Alzar la mirada en Madrid: del Palacio Real a la noche de la Plaza de Lima
Del protocolo en el Palacio Real al “milagro de amor” de CEDIA y la vigilia juvenil en la Plaza de Lima, León XIV invita a España a alzar la mirada y vivir una caridad que no admite demoras.
El coche del Papa gira hacia el Palacio Real entre cámaras y banderas, mientras la seguridad y el pueblo madrileño lo acompañan a pocos metros de la entrada.
Tras un primer día marcado por el encuentro con las autoridades en el Palacio Real, la visita al CEDIA de Cáritas y la multitudinaria vigilia juvenil en la Plaza de Lima, Madrid se despierta hoy llamada a seguir “alzando la mirada”: a las 10.00 León XIV presidirá en la Plaza de Cibeles la Misa y procesión del Corpus Christi; a las 16.30 se mantendrá un encuentro privado con la familia agustiniana en la Nunciatura; y a las 18.00 participará en el acto “Tejer redes” con representantes del mundo de la cultura, el arte, la economía y el deporte en el Movistar Arena.
España amaneció ayer con la vista levantada hacia un avión que despegaba de Roma y traía a León XIV a nuestra casa. Yo también quise alzar la mirada, pero no desde una tribuna ni desde un plató, sino haciendo mi propia peregrinación por Madrid, sin asiento reservado, hasta quedarme a pocos metros de la entrada del Palacio Real. Allí, a ras de calle, entre periodistas, policías y familias, descubrí que la mejor forma de seguir este viaje no era cambiar de canal, sino dejar que el Papa cambiara mi manera de mirar.
Pasé buena parte del mediodía junto a cámaras y micrófonos, en ese lugar ambiguo donde uno está muy cerca del objetivo y, sin embargo, lo más importante no cabe nunca del todo en el encuadre. La tribuna oficial de prensa estaba dentro del Palacio; yo, en cambio, acabé pegado a la valla, con el clamor popular justo a mi lado, detrás y enfrente, llenando las escalinatas de la Almudena con vivas al Papa y con el canto incansable del himno de la visita. Podría decir que vi llegar al Papa en primera fila, pero sería una verdad incompleta: en realidad lo vi llegar a través de muchos pares de ojos, desde los periodistas hasta los jóvenes que seguían cantando “Alzad la mirada” incluso cuando los aspersores se dispararon de pronto y empaparon a todos poco antes de su llegada. Yo lo viví como la primera parábola del viaje: incluso cuando la realidad te cala por sorpresa, el lema no se negocia; se trata de aprender a mirar más arriba que los aspersores.
Mientras esperaba, me volvían una y otra vez las palabras que el Papa había pronunciado en el avión: respeto a cada ser humano, la llaga abierta de los abusos también en España, una Iglesia que no se repliega sobre sus heridas, sino que trae “un mensaje para todos”. Miraba alrededor y pensaba que esa frase no era una abstracción: ahí estaban el policía cansado, el cámara pendiente del cable, la pareja mayor apoyada en la valla, los chicos empapados que no se iban, los curiosos que quizá habían venido más por la historia que por la fe.
Luego llegó el momento del humor. Cuando le preguntaron si era del Madrid o del Barça, León XIV respondió que el Papa es de todos los equipos, aunque Prevost sea del Real Madrid, y la frase corrió como la pólvora entre móviles y sonrisas. Detrás del chiste había algo serio: esta visita no viene a confirmar trincheras, sino a desbordarlas; la Iglesia no puede hablar solo para “los suyos”.
Los cañonazos previos a la entrada en el Palacio Real retumbaron en el pecho como una memoria antigua: protocolo, Estado, historia. Pero, por encima del estruendo, seguían repicando las campanas de la Almudena, obstinadas, como si quisieran recordar que había otro lenguaje sonando al mismo tiempo. Dentro, el discurso del Papa concentró lo que muchos intuíamos fuera: pidió abandonar las narrativas divisivas y polarizantes, no alimentar guerras culturales, proteger la libertad religiosa y de conciencia y aprender a convivir con la complejidad sin inventarnos enemigos imaginarios. Advirtió del daño de un lenguaje que humilla o excita miedos y resentimientos, y vino a pedir algo poco espectacular y, sin embargo, urgentísimo: bajar el volumen del grito para subir la calidad del diálogo.
Por la tarde, el viaje cambió de escenario y de escala. De las lámparas del Palacio y los mármoles, León XIV pasó al número 11 de la calle Cullera, al CEDIA 24 horas de Cáritas Madrid: un centro de emergencia y atención integral para personas sin hogar, donde cada día se busca que nadie tenga que dormir en la calle sin al menos una puerta abierta. Allí ya no había himnos oficiales ni saludos de Estado, sino nombres propios, historias rotas y acompañamientos discretos. CEDIA ofrece un entorno seguro y digno, un café caliente, una cama y, sobre todo, la posibilidad de empezar a reconstruir la propia vida con la ayuda de profesionales y voluntarios que sostienen este pequeño milagro cotidiano.
En CEDIA, León XIV se presentó “como un madrileño más” y llamó a aquel centro un “milagro de amor” en el que nadie se queda solo. Allí no habló de estadísticas, sino de miradas: pidió que aprendamos a mirar “a los ojos” a quienes sufren, para que la ayuda no sea solo un servicio, sino un encuentro de hermanos. Recordó que “la caridad no admite demoras”, que si no se recoge el trigo cuando está maduro se pierde, y advirtió contra la mentalidad mundana y las ideologías que nos distraen de los pobres y enfrían el corazón.
