Religión en Libertad

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

Los místicos de la dulce Cruz como Santa Gema Galgani

Una de las representantes del amor a la dulce Cruz de Cristo

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Hay almas para las que la cruz no fue una teoría, ni una metáfora piadosa, ni una frase bonita dicha desde lejos. Fue cama, fiebre, herida, noche, incomprensión, estigma, enfermedad, agotamiento. Y, sin embargo, en ellas no aparece la rebelión amarga, ni la sospecha de que Dios se ha ido. Al contrario: cuanto más pesa la cruz, más cerca sienten al Crucificado.

Estos son los místicos de la dulce Cruz: almas que sufren de verdad, a veces de un modo casi insoportable, pero que descubren en ese sufrimiento una forma de unión. No buscan el dolor por sí mismo —eso sería enfermizo—, sino que, cuando llega, lo abrazan como lugar de comunión con Cristo, como resultado de la voluntad de Dios. La cruz sigue siendo cruz, pero deja de ser un absurdo. Se convierte en altar y se llena de sentido.

Santa Gema Galgani es quizá una de las figuras más puras de esta espiritualidad. En ella todo es extremo: fragilidad física, dolores, estigmas, combates interiores, amor apasionado a Jesús. Pero no habla de la Cruz como quien habla de una condena. La vive casi como un secreto de intimidad. Jesús crucificado no es para ella una idea: es el Esposo herido al que quiere acompañar. Por eso la expresión “dulce Cruz” no significa que el dolor no duela, sino que dentro del dolor hay una Presencia que lo vuelve ofrecimiento, reparación, compañía.

Junto a ella podríamos situar al Padre Pío, a la beata Alejandrina de Balazar, a sor Consolata Betrone. Sor Consolata Betrone vive el dolor como ofrenda de amor por la salvación de las almas, siempre unido a Jesús y confiado a la mediación de María.Su jaculatoria central es: “Jesús, María, os amo, salvad almas.”

En esa línea nos hemos de referir a tantas almas víctimas que comprendieron aquello de san Pablo: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Colosenses 1,24). Distingamos la dulce Cruz de la Noche Oscura por ejemplo de san Juan de la Cruz: no se trata de una noche donde Dios parece ausente, sino de un sufrimiento ofrecido conscientemente, vivido con la certeza de que Dios está dentro de la herida, sosteniendo al alma y haciendo fecundo su padecer .

Y aquí entra María. Estos místicos no caminan hacia la cruz sin Madre. La Virgen Dolorosa está ahí, al pie del Calvario, no explicándolo todo, no evitando la espada, sino permaneciendo. El Stabat Mater es la gran escuela: estar de pie junto a la cruz. “Estaba la Madre dolorosa, de pie junto a la cruz, llorando, mientras su Hijo pendía. Su alma, gimiendo, contristada y dolorida, fue traspasada por una espada” (Stabat Mater dolorosa, secuencia medieval atribuida a Jacopone da Todi, s. XIII)

María enseña a sufrir sin desesperar, a callar sin endurecerse, a ofrecer sin teatralidad. En Gema Galgani esta presencia mariana es tiernísima: la Virgen aparece como refugio, consuelo, manto, protección. La Madre no quita siempre el dolor, pero lo vuelve habitable.

Por eso la dulce Cruz no es sentimentalismo. Es una de las formas más altas del realismo cristiano. El mal existe. El cuerpo se rompe. El alma se cansa. La enfermedad humilla. La incomprensión pesa. Pero el cristiano sabe que, desde Cristo, ningún sufrimiento ofrecido por amor queda fuera de la redención.

Y aquí se comprende el espíritu de Salvifici Doloris de san Juan Pablo II. El sufrimiento humano no se explica desde fuera; se ilumina desde dentro de la Cruz de Cristo. Cristo no vino a dar una respuesta abstracta al dolor: vino a cargarlo. En Él, el sufrimiento deja de ser puro sinsentido y puede convertirse —misteriosamente— en participación en el amor redentor. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque el amor de Cristo puede entrar incluso ahí y transformarlo en don.

Los místicos de la dulce Cruz son, en el fondo, testigos de esto: que hay dolores que no se entienden, pero pueden ofrecerse; que hay heridas que no desaparecen, pero pueden unirse a las de Cristo; que hay cruces que no se eligen, pero pueden abrazarse con amor. Y entonces, sin dejar de ser cruz, se vuelven fecundas.

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