A pie de procesión, el pueblo al que el Papa León XIV pide protagonizar «el cambio de la historia»
Fe, alegría y resistencia al intenso sol, en una jornada de detalles marcada para el recuerdo.
Una niña filipina de primera comunión avanzaba escoltada por dos policías delante y dos detrás.
Si el sábado el Papa comentó que los jóvenes podían cambiar la historia, este domingo, en la misa de Cibeles, añadió: "la gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos".
El día despertó en Cibeles con un gran ánimo acumulado de la vigilia del día anterior con los jóvenes en la Plaza de Lima. Poco después de que el sol terminara de asomarse ya había por las calles columnas enteras de familias rumbo a sus zonas acreditadas en la misa con el Papa.
Los procesionantes practicaban desde el altar con una solemnidad casi coreográfica: pasos medidos, inclinaciones precisas. El sol pegaba fuerte, pero el cielo estaba despejado, como recordó el cardenal Cobo el día anterior, "lo mejor de Madrid es su cielo".
"Los hijos de la Iglesia"
Los primeros en llegar fueron los jóvenes: había grupos enteros de la UCAM, parroquias con camisetas del mismo color, gorros fluorescentes, mochilas idénticas. La plaza era un mosaico de equipaciones. Había muchas banderas de Hispanoamérica, que se ondeaban con orgullo. Un Papa con nacionalidad peruana visitaba a los numerosos y devotos inmigrantes que viven en Madrid.
Las hermanas de Iesu Communio hacen cola para acceder a la misa.
Los bancos de cartón —ingeniosos y resistentes— se llenaban rápido. Las hermanas de Iesu Communio, siempre reconocibles por su energía, gritaban: "¡Estos son los hijos de la Iglesia!". Una de ellas, sonriente, explicaba: "Hemos venido casi todas a ver al Papa". Mientras, cada vez que el rostro de León XIV aparecía en las pantallas, la plaza estallaba en gritos.
Había también novicias de Madre Teresa, con su pañuelo azul en la cabeza, caminando contentas entre la multitud. Había cantos del Camino Neocatecumenal que se extendían como una ola: guitarras, palmas, jóvenes bailando en círculos, celebrando la fe como quien celebra la vida.
Y, entre todo esto, la inevitable nota madrileña, del Madrid de nuestra época: turistas despistados haciendo cola para tomar un "desayuno en el Café Gijón". Incluso había una charanga, sí, una charanga, tocando "el Porompompero" entre los fieles.
Algunos curas se dedicaban al "tráfico de sillas", "literal" (que dicen los jóvenes de hoy), las levantaban "a lo David Alaba o Eder Militao", para salvar una valla. El Papa, por fin, llegó y saludó a los Reyes, la plaza respondió con un aplauso largo y cálido. Y cuando el alcalde Almeida le entregó la llave de la ciudad, el aplauso se hizo aún más fuerte.
Había cantos del Camino Neocatecumenal que se extendían como una ola.
Muy cerca del escenario, unas monjas felicitaban a los hijos de las arquitectas que habían diseñado los escenarios: "Qué quedó precioso", repetían. Uno de los chicos, entre risas, decía: "Papa y Madrid… no me cuadra. Yo tengo que sufrir, pasar hambre, como en las JMJ". Sus amigos asentían, indignados porque una amiga se había ido a París "justo hoy". "No lo entendemos", decían, como si fuera una traición personal.
Una niña filipina de primera comunión avanzaba escoltada por dos policías delante y dos detrás, como si fuera una pequeña reina por un día. En el escenario, un pez metálico destellaba todo el tiempo con cada rayo de sol, convirtiéndose en un símbolo inesperado, casi místico.
Entre la multitud, dos agustinos con hábito negro —como el del Papa— conversaban animados. Uno venía de Los Ángeles "para el capítulo", el otro de México. "Estamos muy contentos", decían, aunque sabían que no podrían ver al Papa con su hermanos en la Nunciatura. "Los soldados rasos nos quedamos rezando por el encuentro", bromeaban, con humildad.
