La experiencia mística nunca se ausentó de la vida cristiana... y ahora vuelve al debate académico
Es una de las características más llamativas de nuestro tiempo, aunque tuvo casi cerrado el siglo XX.
La experiencia mística vinculada a la oración fue siempre vivida y comprendida por la Iglesia. Ahora muchos ajenos a la Iglesia se interesan por ella.
La unión en éxtasis con lo divino ha vuelto, de forma inesperada, a ocupar un lugar central en congresos y publicaciones académicas. Fascinante y poco común, esta cima espiritual absoluta esconde un secreto: la humildad, "la más delicada, la más recóndita y la más bella de las virtudes cristianas"
Leonardo Allodi, profesor de Sociología de los Procesos Culturales en la Universidad de Bolonia y en la Academia Militar de Módena, lo cuenta en el nº 260 (abril de 2026) de Il Timone:
El retorno de la experiencia mística
La experiencia mística ha vuelto. No entre los fieles, de donde nunca se fue, sino al centro del debate académico. Así lo demuestran numerosos ejemplos; por brevedad, citaré dos:
- el congreso celebrado hace unos meses y organizado por la Universidad Urbaniana de Roma (La Mística. Los fenómenos místicos y la santidad, 10-12 de noviembre) y
- el seminario más reciente celebrado en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán, en el que se presentó el volumen La experiencia mística, entre sociología, filosofía y teología (Vita e Pensiero, 2025).
Una aproximación académica a las distintas facetas de la experiencia mística.
Dos eventos que nos muestran cómo, entre otros muchos indicios significativos, un tema como el de la experiencia mística ha salido ya por completo de los confines de nichos elitistas y solipsistas.
"Teólogos, despertad"
En el último número de Vita e Pensiero (n.º 5, 2025), también el teólogo Pierangelo Sequeri lo reconoce, cuando invita a la teología -digamos, oficial- a retomar este tema y volver a situarlo en el centro de sus investigaciones. Sin andarse con rodeos, afirma: Teólogos, es urgente cambiar de rumbo: lo invisible se hace sentir.
El texto mencionado repasa en cierto modo toda la historia de nuestra civilización a la luz del tema del "conocimiento experimental" de Dios: desde Plotino hasta Agustín, pasando por Bernardo de Claraval y Dante, para luego pasar a la gran época de los místicos españoles (Teresa de Ávila y Juan de la Cruz y su legado del siglo XIX y XX: Teresa de Lisieux y Edith Stein).
Un total de treinta y dos estudiosos ofrecen contribuciones de notable interés científico, pero también cuidadosamente divulgativas. No faltan análisis profundos sobre figuras como Tolkien o incursiones en la mística en el cine contemporáneo.
La perspectiva de esta investigación -y esto constituye en cierto modo la novedad- es fuertemente interdisciplinaria: se dedica un amplio espacio, por ejemplo, "al siglo sin Dios", ese siglo XX marcado por las mayores tragedias (las guerras mundiales y los totalitarismos ateos de las "religiones políticas"). Pero quizá, precisamente por eso, un siglo caracterizado por una auténtica búsqueda espiritual de grandes pensadores y pensadoras, en el que la ausencia y la presencia de Dios parecen inextricablemente entrelazadas, entre los que destaca Simone Weil y su fascinante A la espera de Dios.
Una obra decisiva de la pensadora judía que se quedó a las puertas del bautismo, pero con parámetros cristianos.
La definición
Pero, ¿qué es la experiencia mística? Para responder a esta pregunta hay que fijarse en las experiencias de las que nos han hablado, precisamente, tantos místicos. Como enseñan numerosas obras, como la reciente La mistica cristiana (2024), editada por Francesco Zambon, en la que se examinan y recopilan los perfiles de nada menos que 248 místicos cristianos, son místicas aquellas experiencias que se presentan como una especie de intensificación y radicalización de la experiencia religiosa común.
En este sentido, Elémire Zolla (1926-2002) tiene razón cuando afirma que "la experiencia mística es la norma del hombre".
Y Max Scheler, que definió al hombre como "el gesto mismo de la trascendencia", "el buscador de Dios" y, por decirlo con Agustín, el "mendigo de Dios".
En este sentido, toda experiencia religiosa es auténtica en la medida en que adopta una perspectiva capaz de abarcar la totalidad de la existencia humana orientada hacia la experiencia mística, hacia el "matrimonio espiritual" con lo Divino, hacia la unio mystica. Según el filósofo William James (1842-1910), autor de Variedades de la experiencia religiosa, hay cuatro características esenciales y recurrentes de toda experiencia mística:
- la inefabilidad (por su carácter personal e incomunicable),
- la cualidad cognitiva (la visión mística aumenta el conocimiento del individuo),
- la pasividad (la visión beatífica es un don gratuito e inmerecido) y
- la transitoriedad (estas experiencias son intensas, extáticas, pero intermitentes).
El Aquinate dejó de escribir
Así, todo intento de definir y describir la experiencia mística se topa con los límites del lenguaje humano. Este debe forzarse, como hace, por ejemplo, San Juan de la Cruz, que recurre a un lenguaje poético.
Sirva como ejemplo el episodio narrado por Bartolomé de Capua, biógrafo de Santo Tomás de Aquino. La mañana del 6 de diciembre de 1273, durante la misa, Santo Tomás tiene un éxtasis místico; desde ese momento y hasta su muerte se niega a terminar la Summa, por la plena conciencia de la vanidad de toda iniciativa humana frente a la sabiduría sobrenatural: "Omnia quae scripsi mihi videntur paleae [Todo lo que he escrito es como paja]", dirá.
