Don Manuel Martín, el sacerdote de 80 años que se hizo viral desde la cama de un hospital
"La mayoría de la gente no necesita fuegos artificiales, necesita compañía"
Don Manuel Martín, en la parroquia San Manuel González, en San Sebastián de los Reyes, donde colabora desde su jubilación.
Don Manuel Martín, a sus 80 años jamás imaginó que terminaría evangelizando desde Instagram, TikTok o YouTube. Todo empezó casi por casualidad, entre operaciones de cadera, estados de WhatsApp y conversaciones improvisadas en un gimnasio de rehabilitación del Hospital de Cantoblanco. Hoy, con un trípode regalado, unos micrófonos prestados y una sencillez desarmante, se ha convertido en uno de esos sacerdotes capaces de hablar de Dios sin artificios, con ternura, humor y profundidad. Sus vídeos —grabados muchas veces en la precariedad más entrañable— acompañan cada día a miles de personas que encuentran en él algo cada vez más escaso: cercanía, esperanza y humanidad. Don Manuel suele repetir una frase que resume perfectamente todo lo que hace en redes sociales y también una necesidad profunda de nuestro tiempo: “La gente no necesita espectáculo, necesita a Dios.”
Don Manuel, ¿Cómo acaba un sacerdote convirtiéndose en fenómeno de Instagram?
Porque el Señor tiene muchísimo sentido del humor. Se lo pasa genial jugando con nosotros, a nuestro lado.
Hace años ya estaba muy metido en los medios de comunicación. Pero hubo un momento en el que lo dejé todo.
Y, de algún modo, el Señor me ha vuelto a traer a este mundo, pero de otra manera, más sencilla.
Hace seis meses me pusieron la segunda prótesis de cadera y ahí empezó todo. Mucha gente me escribía por WhatsApp preguntando cómo estaba. Yo respondía uno a uno hasta que un compañero de habitación en el Hospital de La Paz, me dijo: “¿Por qué no usa el estado de WhatsApp y así lo ven todos sus contactos?”. Yo no tenía ni idea, pero me enseñó.
Y de repente, gente que hacía años que no sabía de mí, volvió a escribirme. Ahí empezó a crecer todo.
Luego vino la rehabilitación en Cantoblanco. En el gimnasio, entre mayores y fisioterapeutas, empezaron conversaciones muy profundas sobre la fe. Las fuimos grabando casi sin pensarlo, como “Las tertulias del gimnasio”.
Y ahí descubrí algo muy fuerte: que el Señor se sirve de cosas muy pequeñas para hacer mucho bien. Mensajes de gente rota, lejos, que me decía: “Siga, nos ayuda”. Incluso personas que volvieron a confesarse o a reencontrarse con la fe.
Un feligrés me propuso entonces abrir un canal de YouTube. Y luego Instagram. Y después TikTok.
Y aquí estamos.
Don Manuel, en la misa celebración de su despedida de la parroquia Nuestra Señora de la Visitación, Las Rozas, Madrid
Sobre lo que me dice, da la sensación de que lo que engancha de usted es justamente lo contrario de lo que suele triunfar en redes: la sencillez.
Sí, yo creo que sí. La gente encuentra algo sencillo, cercano, acogedor.
Y también muy precario, porque todo esto está hecho con muy pocos medios. La mayoría de los vídeos los grabo yo solo. El trípode me lo regaló mi párroco, los micrófonos me los dieron unos amigos que ya no los usaban, y tengo que llevar escrito el guión porque mi memoria no da para mucho.
Incluso el nombre lo decidimos así, sin mucha estrategia: “Para los amigos de Don Manuel”. Podría haber sido algo más moderno, más llamativo, pero no quería eso. Esto no es un proyecto mediático, es algo de tú a tú, como un amigo que le habla a otro amigo.
Intento partir de lo cotidiano: el evangelio de la Misa diaria, una conversación en la calle, una fiesta, una falla de Valencia… cualquier cosa puede convertirse en un mensaje. Y también me gusta mucho hablar con sacerdotes especialmente jóvenes, que tienen otra frescura, y con seglares que aportan desde su vida.
Voy siguiendo también el ritmo de la Iglesia: Semana Santa, Pascua, Pentecostés, el Papa…
Y creo que la gente agradece precisamente eso: que no hay espectáculo. Hay vida normal.
Hoy muchas veces parece que todo tiene que ser grande, perfecto, impactante. Incluso en lo religioso se busca lo extraordinario, como si la fe tuviera que ser siempre un gran acontecimiento. Y no es eso. La mayoría de la gente no necesita fuegos artificiales, necesita compañía.
