Religión en Libertad

Santa Matilde.

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Permítanme, una vez más, abusar de su confianza para hablarles de la santa por la que me llamo Matilde. Además, hoy casi nos obliga el calendario, porque el 14 de marzo la Iglesia recuerda a Santa Matilde de Ringelheim, una mujer que demuestra algo que a veces olvidamos: la santidad no siempre nace en lugares tranquilos; a veces aparece en medio del poder, del dinero y de los problemas muy humanos.

Matilde nació en una familia noble sajona y terminó casándose con Enrique I el Pajarero, rey de Germania. Es decir, vivió en el corazón mismo de la política medieval, donde se hablaba más de territorios y alianzas que de misericordia. Y, sin embargo, ella tenía una costumbre bastante peligrosa para la vida de corte: se tomaba el Evangelio en serio.

Mientras otros pensaban en consolidar el reino, Matilde pensaba en los pobres. Y no de forma sentimental, sino muy concreta. Fundó monasterios, hospitales y lugares de acogida, utilizando su posición para aliviar necesidades reales. Dicho de otro modo: hacía algo bastante incómodo en cualquier época, usar el poder para servir.

Cuando murió su esposo y sus hijos heredaron el trono, comenzaron las tensiones. A ellos les preocupaba que su madre fuera, digámoslo con delicadeza, demasiado generosa con los bienes del reino. Desde su punto de vista, la caridad de Matilde se parecía peligrosamente a una mala gestión del patrimonio familiar.

Pero Santa Matilde no era una ingenua. Había vivido dentro del poder y sabía perfectamente cómo funcionaba. Precisamente por eso tenía claro algo que seguimos olvidando años después: el dinero y la autoridad no son un fin en sí mismos. Solo tienen sentido cuando sirven para sostener a quienes no tienen nada.

Por eso su vida sigue resultando tan interesante. Vivimos en una época que habla mucho de solidaridad y justicia social, pero muchas veces en el terreno de las palabras. Matilde, en cambio, no debatía demasiado: construía hospitales, abría refugios, ayudaba a los pobres y utilizaba su influencia para mejorar la vida de quienes nadie defendía.

Quizá por eso, me gusta tanto Santa Matilde de Ringelheim. No por su corona ni por su posición en la corte, sino por algo mucho más raro: entendió que el poder solo tiene sentido cuando se pone al servicio de los demás. Y esa sigue siendo, probablemente, una de las ideas más revolucionarias del Evangelio.

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