementos que no solo decoran, además transmiten naturalidad a los hijos, que crecen viendo que la fe forma parte de la vida diaria.
4. Otro gesto sencillo es crear un pequeño rincón para la oración. Lo suficiente para que, cuando la familia quiera rezar junta—aunque sea un minuto antes de acostar a los niños—haya un lugar que invite a ello.
5. Y, por último, algo que me parece esencial: bendecir la mesa, dar gracias juntos por el día, ofrecer las tareas… Ese tipo de gestos transforman una casa normal en un hogar donde Dios está presente de verdad.