Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

No temamos ser humillados. Demos gracias a Dios.

🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 2, 26🔹

🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 2, 26🔹- NMN

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"El Verbo, pues, se hizo carne y vivió entre nosotros", y su nacimiento es el colirio que limpia los ojos de nuestro corazón, y así ya pueden ver su grandeza a través de sus humillaciones. 🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 2, 26🔹

Desde la espiritualidad católica, este pensamiento nos ofrece tres dimensiones de entendimiento: la soberbia como enfermedad humana , la Encarnación  como medicina divina y la Fe como una nueva forma de mirar lo que vivimos en este mundo.

Todos nosotros, como seres humanos, sufrimos un especie de enfermedad espiritual: la soberbia. La soberbia nos dice que somos más y mejores. Nos dice que merecemos todo y los demás, merecen ser ignorados y despreciados. En el Génesis vemos que el ser humano quiere ser grande, quiere ser "como Dios", por nuestros propios medios y capacidades.

Esta soberbia nos ciega. Nos impide ver a Dios porque lo buscamos en el poder, en el trueno, en la magnificencia mundana y en la autoafirmación. Pero hay más. La soberbia nos hace ignorar y despreciar al prójimo. Nos hace mirarlo como si fuera algo secundario e irrelevante. Sólo nos acordamos el prójimo cuando tiene algo que nos interesa o hace una función que nos eleva más.

Al tener los "ojos del corazón" sucios por nuestra vanidad, somos incapaces de reconocer la imagen de Dios y su huella en quienes están cerca de nosotros. Ignoramos a las personas no nos adulan y besan nuestros pies. Pero hay una medicina que nos ayuda a reducir esta enfermedad.

La medicina es "El colirio” del nacimiento del Hijo de Dios. San Agustín introduce la figura de Cristo como Médico de nuestro ser. Dios, conociendo nuestra ceguera, no nos cura con una demostración de fuerza (que nos cegaría más), sino con lo opuesto: la humildad. Si una persona te desprecia e ignora, no debemos sentir dolor o rechazo. Guardemos humilde silencio y pidamos a Dios por quienes nos desprecian.

El colirio es un crema medicinal que a veces arde o molesta al aplicarse, pero cura. La humildad de Dios "arde" a nuestro orgullo y nos permite darnos cuenta de lo poco que somos. Si algo podemos hacer, es servir de humilde herramienta al Señor.

Ahora entremos a hablar de la paradoja. Dios se hace carne, se hace frágil, niño y dependiente. Para una mentalidad pagana o mundana, esto es un escándalo. ¿Cómo va Dios a hacerse humano? Pero la humildad de Cristo es el tarro que contiene remedio para la soberbia del hombre: la humildad.

Necesitamos ser conscientes de la grandeza en la humillación de Dios. La frase de San Agustín culmina con el objetivo de la vida espiritual: "ver su grandeza a través de sus humillaciones". La espiritualidad católica no niega el dolor ni la pequeñez; nos transforma. La "carne" de Cristo, su nacimiento en pobreza, su vida oculta, su Pasión, se convierten en la lente transparente a través de la cual vemos el Amor infinito de Dios. Porque Dios es Amor, pero no una amor sensorial e interesado. Es un Amor que transmite fuerzas para soportar las humillaciones y desprecios. ¿Somos ignorados o despreciados? Demos gracias a Dios porque nos enseña a ser humildes y a ver en el prójimo mucho más que sus acciones.

La verdadera grandeza de Dios no es simplemente que Él sea omnipotente, sino que, siendo omnipotente, su Amor es trascendente. Su Amor es capaz de hacerse pequeño sin dejar de ser Dios. Esta lógica se extiende a la Cruz y al Santísimo Sacramento. Vemos un trozo de pan con toda su sencillez, pero el ojo sanado por la Fe ve ahí el Camino hacia el "Verbo hecho carne".

San Agustín nos invita a una conversión de la mirada. Nos dice que no necesitamos escalar montañas intelectuales o acumular poderes para encontrar a Dios. Necesitamos dejar que la humildad de Cristo, desde el pesebre, la cruz, sane nuestra arrogancia. Solo cuando aceptamos que Dios se revela en lo pequeño, nuestros ojos espirituales se abren y podemos contemplar su verdadera Majestad, que no es otra cosa que Su Misericordia: "Para que el hombre comiera el pan de los ángeles, el Señor de los ángeles se hizo hombre." (San Agustín Sermón 126, 6).

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