Religión en Libertad

El momento exacto en el que sabes que el baño de espuma no es la solución

La docilidadFoto de Emily Powers en

Creado:

Actualizado:

Hay un punto del día —muy concreto, muy reconocible— en el que ya no eres persona. Eres agenda con piernas.

Has cruzado la ciudad como si te pagaran por kilómetros, has encadenado reuniones que podían ser un audio de 20 segundos, has contestado emails más largos que una Encíclica y has tenido llamadas que empezaban con un “es rapidísimo” y acababan robándote la fe en la humanidad.

Y, por supuesto, has ido al supermercado. Porque uno puede estar al borde del colapso, pero jamás permitirá que le “pongan falta” en la compra. Eso no. La dignidad tiene límites, pero también prioridades.

Total: son las siete de la tarde y lo tienes clarísimo. Hoy te retiras del mundo. Te espera un baño de dos horas, silencio absoluto y una desconexión tan profunda que ni tú misma te encuentres.

Y entonces aparece.

Esa voz interior. Esa pequeña traidora.

Podrías ir a misa.

En ese momento se abre un debate interno que no tiene nada que envidiar a un parlamento en crisis. El cuerpo, con argumentos impecables, defiende el plan original: agua caliente, pijama, vida horizontal. La mente asiente. Todo parece razonable.

Pero hay algo —siempre hay algo— que no se calla.

Ve.

Tú negocias. Bastante.

No hoy.

Mañana seguro.

Dios sabe que estoy agotada.

Argumentos sólidos. Muy bien construidos. Casi convincentes.

Y, sin embargo, a veces haces lo inexplicable: vas.

No feliz. No motivada. Vas como quien ha perdido una discusión consigo misma pero decide mantener cierta elegancia en la derrota.

Te sientas. Y los primeros minutos son un desastre: lista de la compra mental, correos pendientes, frases que deberías haber dicho mejor en la reunión de las doce… todo pasando a la vez.

Pero poco a poco —sin avisar, sin hacer ruido— algo cambia.

La cabeza baja revoluciones. El cuerpo deja de estar en modo supervivencia. Y aparece una sensación que no tenías en el radar: descanso. Pero no del tipo baño + Netflix. Otro.

Más profundo. Más limpio. Más… real.

Y ahí llega ese momento.

Te das cuenta de que no necesitabas desaparecer del día. Necesitabas ordenarlo. Que el cansancio no era solo físico. Y que, muy a tu pesar, la voz tenía razón.

Sales distinta.

El caos sigue ahí. La agenda también. La vida no se ha arreglado milagrosamente.

Pero tú sí estás un poco más en tu sitio.

Y eso, sorprendentemente, cambia todo.

Llegas a casa, probablemente sin tu baño épico de dos horas, pero con algo mejor: la sensación de que el día no te ha pasado por encima. Que el día lo has descansado en el Señor.

Y entonces, con media sonrisa una tiene que reconocer lo evidente, piensas:

Señor, siempre quieres para mí lo mejor, y el 100% no tiene nada que ver con lo que me apetece… pero funciona. Esa docilidad funciona

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente