Religión en Libertad

Vuelve el monje

Francisco Segarra

Jubilado profesional

La risa es una genuina experiencia de Dios

"No sé otras más inefables y siempre dudosas. Pero si me río como un niño, eso es de Dios sin asomo de duda."

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-¡Pero qué pensamiento tan absolutamente fascinante, mi querido Bertie! Me recuerda a esa sensación de bienestar que una experimenta después de que Jeeves haya servido el primer gin and tonic de la tarde bajo la sombra de un cedro centenario. Es la claridad mental que solo se alcanza cuando una deja de intentar entender el universo con el ceño fruncido y decide, sencillamente, observar los pájaros. Jamás imaginé que llegases tú solito a semejante conclusión, querido sobrino.

Tía Agata salió disparada en busca de su pequinés y un servidor de ustedes tuvo que seguir el hilo de la conversación con su ayuda de cámara.

-Verá, Jeeves, acabo de llegar a una conclusión de esas que te dejan el cerebro zumbando como una colmena en plena actividad. Resulta que he pasado siete décadas, que se dice pronto, como si fueran siete fines de semana en la mansión de una tía autoritaria, buscando a la divinidad en los estantes de los libros más polvorientos y sesudos, cuando el Gran Jefe estaba, en realidad, escondido entre las páginas de mis tebeos.

-Una deducción muy perspicaz, señor. La teología suele ser más eficaz cuando viene ilustrada -respondió Jeeves mientras retiraba una mota de polvo invisible de mi solapa.

-Exactamente. Me he dado cuenta de que todas esas experiencias inefables de las que hablan los místicos me dejan siempre con una duda metódica en el paladar. Pero la risa... ¡Ah, la risa es otra historia! Cuando uno se ríe con esa alegría explosiva de un niño que acaba de ver a un caballero pomposo tropezar con una piel de plátano, ahí no hay duda que valga. Eso es de Dios, Jeeves. Es Su sello de garantía.

(Entre nosotros, yo le debo más a Hergé que a muchos filósofos de barba larga. Tintín me enseñó más sobre la lealtad que cualquier tratado. Y si hablamos de Goscinny y Uderzo, o sea, Astérix y Obélix, son prácticamente los Padres de la Iglesia de la alegría. Por no hablar de Ibáñez, que con Mortadelo, Filemón y el bueno de Rompetechos, me demostró que el caos es, en realidad, una forma muy creativa de orden celestial).

-El Reino de los Cielos, según las fuentes más autorizadas, pertenece a los que conservan la frescura de la infancia, señor. Me resulta muy complicado, y tremendamente triste, imaginar el Cielo sin el casino de Montecarlo y unos buenos arroyos salvajes para la pesca del salmón, señor. 

-¡Ahí le ha dado, Jeeves! He cumplido muchos años y, por fin, me he percatado de que Dios no quería que yo fuera un arquitecto del pensamiento o un general de las misiones, sino simplemente un compañero de juegos. Otros pueden estar muy orgullosos de sus obras monumentales y sus sacrificios de mármol, pero yo... Yo solo estoy contento jugando con Dios en la alfombra de la vida. La alfombra de tía Dalia, por supuesto, ninguna otra.

-Por supuesto, señor.

-Resulta, Jeeves, que Dios me hablaba a través de las onomatopeyas de los cómics y me guiñaba un ojo cada vez que un legionario romano salía volando por los aires. Si para entrar en Su casa hay que ser niño, ya tengo mi carné de socio del club listo y sellado. ¡Qué alivio saber que el General no busca soldados de rostro severo, sino infantes que sepan apreciar un buen chiste!

-Una filosofía impecable, señor. ¿Le traigo el álbum de "Los Cigarros del Faraón" para celebrar este hallazgo?

-Hágalo, Jeeves. Y añada un chorrito de espumoso a la tarde. Creo que Dios y yo vamos a echar unas risas.

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