Viernes, 05 de marzo de 2021

Religión en Libertad

La sala capitular iba a ser una piscina

La rocambolesca historia de la abadía española que el magnate Hearst se llevó a EE.UU.

Ochenta años después de su traslado piedra a piedra, Santa María de Óvila volverá a alojar monjes trapenses.

C.L. / ReL

Dom Paul Mark Schwann.
Dom Paul Mark Schwann.
A William Randolph Hearst (18631951) le gustaba vivir entre paredes que evocasen los tiempos gloriosos de Europa. El magnate californiano, fundador del imperio mediático de la Hearst Corporation, gozaba entre sus propiedades de un castillo galés y un templo romano, y en 1930 encargó a su arquitecto, Julia Morgan, que encontrase unas ruinas para comprar y reconstruir en su hacienda.

Un año después había adquirido buena parte de las del monasterio de Santa María de Óvila, situado en Trillo (Guadalajara), a orillas del Tajo. Construido en 1186, su decadencia empezó en el siglo XV y la desamortización de Mendizábal en el XIX le dio la puntilla. Para cuando Morgan lo visitó amenazaba derrumbarse y su propietario, Fernando Beloso -director a la sazón del Banco Español de Crédito-, quien lo había adquirido al Estado, vendió a Hearst por 97.000 dólares buena parte de sus estructuras, pero sobre todo la hermosa sala capitular.

Se tardó un año en desmontarlas y prepararlas, lo que obligó a construir una vía de tren específica hasta la carretera y luego disponer de un barco especial para su embarque hasta Estados Unidos. Se trataba de construir una piscina cubierta en la mansión del magnate en Wyntoon (California), y allí llegaron las piedras: "En el lugar donde se ubicaba el altar iba a haber un trampolín", dice el historiador Gray Brechin.

Pero eran los años de la Gran Depresión, que afectó a Hearst como a otros grandes empresarios. William Randolph decidió que la inversión no le compensaba y regaló las ruinas a la ciudad de San Francisco, cuyo ayuntamiento las dejó en el Golden Gate Park durante sesenta años. La idea había sido reedificarlas allí, pero nunca se hizo.

Llega un joven monje dispuesto a cambiar las cosas
Cuando en 1955 llegó a la ciudad californiana el padre Thomas X. Davis, monje de 21 años, para formar parte de la Abadía de Nuevo Claraval en Vina, en el Valle de Sacramento, le llevaron a visitarlas. Y desde entonces se convirtió en una obsesión para él que aquellas piedras expuestas al deterioro y al saqueo volviesen a tener el destino para el que habían sido construidas siglos antes.

Su batalla duró cuatro décadas, hasta que en 1994 consiguió que el ayuntamiento se las alquilase a los monjes, autorizándoles a trasladarlas a Vina. Comenzó entonces una larga operación de desplazamiento y reconstrucción que exigió doce años y siete millones de dólares, recolectados en parte mediante la fabricación y comercialización por los monjes de la cerveza Ovila Abbey (Abadía de Óvila), que empezaron a fabricar al estilo de las célebres fermentaciones belgas.

Hoy, finalmente, se da la reconstrucción del eficio como terminada, aunque queda dotarlo de cristalería, suelos, electricidad, etc. Pero lo más importante para el abad, Dom Paul Mark Schwann, es que "las piedras que hospedaron monjes cistercienses durante 640 años volverán a hacerlo, en vez de acoger una piscina privada".

El pasado Viernes Santo empezó una nueva etapa en la larga vida de Santa María de Óvila. "¿Qué significan estas piedras para el monasterio?", se pregunta el padre Schwann: "Es nuestra herencia, nuestra historia. Cuando eres monje, haces voto de estabilidad. Es como un compromiso matrimonial de por vida con tu claustro. Los monjes que vivieron aquí forman parte de nuestra familia. Estas piedras son como reliquias... y finalmente han vuelto a casa".

Pinche aquí para leer el reportaje completo (en inglés) y ver la galería de fotos de la abadía.
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