Una amiga mía, Menchu, profesora de adolescentes, me lo decía hace poco: “Cuando llego agotada a casa y veo tus vídeos, me ayudan a descansar el alma y a volver al Señor”.
Y eso, en realidad, es muchísimo.
Don Manuel, en el jardín de su casa en Vinaderos, Ávila. Allí van a pasar el verano familias sin recursos.
¿Qué mensaje le ha emocionado más desde que empezó todo esto?
Muchísimos.
Hay personas que me escriben diciendo: “Siga, Don Manuel, porque estoy volviendo a leer la Biblia gracias a los vídeos”.
Otros simplemente dicen: “Nos acompaña”.
Y eso me impresiona mucho. Porque uno descubre que quizá está haciendo algo muy pequeño, pero constante. Como una especie de alimento sencillo para mucha gente.
También me emociona la cantidad de sacerdotes que siguen los vídeos cada día y escriben mensajes cariñosos. Y personas con las que llevaba años sin tener contacto y que ahora vuelven a aparecer.
Al final, las redes sociales también pueden servir para reencontrarse.
JuanPablo II dando la bendición a don Manuel, tras la audiencia en la sala Nervi, donde le mostró la revista, "Mensaje del Papa" que editaba junto a otro sacerdote
¿Qué le diría a un joven que tiene fe, pero le cuesta reconocerlo públicamente?
Que su miedo puede convertirse en valentía, igual que ocurrió en Pentecostés.
Los apóstoles estaban encerrados y llenos de miedo. Y el Espíritu Santo los transformó completamente. Simón Pedro el que 53 días antes dijo 3 veces que no conocía a Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo se puso a anunciar el Kerigma de Cristo Resucitado y se convirtieron 3000.
Y es muy interesante que antes de Pentecostés estaban junto a María. Y eso sigue siendo importante hoy: estar cerca de Ella y pedir al Paráclito el don de fortaleza.
San Juan Pablo II lo resumió perfectamente: “No tengáis miedo”.
Les suelo decir a los jóvenes que para llevar a Cristo a los demás hay que emplear tres llaves muy sencillas: ECO. Ejemplo, Cariño y Oración.
Con eso se puede abrir el corazón de muchas personas.
Y una de las alegrías más grandes de esta vida es precisamente llevar luz, alegría y sentido a un amigo, especialmente si lo esta pasando mal.
Después de tantos años escuchando a personas, ¿Qué cree que necesitamos hoy?
La gente está muy sola. Especialmente los jóvenes.
Vivimos rodeados de pantallas, mensajes y comunicaciones, pero falta mucho el contacto humano real. Mirarse a los ojos. Escucharse de verdad. Interesarse por el otro.
Y también hay mucho desencanto. Mucha desesperanza.
Por eso hace falta recordarles que existe un Dios que les quiere como son y que da sentido incluso a las heridas y dificultades de la vida.
Muchísimas personas viven emocionalmente agotadas y necesitan simplemente alguien que las sostenga un poco, que les ayude a “ALZAR LA MIRADA” con cercanía y afecto.
Si pudiera hablar cinco minutos a solas con el Papa, ¿Qué le diría?
Primero le daría las gracias por cómo cuida a los sacerdotes y por su cercanía.
Después le diría algo muy sencillo: “Santo Padre, rezo por usted”. Porque su misión hoy es dificilísima.
También le preguntaría por qué intención suya quiere que rece especialmente.
Y luego le pediría consejo como hijo: qué hacer para ser más fiel al Señor, a la vocación y al servicio a los demás.
Porque una palabra que el Papa repite mucho es “perseverar”. Y eso hoy vale oro.
Don Manuel, cuando se apaga el móvil y termina el día… ¿Qué le da paz?
Hablar con el Señor sobre el día, en mi examen de conciencia.
Y repetir una jaculatoria del beato Álvaro del Portillo que me acompaña muchísimo: “Gracias, perdón y ayúdame más”.
Gracias por todas las caricias del día.
Perdón por mi fragilidad.
Y ayúdame más mañana a ser fiel.
Después rezo cosas muy sencillas: “Jesús, en Ti confío”, “Padre, me pongo en tus manos…”, “Bajo tu amparo nos acogemos..”, las 3 Avemarías y una Comunión espiritual, porque tengo el Sagrario al lado de mi habitación.
Y así termina el día.
En paz.