Si le gustas a todo el mundo, algo estás perdiendo
Hemos confundido la convivencia con la aprobación constante, como si vivir en paz significara necesariamente gustar a todos
Es sanísimo poder opinar y equivocarse con personas que te quieren.
Hay una presión bastante instalada —y sorprendentemente asumida— que consiste en caer bien a todo el mundo. No de manera puntual o en determinados contextos, sino siempre, a todo el mundo y sin margen de error. Se espera una especie de equilibrio constante entre ser cercano, correcto, amable y, a la vez, lo suficientemente interesante como para no pasar desapercibido, pero sin incomodar nunca demasiado.
El resultado es previsible: uno acaba midiendo más de la cuenta lo que dice, cómo lo dice y hasta lo que piensa, en un intento bastante inútil de encajar en todas partes. Y aun así, pese al esfuerzo, siempre hay alguien con quien no conectas. Siempre hay alguien a quien no le encajas, no le interesas o, simplemente, no le gustas.
Y no pasa nada, aunque nos cueste admitirlo.
Porque hemos confundido la convivencia con la aprobación constante, como si vivir en paz significara necesariamente gustar a todos. Y eso, además de irreal, es profundamente agotador. Exige una adaptación continua que, poco a poco, va desdibujando a la persona hasta convertirla en una versión suavizada de sí misma, perfectamente aceptable, pero cada vez menos auténtica.
Desde ahí se entiende algo importante: no estamos llamados a caer bien, sino a vivir en la verdad. Y la verdad, incluso cuando se expresa con cuidado y respeto, no siempre resulta cómoda. No porque sea agresiva, sino porque no se ajusta automáticamente a lo que el otro espera o desea.
Esto no significa, evidentemente, que todo valga. No se trata de justificar la falta de delicadeza, ni de amparar actitudes bruscas bajo la excusa de la sinceridad. La forma importa, y mucho. Pero incluso haciendo las cosas bien, incluso viviendo con respeto, hay relaciones que no terminan de encajar. Y eso forma parte de la realidad humana.
La caridad cristiana no consiste en agradar, sino en amar. Y amar no es siempre coincidir, ni adaptarse, ni evitar cualquier fricción. A veces implica sostener una posición, marcar un límite o simplemente no entrar en ciertas dinámicas, aunque eso no genere simpatía inmediata.
Aceptar esto tiene algo de liberador, porque permite dejar de vivir pendiente de la mirada ajena. No todo el mundo va a entenderte, ni a compartir tu forma de ver las cosas, ni a sentirse cómodo contigo. Y eso no es necesariamente un fracaso, ni un problema que haya que resolver. Es, más bien, una consecuencia lógica de tomarse en serio la propia vida.
Quizá lo verdaderamente preocupante sería lo contrario: lograr encajar en todos los sitios sin dificultad, sin tensión, sin ningún tipo de contraste. Porque entonces la pregunta inevitable es qué parte de uno mismo se ha ido quedando fuera en el camino.
Al final, la vida no se construye sobre la aprobación constante, sino sobre algo más sólido y menos llamativo: la coherencia personal. Y la coherencia, aunque no siempre resulte cómoda ni especialmente popular, tiene la ventaja de sostener la vida con más verdad que cualquier intento de agradar a todos.