Del CEDIA 24 horas a la Plaza de Lima, el contraste fue enorme y, al mismo tiempo, natural. El papamóvil avanzaba por un Paseo de la Castellana sorprendentemente estrecho, encajonado entre vallas y cuerpos de seguridad, mientras una y otra vez alguien tendía los brazos con un bebé en alto, como si medio Madrid hubiera decidido que sus niños necesitaban una bendición. Venía de abrazar las heridas más duras y, de pronto, en mitad del asfalto, el Papa se encontraba rodeado de cunas improvisadas en brazos: la misma vida, frágil y mendiga, pidiendo protección.
En la Plaza de Lima, la tarde fue pasando de plaza de ciudad a “festival de la fe”: música, testimonios y, sobre todo, el rosario de los misterios luminosos con la Virgen de la Almudena presidiendo el escenario como guía espiritual del encuentro. Mientras tanto, mi móvil se llenaba de mensajes desde la plaza: “No se puede describir con palabras, he rezado por todos vosotros y por los que nos precedieron”; “estoy sin palabras”; “me ha mirado a los ojos el Santo Padre y ha bendecido la Virgen que llevaba conmigo”; “los policías están desbordados de tanta afluencia”; “¡qué bonito todo, muy emotiva la adoración!”; “me encanta ver la sonrisa de felicidad de los jóvenes al cantar al Señor y adorarle”; “IMPRESIONANTE LA VIGILIA y ya la Adoración... sin palabras para la boca. Todo para el corazón. Alzad la mirada!!!”. Eran pequeñas ventanas abiertas al corazón de ese gentío, en el que muchos reconocían llegar “un poco fríos con Dios” y, sin embargo, habían venido a Madrid para reencontrarse con Él, escuchar al Papa hablarles de esperanza concreta en medio de sus miedos y cansancios y dejarse mirar por Cristo presente en la Eucaristía.
Cuando por fin llegó, el grito fue claro y antiguo: “¡Esta es la juventud del Papa!”. Las cámaras reconocieron el espectáculo de una Castellana abarrotada; a mí me impresionaba pensar que, detrás de cada consigna, había una historia distinta: jóvenes de parroquia, de colegios, de movimientos, otros que se acercan a la Iglesia de lejos, familias enteras que habían hecho horas de viaje para poder decirle, aunque fuera un segundo, “Papa León, te queremos un montón”.
En su diálogo con ellos, León XIV no ofreció recetas fáciles, sino la certeza de que Jesús no se cansa de salir a su encuentro en medio de la noche, cuando la fe se apaga o la vida pesa, e insistió en que nadie está solo cuando se deja mirar y perdonar por el Señor. Les confió una misión muy clara: “sed humanos, hombres y mujeres de carne y hueso, no apariencias sino rostros confiables”, llamados a ser “chispa de una humanidad nueva” frente al vacío de la indiferencia y La violencia de la guerra y de la mentira.
Sus palabras sobre el perdón, la misericordia y la necesidad de no dejarse robar la esperanza parecían dirigirse a cada historia concreta que llenaba la Plaza de Lima aquella noche.
La Plaza de Lima, convertida en santuario al aire libre: la gran cruz, la custodia con el Santísimo y el lema “Alzad la mirada” presidieron la vigilia de oración con los jóvenes.
La vigilia terminó donde tenía que terminar: de rodillas, ante el Santísimo. Después de escuchar a los jóvenes y de dejarse interpelar por sus preguntas, el Papa presidió la adoración eucarística, cerrada con ruegos y con el Tantum ergo, y dio la bendición con el Santísimo expuesto a todos los presentes.
En ese clima de silencio y adoración sonó “Tuyas son”, la conocida pieza de adoración compuesta por Luis Poveda (Luispo) junto a Hakuna Group Music, que tantos jóvenes han cantado en horas de oración y que ahora ayudaba a entregar la noche —y la vida— al Señor. Al Papa se le veía casi descansar ahí, gozando de esa celebración sencilla y profunda; incluso el báculo con la cruz que portaba, tan parecido al de san Juan Pablo II, evocaba otros encuentros de generaciones distintas con el mismo Cristo.
El acto litúrgico de adoración eucarística terminó con un aplauso largo, más de gratitud que de espectáculo, y con todos cantando de nuevo el himno “Alzo la mirada” bajo los fuegos artificiales, mientras muchos jóvenes se despedían con lágrimas en los ojos y una emoción grande en el corazón, como si toda la Plaza de Lima quisiera decirle a la vez: gracias por recordarnos que lo primero es adorar.
Señor Jesús, que has querido venir a nuestra tierra a través de la visita del Papa León XIV y del rostro concreto de tantos hermanos sin hogar, enséñanos a alzar la mirada hacia Ti. Que no nos quedemos atrapados ni en los cañonazos de la política ni en el ruido de las redes, sino que aprendamos a mirarte en el Sagrario, en la calle, en los jóvenes que buscan y en los pobres que llaman a la puerta. Haz que la Iglesia en España viva la caridad sin demoras, como nos ha recordado el Papa, y que sepamos mirarnos unos a otros a los ojos, con tu propia ternura. Y cuando se nos cansen los pies o se nos enfríe el corazón, recuérdanos, por medio de León XIV, que todavía nos estás esperando para levantarnos del suelo y caminar contigo. Amén.