Religión en Libertad

Vuelve el monje

Francisco Segarra

Jubilado. Ya era hora

Cristo no murió como un santo

El decoro es el sudario de los hipócritas. El verdadero dolor no tiene modales

En La Pasión de Cristo de Mel Gibson se puede visualizar con gran crudeza el sufrimiento de Jesús. Pero se queda muy lejos del horror real de los hechos 

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Hay algo en la agonía de Nuestro Señor que me consuela hasta las lágrimas. No me refiero a las estampas dulzonas donde Cristo parece dormir sobre la cruz con la serenidad de un príncipe oriental, ni a esas piadosas falsificaciones donde el Redentor expira con una sonrisa tenue, como un asceta satisfecho de sí mismo. Ni siquiera la cinematográfica belleza trágica del Cristo-Caviezel de Mel Gibson. No. Todo eso pertenece a la religión de los satisfechos, de los burgueses, de los corazones encerados, de los devotos que jamás han temblado de espanto ante el sufrimiento verdadero.

Cristo no murió como un santo. No. Mil veces no

Murió como un condenado abandonado por la tierra y por el cielo. Murió quejándose. Murió clamando. Murió sudando sangre de angustia antes siquiera de que el primer clavo atravesara sus manos adorables. En Getsemaní no pronunció frases heroicas para la posteridad. Cayó rostro en tierra. Suplicó. Quiso, en el vértigo de la tristeza, que pasara de Él aquel cáliz espantoso. El Evangelio, que no teme escandalizar a los imbéciles, nos dice que su sudor era como de gotas de sangre. ¡Sangre de miedo! ¡Sangre de horror! ¡Sangre de un Dios que quiso conocer hasta el fondo la insoportable experiencia humana de no poder más!

¡Qué lejos estamos de la mentira espiritual de las “bellas muertes”! De los libros del tipo "Así mueren los santos" y zarandajas por el estilo. Si se rezara tanto como se escribe, el mundo estaría mucho mejor. (Yo escribo, disculpen. No debería).

Los hombres virtuosos exigen del enfermo, del moribundo una compostura casi teatral. Quieren palabras suaves, sonrisas edificantes, resignaciones elegantes. Les horroriza el enfermo que grita, el agonizante que se retuerce, el moribundo que dice: “No puedo más”. Pero Cristo mismo no quiso morir así. Quiso temblar. Quiso angustiarse. Quiso experimentar la tentación de desistir. Quiso sentir en su carne santa el espanto animal del dolor. ¿No se dan cuenta de que tuvo que ser clavado a su lecho del dolor? Sabía bien que podría caer en la tentación de bajarse.

Y habló poco durante la Pasión, no por majestad literaria, sino acaso para ahorrar las pocas fuerzas que le quedaban y llegar consciente al final del sacrificio. Su apariencia era la de un desecho humano, apestoso. Isaías lo había visto siglos antes: “Varón de dolores”. “Como un gusano y no un hombre.” Los piadosos de nuestro tiempo habrían apartado la mirada de Él en el hospital, pensando quizá: “Ha perdido la paz y la razón”, “Le falta abandono”, “Qué triste ejemplo”, "Es un cobarde", "Dice que es hijo de Dios, ¿y se queja como un animal?"

¡Oh, miserables!

El Hijo de Dios dio gritos. No ocultó el sufrimiento para tranquilizar a los espectadores. No maquilló el espanto de morir. Desde la cruz clamó con una voz tan terrible que aún hoy hace temblar el universo: “¿Por qué me has abandonado?” Y esa frase basta para destruir toda la falsa mística de las agonías decorativas.

Gracias, Jesús, porque me permites morir como Tú

Gracias porque no exiges del hombre destrozado una serenidad de estatua. Gracias porque autorizas las lágrimas, el temblor, la súplica, incluso esa especie de rabia sagrada del que siente que el dolor supera las fuerzas de la naturaleza. Gracias porque santificaste el miedo, la fragilidad y el gemido humano. Gracias porque no escondiste tu espanto.

Santa Teresita decía: “No sabía que se podía sufrir tanto.” Esa frase debería escribirse sobre la puerta de todos los hospitales y de todas las iglesias. Porque el sufrimiento verdadero siempre sorprende. Quiebra. Descompone. Ningún hombre sabe lo que es sufrir hasta que el sufrimiento entra realmente en su carne como un cuchillo interminable. Ningún hombre puede llevar la cruz sin caer aplastado por ella. ¿Seremos más que el Hijo del Hombre? ¡Pobres incautos soberbios!

Y entonces, cuando ya no quedan palabras nobles ni posturas hermosas, cuando el alma sólo puede llorar y pedir auxilio, aparece Cristo. No el Cristo de azúcar de los burgueses piadosos, sino el Cristo lívido, cubierto de sangre y saliva, respirando con dificultad, temblando de fiebre, abandonado, aplastado por una tristeza mortal.

Ese Cristo sí puede acompañar al hombre que agoniza.

Ese Cristo sí comprende.

Ese Cristo, precisamente porque quiso parecer un cobarde derrotado ante los ojos del mundo, puede estrechar contra su corazón a todos los humillados por el dolor.

Y acaso el mayor milagro de la Pasión no sea que Cristo muriera como Dios, sino que aceptara morir exactamente como el más débil de nosotros.

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