El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.
Los sacramentos nos ofrecen Luz, unidad y ayuda
🔹San Agustín. (Sermón 272)🔹
🔹San Agustín. (Sermón 272)🔹
En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois: recibís el misterio que sois vosotros 🔹San Agustín. (Sermón 272)🔹
Esta frase estaba dirigida originalmente a los neófitos, los recién bautizados en la noche de Pascua. Con ella San Agustín intenta mostrar la profundidad de los sacramentos. La Eucaristía no es solo el Cuerpo histórico de Cristo hecho sustancia, sino también el espejo místico de la Iglesia misma.
La fe a menudo experimenta un distanciamiento entre el sujeto que ora y el Dios adorado. Parece que vivimos distantes y sin conexión. San Agustín, sin embargo, nos dice algo maravilloso: al mirar el altar, el cristiano no solo contempla a su Dios, sino que también se contempla a sí mismo como imagen de Dios.
La unión entre Cristo y la Iglesia es tan íntima que ambos formamos una sola realidad presente en este mundo. Por el Bautismo, el creyente se ha unido a Dios como parte de la Iglesia. Por tanto, cuando el pan y el vino se consagran sobre el altar, allí no solo está la Cabeza de la Iglesia, sino también todo su Cuerpo. Comulgar es un acto de reconocimiento: «Amén» significa: «Sí, creo que este es Cristo y sí, acepto que estoy unido sacramentalmente con Él».
El cristiano no va a la Eucaristía a tener un encuentro privado y aislado con Jesús. Va a encontrarse con el "Misterio que es él mismo" en comunión con los demás y en comunión con Dios. Al recibir la Sagrada Forma, nuestro alma se descubre unida a cada uno de los hermanos con quienes compartimos la misma mesa.
Aunque la frase citada termina ahí, en el mismo sermón Agustín añade inmediatamente una exhortación que ilumina toda la mística del texto: «Sed lo que veis y recibid lo que sois».
En la vida cotidiana, cuando comemos algo, nuestro cuerpo asimila el alimento y lo transforma en nuestra propia carne. En los sacramentos, ocurre exactamente lo contrario. Como el propio San Agustín relata en sus Confesiones, Cristo le dijo en la oración: «No me transformarás en ti, sino que tú te transformarás en mí». Recibir el misterio (que somos) implica dejarnos cristificar, permitiendo que la santidad, la pureza y el amor de Jesús absorban nuestras debilidades.
Saber que «sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois» otorga al cristiano una dignidad inquebrantable. El cuerpo físico, la historia personal y los sufrimientos diarios de cada fiel ya no son realidades profanas; están asumidos en el ofertorio de Cristo. Si somos el misterio puesto sobre la mesa, nuestra vida entera debería convertirse en una liturgia viva. El cristiano sale de la iglesia sabiendo que debe prolongar la Eucaristía en su vida, dejándose partir, entregar y desgastar por amor a Dios y los demás, tal como Cristo hace en cada comunión.
San Agustín nos muestra que no podemos quedarnos en una fe meramente intelectual u observadora. La Eucaristía no es un “espectáculo sociocultural” al que asistimos, sino un profundo Misterio. Al acercarnos al altar, la Iglesia nos entrega a Cristo y, al mismo tiempo, nos devuelve nuestra verdadera identidad. Nos convertimos en aquello que comemos: el Cuerpo vivo de Jesús que camina, ama y se entrega en medio de la historia humana. Lo que nos sucede es que no llegamos a creer que esto sea así. Nos da miedo acercarnos demasiado a la trascendencia que Dios nos ha regalado a través de los sacramentos.
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