Religión en Libertad

El rugido del león

Francisco Segarra

Jubilado cum laude

Jamenei, el Papa y la "Iglesia patriótica" de la Generalitat

La república islámica da una lección de saber estar y respeto protocolario a una presunta república catalana liberal parlamentaria

Libro del Ayatolá Seyed Alí Jameneí, "María y Jesús", editado por la Embajada de la República de Irán en EspañaRed Social "X"

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Hay paradojas que retratan una época y, sobre todo, la indigencia intelectual de ciertos movimientos políticos. La imagen no es un enlace cualquiera en redes; representa la portada y contraportada de un libro sobre Jesús y María escrito por el mismísimo líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí. Es el volumen que la Embajada de la República Islámica en España edita con motivo de la visita del Papa. Un gesto de alta diplomacia, respeto institucional y teología comparada que viene de una fe distinta, pero que entiende perfectamente qué significa la figura del Sumo Pontífice.

Frente a esta sutil sobriedad oriental, el panorama doméstico español ofrece un espectáculo bochornoso: el griterío del independentismo y de sectores de la masonería catalana, escandalizados porque el Papa no va a hablar en catalán.

El modelo de la China comunista

Lo que late bajo la pataleta lingüística del nacionalismo no es amor a la cultura, ni siquiera a la fe católica, sino un tic totalitario muy viejo: el deseo de subordinar la fe al mapa. 

El independentismo catalán no busca una Iglesia universal; lo que añora, en el fondo, es un modelo idéntico al de la "Asociación Patriótica Católica de la China comunista". Un sucedáneo de iglesia dócil, estatal, controlada por el régimen de turno, donde los obispos los nombre el partido y la liturgia sirva para aplaudir al líder local. El honorable Jordi Pujol acariciaba, como Franco, este sueño húmedo durante sus mandatos y los curas independentistas tenían al latín como lengua franquista, reaccionaria y retrógrada. Supongo que el culto a Tubalcaín es un ejemplo de progreso y modernidad.

No es China el único espejo en el que se miran los del asno o el mandil grado 33. Históricamente, el cesaropapismo -desde Enrique VIII y su Iglesia Anglicana hasta los delirios de la Revolución Francesa con su "Constitución civil del clero"- siempre ha intentado lo mismo: romper con Roma para crear una religión de consumo interno, un negociado más de la administración regional. Quieren un clero que, en lugar de mirar al Evangelio, fiche en la consejería de turno.

La lección de las lenguas sagradas

La ignorancia de estos sectores sobre el hecho religioso es tan profunda y amnésica como su sectarismo. Protestan por el idioma ante una institución cuyo eje es, precisamente, la desconexión de las fronteras nacionales.

La ironía es absoluta:

El Vaticano tiene como lengua oficial el latín. Una lengua muerta para el comercio, pero viva para la Iglesia, elegida justamente, entre otras buenas razones, para que ningún idioma moderno (ni el inglés, ni el español, ni el catalán, ni el mandarín) pueda patrimonializar el mensaje católico.

El islam tiene como lengua sagrada el árabe. Los diplomáticos iraníes de la embajada hablan persa en su día a día, pero asumen el árabe para la revelación y el rezo.

Tanto Roma como Teherán comprenden que lo sagrado exige un lenguaje universal que escape a las disputas políticas del momento histórico. Son algunas de las sabias ventajas de ser imperios milenarios en lo humano. 

El contraste, pues, es para hacérselo mirar. Un régimen teocrático islámico da una lección de respeto institucional y altura intelectual editando un libro sobre Jesucristo y la Virgen María para obsequiar al jefe de la Iglesia Católica. Mientras tanto, el nacionalismo catalán y sus terminales ideológicas demuestran la pequeñez de su vuelo: son incapaces de concebir a Dios si no tiene el carnet de la comunidad autónoma y no habla, oh, qué chiste, el latín romance evolucionado de su negociado.

Coda: Si yo fuera independentista, abriría razonablemente las puertas a una relación amable con China, Irán, Rusia y cualquier otra nación que pudiera apoyar mis reivindicaciones. Y, tal vez la más importante, sería el Vaticano. Jamás me enfrentaría a 2.000 años de alta y eficacísima diplomacia: Roma es un mal enemigo, muy peligroso, dicho sea lo cual en términos puramente humanos. Porque, espiritualmente, ya triunfó sobre el mundo, el tiempo y los poderes demoníacos allá por el año 33, más o menos.

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