Los colores reinaban entre el público.
Ya en la homilía, el Papa recordó que la procesión del Corpus no era "una manifestación exterior" ni un adorno folclórico, sino expresión de la fe en "la presencia del Señor Resucitado" que sigue caminando entre su pueblo.
Explicó que Jesús "no permanece encerrado en el templo", sino que sale a las calles y se identifica con "los pobres, los abatidos, los que están solos", por lo que en España tiene sentido que el Corpus se una al Día de la Caridad. Invitó a que la religiosidad del país no se convierta en "un museo del pasado".
Y al acabar tuvo lugar el momento más visual de la jornada, la procesión del Corpus. De hecho, la mañana del domingo fue, litúrgicamente, una mezcla de majestuosidad y austeridad. El Papa no recitó el Credo en voz alta, así que la mitad del pueblo recitó el credo corto y la otra mitad el largo.
Había muchas ganas de ver al Papa en España.
Las peticiones se respondían con un breve kyrie eleison cantado, mientras los voluntarios con paraguas blancos empezaban a posicionarse. La procesión de ofrendas fue sencilla, aunque el Pontífice se detuvo un poco más hablando con una familia peruana.
El Santo y el Cordero de Dios fueron los más comunes, los que canta cualquier pueblo en España desde los años 60, aunque se revistieran de orquestación triunfal. El Gran Amén se cantó solemne pero breve. El Padrenuestro cantado de salmodia.
Un poco antes, durante la comunión, las veintenas de voluntarios, muy disciplinadas, iban saliendo de forma ordenada para hacer su trabajo. Ahí resonaron clásicos de siempre, de nuevo con base de gran orquesta: Yo soy el pan de vida, Panis Angelicus, Cerca de ti Señor, temas muy clásicos.
Tras la bendición, el canto del Pange Lingua mientras se revestía el Papa para la procesión. Ésta siguió el orden clásico. En primer lugar, los lucíferos y los estandartes de congregaciones y hermandades implicadas.
El Pontífice se detuvo para hablar con una familia peruana.
Luego, los niños que habían hecho la primera comunión, tirando pétalos. Los pétalos no impresionaban mucho en la vida real pero en la pantalla quedaban preciosos. Tras ellos, religiosas. Luego, sacerdotes que habían sido ordenados este año. Les acompañaba el canto del Nada te Turbe, de Santa Teresa de Ávila, la versión de Taizé, la más conocida y repetitiva.
Después, sonando ya el Cantemos al Amor de los Amores, el Papa bajó, tomó el Santísimo que había acercado un sacerdote joven, y bajo palio, empezó a caminar. Tras él, algunas autoridades, quizá algún donante, y luego jóvenes. Por último, unos 200 jóvenes voluntarios que venían de repartir la comunión se sumaron en un primer tramo. Cuando la procesión llegó a las alfombras de flores, se cantó No podemos caminar.
Gran orquestración, pero eran cantos sencillos, populares, bien conocidos. Y la procesión, en lo visual, "clásica", pero quizá se parecería más a la que harían en Polonia o Eslovaquia que al barroco lleno de colorido y danzas de Hispanoamérica.
Los más jóvenes se las ingeniaban para ver al Papa.
Ahora queda por ver qué hará León XIV en Perú. ¿Será lo que vemos en España su "modelo litúrgico" o se desatará allá con todo el colorido popular? Él sabe que la Iglesia universal presta atención a lo que está haciendo en España.
La "gracia" de Dios
León XIV ha hecho historia en Madrid: el gesto inédito del Papa con el Santísimo que emociona
Matilde Latorre de Silva
Por último, el Papa impartió la bendición final y la gente comenzó a dispersarse. Los bancos de cartón se plegaron como recuerdo. Las banderas se recogieron y algo quedó suspendido en el aire: la certeza de haber vivido un día que no se repetirá. Cuando Madrid, por unas horas, fue el corazón de la Iglesia en el mundo.