La carismática falta de carisma de León XIV
Barcelona
Apenas han pasado un día desde que el Papa dejó Madrid, y ya se encuentra en Barcelona en su intensa agenda por nuestro país, demostrando una forma física excelente, sorprendiendo a propios y extraños.
Y es que la visita de León XIV está causando una auténtica conmoción social, no solo entre nosotros los católicos, sino también allá por donde pasa, desde la calles de la ciudad, al Parlamento, pasando por palacios, centros de acogida y estadios deportivos.
Y quizás eso es lo que se espera de un Papa, alguien capaz de convocar a las masas, interpelar a todos y hacerse presente allá donde están las personas.
Pero León XIV lo está haciendo de una manera completamente diferente a la de sus antecesores. Carlos Herrera así lo explicaba ayer por la mañana en Cope: “No tiene el carisma de Juan Pablo II, ni la hondura de Benedicto XVI o la cercanía de Francisco. Pero tiene una coherencia que es revolucionaria hoy”.
Cuando el Papa se desmontó del coche frente al Palacio Real no se le veía nervioso, caminaba apaciblemente y muy naturalmente. Ajeno a la mirada del mundo entero, se iba recolocando la muceta mientras avanzaba hacia el estrado. El rostro sereno, transmitiendo paz, haciéndose humildemente presente ante todo un rey y su familia, las autoridades del estado, la guardia de honor y el pueblo entusiasmado a su alrededor, bajo la atenta mirada de los millones de personas que se dice que han seguido estos actos por todo el mundo.
Todo en él huye de una gestualidad afectada, nunca parece que esté hablando para la galería, cuando lee sus discursos no se suele despegar de lo escrito. Su estar es silencioso, tiene la cara y la sencillez de un hombre cualquiera, y se comporta de manera impecable pareciendo inmune al halago, el boato y la ornamentación. A la vez, no rehuye el saludo, la inclinación que le hacen, el besamanos fervoroso o el protocolario. Acoge las palabras llenas de devoción de los propios o las palabras interesadas del político de turno que lo quiere para su causa. Mira a la gente con intensidad, pero también con timidez, brevemente. Bendice, saluda, y enfatiza aquello que lee. Pasa de largo, se para cuando debe, continúa el camino. No esquiva el abrazo de quien se toma esa confianza con él, nunca deja de bendecir a un niño que le acercan, y siempre se muestra presente con todos.
En todo parece sosegado, muy poco extraordinario, muy poco memorable.
Se podría decir que le falta carisma, que no es de grandes gestos, que no se baña en el saludo de las masas. Cuando la gente profiere extemporáneamente un viva el Papa en medio de una vigilia, ni pestañea… y en cambio se dibuja en él una sonrisa cuando la gente exclama viva Cristo Rey y despliega una mirada divertida cuando le hablan de meter un gol que después convierte en golazo con su impecable español. Todo su comportamiento transmite algo profundamente sereno, y el más mínimo gesto, su palabra medida y su respuesta sincera, generan torrentes de lágrimas y silencios profundos en medio de miles de miradas agradecidas y sonrientes.
Yo no estoy de acuerdo con las palabras de Herrera. El papa León está demostrando una exquisita profundidad en sus discursos, una capacidad de mirar la actualidad del mundo y la sociedad, un saber estar, valiente y profético que dice todo lo que hay que decir y más. Eso es hondura práctica y un discurso muy sólido. Su cercanía nada tiene de impostada y, como casi se quita del medio, consigue que Dios hable personalmente al corazón de cada uno con el que se cruza. Es profundamente humano, y conmociona porque es transparente, es coherente, es natural… es demasiado normal y por ello, extraordinario.
Y qué decir de su carisma. Ante su presencia, sus maneras, su porte y sus gestos uno no puede dejar de pensar con Santa Catalina que es así como debe ser el dulce Cristo en la tierra. Es el otro Cristo que viene en pollino, camina entre la gente, sube por su propio pie las escaleras de los palacios, los congresos, los centros de acogida y los escenarios. Nada le es ajeno, y juega en otro plano, tanto que no le daña la imagen la berlina en la que le pasean, ni el papamóvil desde el que saluda, ni la sala donde recibe presidentes. Nadie se siente amenazado por él, ni juzgado, ni desatendido.
Eso es carisma del bueno, muy difícil de encontrar hoy en día. Es carisma porque grita coherencia, humildad, Reino de Dios y sencillez a los cuatro vientos. Es carisma porque engancha a las personas, mantiene su atención, remueve los corazones. Es carisma porque no se arroga un papel de protagonista que solo pertenece a Jesucristo.