La unio mystica se presenta siempre como una experiencia transformadora que conduce a la unificación del hombre y del alma con la realidad última sobrenatural. Se trata de una cognitio Dei experimentalis, en la que se experimenta el sentimiento de la infinita dependencia (Friedrich Schleiermacher), la experiencia de lo "Numinoso" (Rudolf Otto), que es al mismo tiempo "tremendo" y "fascinante". Numinoso es el "Total-mente Otro".
Pero en el cristianismo, lo que marca la diferencia con respecto a cualquier otra tradición religiosa es el sentimiento de creaturalidad, el "temor y temblor", pero también la experiencia de una dulzura infinita, de un amor que desciende del Cielo. Dios es el Altísimo, el más lejano, pero también amor, es decir, el más cercano. Basta con pensar en el Cántico de las Criaturas de San Francisco: el Altísimo es también el "buen Señor". La mística, por tanto, no es más que la plenitud de la vida cristiana, la gratuidad de Dios, la íntima unión de amor (Luigi Borriello).
Plenitud en Cristo
Como ha demostrado Gianfranco Morra, la experiencia cristiana comprende que lo "numinoso" es esencialmente amor y apertura al sentido de los dos acontecimientos fundamentales de la historia sagrada: la creación y la encarnación.
Todos los místicos cristianos comprenden que "no solo conocemos todo por el lumen Dei, sino al mismo tiempo en el lumine Dei". De la manera más clara, los hombres religiosos y los místicos cristianos comprenden una ley esencial de la Scientia Crucis (Edith Stein): todo espíritu finito o cree en Dios o en un ídolo; el ídolo es un bien finito considerado como infinito, absolutizado hasta tal punto que se le venera como a Dios.
Cultura
Edith Stein, vida de película: judía en la Alemania nazi, feminista, carmelita, asesinada en Auschwitz y santa
Miguel Ángel Blázquez
El rasgo más original e insustituible de la experiencia mística cristiana proviene de la vida de Cristo, de su constante actitud de intimidad con el Padre, del sentido de la filiación divina. Así, Juan invita a "permanecer en Cristo" y Pablo dice: "Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí" (Gálatas 2, 20).
En sentido cristiano, toda experiencia religiosa y mística no es más que un acercamiento al Misterio que es Cristo mismo:
- "El camino del conocimiento místico que permite la plena realización del proyecto salvífico-comunional de Dios es, por tanto, el Cristo de la Cruz. De ahí surge la dimensión pascual, ineludible, propia de la existencia cristiana... Por lo tanto, se puede afirmar que la mística es, en esencia, la celebración y la consumación, en lo más íntimo del creyente, del misterio de Cristo muerto y resucitado, y, por lo tanto, la participación en la plenitud de la divinidad en Cristo, por medio del Espíritu" (Luigi Borriello).
"Solo el amor tiene sentido"
Hablar de experiencia mística cristiana no significa, pues, otra cosa que "transformación en Cristo" (Dietrich von Hildebrand), "matrimonio espiritual", transformación total en el Amado.
Entre los innumerables ejemplos y referencias que se pueden hacer a este "sufrimiento" de lo divino trascendente que el místico cristiano experimenta en su propio itinerarium, tres breves referencias cercanas a nosotros:
- Scientia crucis de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
- Santa Teresa de Lisieux y su Historia de un alma: el episodio de la conversión del asesino Enrico Pranzini, condenado a la horca, que Teresita consigue con su oración y unión a Cristo, revela la fuerza que se desata en la experiencia mística y en el contacto con Cristo mismo, y muestra cómo la mística cristiana nunca está ajena a la realidad social, sino que constituye su referencia y enriquecimiento imprescindibles.
- Por último, Santa María Faustina Kowalska con su Diario. La divina misericordia en mi alma, en el que leemos: "Solo el amor tiene sentido: eleva nuestras más pequeñas acciones hacia el infinito". Otra vez San Agustín nos lo recuerda, mostrándonos cómo todo cristiano puede (más aún, debe) convertirse en "alter Christus, ipse Christus": "Cada uno es tal como es su amor. ¿Amas la tierra? Serás tierra. ¿Amas a Dios? ¿Qué diré? ¿Serás Dios? No me atrevo a decirlo, pero escuchemos la Escritura que dice: 'Yo he dicho: sois dioses e hijos del Altísimo' (Sal 81, 6)".
La gran tentación gnóstica
Se trata de la Theosis de los Padres griegos, esa experiencia que Dante, en el canto IV del Paraíso, denomina "indiarsi", es decir, la unión extática con lo divino a través de la contemplación y la participación en la bienaventuranza y la gloria de Dios ("D'i Serafin, colui che più s'india"). Pero esta búsqueda de una autenticidad, de una trascendencia que traspase los límites de lo humano (como intentó desesperadamente Nietzsche con su "hombre superior" y no "superhombre"), este "viaje hacia Dios" permanece constantemente expuesto a un gran peligro: y es que esta búsqueda se transforme en una grotesca "autodivinización" que nos impida ver claramente que el hombre, en cuanto criatura, tiene pies de barro.
Es mala el alma que se atribuye a sí misma, a sus obras y a sus méritos -a su superioridad-, la grandeza espiritual que le ha sido donada. Se trata de la gran equivocación y de la gran tentación gnóstica, tan extendida también en nuestro tiempo.
La verdadera clave de toda experiencia religiosa auténtica y, por tanto, mística, es, de hecho, la humildad, que Max Scheler define como "la más delicada, la más recóndita y la más bella de las virtudes cristianas", la humildad como "disposición a servir a todas las cosas", que, por tanto, es siempre también espíritu de servicio, caritas. Sin humildad no hay mística.