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El carisma de profecía

Estamos en Sus Manos

13 mayo 2014

Partiendo de la lista de carismas que da el profeta Joel, citada por San Pedro en el libro de los Hechos de los Apóstoles,  vemos que el profeta promete que cuando se derrame el Espíritu Santo sobre toda carne "profetizaran vuestros hijos e hijas" (Hch 2, 17). Éste carisma es mencionado por San Pablo en las dos listas carismáticas que ofrece en sus cartas, llamándolo simplemente “profecía” o “don de profecía” (1 Cor 12, 7 – 11; Rm 12, 6 – 8). Cuando se habla de “profecía” o “profetizar” habitualmente nos viene a la cabeza la imagen de una persona que predice lo que va a suceder en el futuro, como una especie de adivino; incluso en las películas se habla de la “profecía” como un vaticinio predicho de antemano. Sin embargo, para comprender bien qué es el carisma de profecía es necesario acudir al sentido original del término griego profemí, que significa simplemente "hablar de parte de".

En ese sentido, los profetas del Antiguo Testamento hablaban de parte de Dios y anunciaban al pueblo lo que Dios quería de ellos, las palabras que Dios les inspiraba para la conversión del pueblo; y también en ese sentido a veces profetizaban cosas que iban a suceder o que podían suceder dependiendo de la actitud del pueblo. En este sentido es famosa la profecía de Isaías en qué promete que la Virgen concebiría y daría a luz un hijo, y le pondría por nombre Emmanuel (Is 7, 14). De hecho, una de las cosas que distinguían en el Antiguo Testamento los falsos profetas de los verdaderos, era precisamente que su palabra se cumplía: “«¿Cómo sabremos si una palabra la ha dicho el Señor o no?» Si ese profeta habla en nombre del Señor, y lo que dice queda sin efecto y no se cumple, es que el Señor no ha dicho tal palabra; el profeta lo ha dicho por presunción; no le tengas miedo” (Dt 18, 21 – 22). Los profetas que hoy consideramos canónicos, lo fueron porque se cumplieron las cosas que profetizaban. Por eso se suele entender la profecía como predicción, pero en realidad el sentido profundo del término es hablar de parte de Dios, hablar en su nombre. De hecho, en los profetas de la Biblia encontramos muy pocas predicciones, y sin embargo, hallamos largos capítulos en que Dios denuncia al pueblo sus pecados y les invita a la conversión. Por eso en tantos pasajes de la Escritura encontramos textos en los que a través del profeta Dios habla en primera persona, con la expresión "oráculo del Señor" intercalada en el texto, para dejar claro que es Él quien habla: "Por eso, profetiza. Les dirás: «Así dice el Señor Dios: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Dios cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo haga, oráculo del Señor»” (Ez 37, 12 - 14) Los profetas tenían una relación especial con Dios, a quien eran capaces de escuchar, y en cuyo nombre eran capaces de hablar, incluso en primera persona. El carisma profético fue derramado en algunas personas concretas del Antiguo Testamento para misiones concretas, como sucedió con Elías, Isaías, Ezequiel, etcétera.

Pero el texto de Joel que hemos citado promete que profetizarán todos los hombres sin distinción de sexo, edad, de casta o vocación.  Efectivamente, la doctrina de la Iglesia nos dice que por el bautismo, todos somos ungidos como sacerdotes, profetas y reyes. En este sentido, todos estamos llamados a hablar de parte de Dios, a transmitir su palabra y sus mensajes a los hombres de nuestro tiempo, dentro y fuera de la Iglesia. En concreto el carisma de profecía al que se refiere el profeta Joel y también al que se refiere el apóstol San Pablo, es un carisma que puede recibir cualquier bautizado para edificar y exhortar a la comunidad. En ese sentido, el carisma de profecía se da cuando alguna persona recibe el don de hablar de parte de Dios, recibe un "mensaje" de Dios que expresa en primera persona. Evidentemente, no hay que entender esto ni como que Dios posee a la persona para dar un mensaje, ni tampoco como que Dios dicta a la persona lo que debe decir, puesto que, como nos dice la Iglesia en el Concilio Vaticano II, la revelación ya ha terminado, y no se ha de esperar ninguna revelación pública del Señor hasta la segunda venida de Cristo (DV 4).  