Y a los frutos me remito. Su persona suscita una conmoción que va más allá de la emoción, un reconocimiento más allá de la fascinación y un sabor de eternidad en las cosas que trasciende la fugacidad del momento. Las pasiones humanas, nuestras cuitas y alegrías, nuestras torres de Babel sociales y políticas, se empequeñecen para sublimarse ante lo que representa el papa León, alzando nuestra mirada hacia lo que intuimos que hay más allá. Concitados por él, en estos días estamos viendo brillar la comunidad de la Iglesia católica, en medio del mundo, con el Corpus en sus calles, con el Evangelio en el centro de nuestra historia… y hasta los agnósticos lo reconocen y descansan intuyendo que hay algo profundamente hermoso, verdadero y apaciguador en todo lo que se está viviendo.
Esos son los frutos del carisma, los frutos del Espíritu: amor, gozo, alegría, paz, humildad, dominio de sí. Parece como si la visita del Papa sacara lo mejor de cada uno, de cada instancia de la sociedad, de cada rincón de las ciudades por las que se pasea. En momentos así, todo el mundo siente esperanza, trascendencia, unidad y conexión con ese deseo de Dios que san Agustín describía como ese ansia del corazón inquieto que no descansa hasta que no se encuentra con el corazón del Padre.
La paternidad de Dios es perfecta, y nosotros tenemos un padre en la Tierra en la persona del Papa quienquiera que sea. A veces será más fácil transparentar esta paternidad y otras más difícil — la historia es y será testigo de esto— dependiendo de la persona en quien recaiga ser el obispo de Roma.
Pero no nos quedemos en personas particulares, ni en discursos meramente espirituales; todos necesitamos alguien a quien mirar, a quien seguir y, por qué no, admirar. Materializar esto en la figura de un mero mortal es una locura, pues los seres humanos tendemos a creernos protagonistas y robarnos el protagonismo para nosotros mismos. En un mundo lleno de decepción, donde hay engaño y mentira, donde la cortedad del carpe diem y el hedonismo están a la orden del día, necesitamos más que nunca referentes que jueguen en otro plano, el plano más verdaderamente humano.
Y eso es, y debe ser un Papa. Alguien que es vicario, como el senescal de Gondor, que espera que llegue el Rey y que apunta hacia algo mucho más grande que él mismo. Es todo un signo de contradicción para un mundo que busca apoyarse en héroes de barro o una iglesia de santones e influencers que en el fondo luchan por ser reconocidos. Es tremendamente conmovedor, apabullantemente verdadero y liberadoramente auténtico.
Pensaba en estos días en lo increíblemente hermoso y profundo que es ser católico. Por más que nos empeñemos en empañar nuestra Iglesia —barro somos y al barro volveremos— hay algo tan imposible y único en la pretensión de la Iglesia cristiana de ser el cuerpo de Cristo en la Tierra, que solo puede ser verdadero porque nadie en sus cabales se lo podría inventar. Y encima, tenemos la osadía de tener un hombre por cabeza, por si seguir a un Dios-hombre, Jesucristo, ya fuera poco.
Como el Evangelio, es un misterio oculto y a la vez patente, que solo se percibe por los humildes y sencillos de corazón. Y tiene que ser así, porque lo esencial es invisible a los ojos y solo se puede ver cuando se convierte en revelación.
No tengamos miedo de la mediación, porque la presencia de Dios se hace manifiesta en medio de nosotros cuando nos reunimos en su nombre. Que veamos a Dios cuando nos juntamos como Iglesia, que su presencia brille a pesar de nuestro pecado y que nos sintamos hijos cuando nos visita el Papa, es un auténtico misterio y signo de contradicción que tiene un sabor profundamente evangélico.
Y ese es el carisma cristiano: el carisma de Cristo Rey que viene, pero que muere, se hace menos y se hace pequeño, para revelarse a los sencillos, y así conectar profundamente con los anhelos más profundos del corazón humano que clama liberación y hogar.
Acabo ya.
No lo pasemos por alto, tenemos un Papa profundamente carismático en lo humano y en lo espiritual. Alguien profundo y cercano, que tiene la virtud de hacernos soñar y confiar. No es algo meramente humano, pero pasa por su humanidad, no es algo meramente espiritual, pero pasa por su espiritualidad.
Por encima de idealizaciones, seguidismos humanos y fenómenos de rock star, tan a la orden del día en nuestra sociedad y en nuestra iglesia, podemos alegrarnos confiados de tener a León XIV en medio de nosotros y habernos acercado un poquito más a Dios en estos días.
Gracias Santo Padre, por su carisma, su humildad y venir a hablarnos de Dios a todos los españoles, junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.