Religión en Libertad

El hombre que desaparece para que dejes de mirarte a ti mismo

La tradición de la Iglesia Ortodoxa le ha dado un nombre muy expresivo: “el Señalador”. Y quizá no haya forma más precisa de describirlo

Martirio de San Juan Bautista.

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El otro día, en una homilía de un sacerdote jesuita, se mencionaba una figura del Evangelio que a veces queda en segundo plano precisamente porque no nació para ocupar el centro, sino para ayudar a mirar hacia Otro. No para atraer la atención sobre sí mismo, sino para educar la mirada de los demás. Esa figura es San Juan Bautista.

La tradición de la Iglesia Ortodoxa le ha dado un nombre muy expresivo: “el Señalador”. Y quizá no haya forma más precisa de describirlo. Su vida no se entiende como un relato centrado en sí mismo, sino como un gesto permanente que remite más allá de sí. Como si toda su existencia consistiera en una sola dirección: no retener la mirada, sino orientarla.

Por eso en él la palabra nunca se cierra sobre quien la pronuncia. No es discurso que termina en sí mismo, sino apertura que conduce a Otro. Juan no se presenta como destino, sino como umbral; no como figura de apropiación, sino como tránsito.

Esto se hace especialmente visible en el Jordán, donde su identidad podría haberse consolidado en torno a su predicación y su autoridad espiritual. Sin embargo, el movimiento es exactamente el contrario: desplaza el centro fuera de sí mismo. “He ahí el Cordero de Dios” (Jn 1,29). En esa expresión no solo reconoce a Jesús, sino que reorganiza todo el espacio de la fe: ya no se trata de mirarlo a él, sino de mirar hacia Cristo.

Desde la teología, este gesto es decisivo. Juan no se define por lo que acumula, sino por lo que entrega. Su autoridad no consiste en ocupar el centro, sino en no ocuparlo nunca. Es una forma de verdad que no se impone, sino que abre espacio a la revelación.

Por eso, en él no hay afán de protagonismo, sino una lucidez poco habitual: la de quien ha comprendido que la vida no consiste en ocupar el centro, sino en señalarlo. No hay en su actitud una negación de sí mismo, sino una forma más verdadera de afirmarse, que pasa por situarse en el lugar justo. Solo cuando el hombre deja de girar sobre sí mismo empieza a entender quién es. Porque la identidad no se conquista, se recibe; y solo se ilumina plenamente cuando se ordena en relación con Cristo, que no desplaza al hombre, sino que lo revela.

Su vida en el desierto no es un detalle biográfico secundario, sino una forma de comprensión espiritual. El desierto simplifica, depura, despoja de lo innecesario. Allí la palabra se hace más esencial porque el ruido ha sido reducido. Y en ese contexto, la existencia de Juan adquiere su forma más clara: la de quien vive para señalar, no para retener.

Y aquí su figura se vuelve especialmente actual.

Porque vivimos en un tiempo donde el centro ha cambiado de lugar muchas veces, pero rara vez ha dejado de ser ocupado por el mismo protagonista: el “yo”. Un yo que hoy se expone, se narra, se mide, se compara y se construye constantemente. El ego ya no es solo una tentación interior, sino también una arquitectura social: redes, visibilidad, validación, opinión permanente. Incluso lo bueno —el testimonio, la experiencia, la fe compartida— corre el riesgo de quedar absorbido por la lógica de la autoexposición.

En este contexto, la figura del Bautista resulta chocante, precisamente porque rompe esa dinámica. No se presenta, no se exhibe, no se construye como marca. No vive de la autoafirmación, sino de la descentración. Su identidad no se fortalece mirando hacia dentro, sino señalando hacia fuera.

El problema no es tener “yo”, sino convertirlo en absoluto. Cuando el ego ocupa el lugar central, incluso la vida espiritual puede deformarse y volverse autorreferencial, donde Dios termina siendo pretexto de un relato que sigue girando sobre uno mismo.

El Bautista introduce una ruptura. Su vida entera es una pedagogía de descentración. No porque el yo no tenga valor, sino porque no es el centro. Y solo cuando el centro vuelve a su lugar —Cristo—, el yo encuentra también su verdad, sin inflación ni negación.

Incluso en su momento de oscuridad —cuando envía a preguntar desde la prisión (cf. Mt 11,3)— no cambia de dirección. Su duda no es repliegue narcisista, sino búsqueda orientada. Sigue mirando hacia Cristo incluso cuando no comprende del todo. Su fe no es ausencia de crisis, sino fidelidad en la orientación.

Al final, su enseñanza es tan sencilla como exigente: no quedarse mirando donde uno no debe quedarse mirando. No convertir el propio yo en centro de gravedad. No confundir el signo con lo señalado.

Porque San Juan Bautista no es alguien a quien contemplar como final, sino alguien que sigue haciendo lo mismo que hizo siempre: desplazar la mirada hacia Cristo.

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