Dios puede poner en el corazón de una persona una moción o inspiración acerca de algo que quiere transmitir a una persona o a la comunidad, y esta persona expresa esa moción o inspiración con sus categorías, con sus palabras y con sus expresiones. Por eso San Pablo exhorta a los corintios a ejercer el don de profecía más que el don de lenguas, porque el don de lenguas edifica a aquel que lo ejerce cuando no hay interpretación, mientras que el don de profecía edifica a la comunidad: “Buscad la caridad; pero aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía. Pues el que habla en lengua no habla a los hombres sino a Dios. En efecto, nadie le entiende: dice en espíritu cosas misteriosas. Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua, se edifica a sí mismo; el que profetiza, edifica a toda la asamblea. Deseo que habléis todos en lenguas; prefiero, sin embargo, que profeticéis. Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también interprete, para que la asamblea reciba edificación” (1 Cor 14, 1 – 5).

Sin embargo, no hay que confundir el don de profecía con la exhortación u homilía. El don de profecía no se refiere a una enseñanza catequética o a una predicación, sino en concreto a esto mismo que estamos diciendo: a hablar de parte de Dios, o por así decir, a expresar un mensaje de parte de Dios. En ese sentido, como decíamos, el carisma de profecía se caracteriza porque se ejerce en primera persona. Yo he tenido la gracia de sentir en algunos momentos esa moción a hablar de parte de Dios con palabras de consuelo hacia personas por las que estaba rezando, y cuando me he atrevido a expresar esa moción siempre me ha pasado que el Señor ha tocado el corazón de aquella persona a la que iba dirigida, porque el Señor le decía palabras concretas para su vida, en sus circunstancias concretas, de cara a alguna dificultad que estaba viviendo en ese momento. Según mi experiencia, las profecías que da el señor durante la oración suelen ser casi siempre palabras de edificación y de consuelo, aunque también pueden resultar una denuncia.

Evidentemente, para poder ejercer el don de profecía es necesario ejercer también el discernimiento. De hecho en la primera carta a los corintios el carisma de profecía es citado de la mano con el carisma de discernimiento de espíritus (1 Cor 12, 10),  ya que no todos los espíritus vienen de Dios. Para que una profecía venga verdaderamente del Señor, es necesario que la persona que la recibe esté en profunda oración, que se abra a la gracia del Espíritu, y que con humildad se atreva a dejarse llevar por esa moción, pero sabiendo que si realmente eso viene del Señor nunca será impositivo, ni le moverá a decir cosas que no sean para consuelo o edificación de la persona que escucha.

El Señor está derramando carismas hermosos en los tiempos que corren, y también este carisma de profecía se ha renovado en la Iglesia, y como dice el Concilio Vaticano II, “ha de ser acogido con gratitud y consuelo”, pero “no se ha de aspirar a ella temerariamente” (LG 12). En ese sentido, pienso que el carisma de profecía no se debe pedir como tal, pero si es concedido ha de acogerse y ejercerse con humildad y discernimiento, sabiendo que no se trata de una nueva “revelación” de Dios, ni de un dictado de Dios, ni mucho menos de que el Espíritu Santo posea a la persona para dar un mensaje. El Espíritu Santo siempre respeta nuestra libertad a la hora de conceder y ejercer un carisma cualquiera. Si bien es verdad que algunos santos en la historia de la Iglesia han recibido el carisma de predecir cosas que iban a suceder, esto es bastante poco habitual, y no se refiere al carisma de profecía como tal cuanto a lo que llamamos hoy en día palabra de conocimiento, carisma que ya explicaremos en otro artículo más adelante. 

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Comentarios

FCO JAVIER
16/05/2014
Libre albedrío.
Me ha encantado el artículo, para mi ha sido una liberación. El libre albedrío de las personas, con la que Dios nos ha creado, ha dejado de ser un destino, algo inexorable y se convierte en una decisión personal y la obra de Dios es una constante revelación, culminada en JesuCristo, que es el Verbo Vivo, su Iglesia ilumina el Camino de la Salvación y la Vida, como en este caso a mi. Se puede confiar plenamente que la Iglesia está asistida por el Espíritu Santo. Irremediablemente hay esperanza.
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Jesús María Silva Castignani
Jesús nació en Barcelona el 3 de junio de 1983, aunque ha vivido en Madrid desde 1984. Es el número trece de catorce hermanos. A pesar de que sus padres eran creyentes, vivió su adolescencia como si Dios no existiera, hasta que el Señor salió a su encuentro y se convirtió. Recibió la vocación sacerdotal, y entró en el Seminario Menor de Madrid. De ahí pasó al seminario mayor de Madrid, donde permaneció hasta su ordenación sacerdotal, el 3 de mayo de 2008. Ejerció sus primeros años de ministerio en la parroquia San Miguel Arcángel de Madrid, donde permaneció hasta 2013, año en el que la Iglesia le encomendó la tarea de realizar el doctorado en teología dogmática en la Universidad San Dámaso, y le destinó a la parroquia San Leopoldo, en Madrid.

Jesús María Silva Castignani, [email protected], es autor, editor y responsable del Blog Estamos en Sus Manos, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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