Religión en Libertad

León XIV, un Papa de paz desarmada y sinodalidad en camino

Rafael Lazcano relee el primer año del pontificado agustiniano en vísperas de la visita a España

Rafael Lazcano, historiador, biógrafo, editor y compañero de estudios de León XIV en Roma (1981-1985)

Creado:

Actualizado:

A las puertas de su primera visita pastoral a España, León XIV llega con un estilo que combina interioridad agustiniana, sinodalidad en horizonte 2033 y una propuesta de “paz desarmada” que interpela tanto a la Iglesia como a la política internacional. 

En este contexto, la trilogía que Rafael Lazcano ha dedicado al Papa —"Biografía de León XIV. El Papa agustino, peregrino hacia Dios", "León XIV. El camino de un pastor" y "365 días con el Papa León XIV" (San Pablo)— se convierte en una guía privilegiada para leer lo que significan estos días para la Iglesia en nuestro país. 

El propio Lazcano, que convivió con Robert Prevost en el Colegio Santa Mónica de Roma, relee aquí el primer año del pontificado agustiniano y ofrece las claves para entender lo que España está a punto de vivir con la presencia de León XIV.

-Usted convivió con Robert Prevost en los años decisivos de su formación agustiniana en Roma, en el Colegio Santa Mónica. Mirando atrás, ¿hubo alguna escena cotidiana que le hiciera pensar que aquel joven ejercía la autoridad como servicio y podía llegar muy lejos en la Iglesia?

-Si tuviera que señalar un momento, no evocaría una escena aislada ni un hecho particular o espectacular, sino una escena cotidiana. La clave estaba en el tejido continuo de la vida: convivencia fraterna, estudios intensos, reuniones de formación donde no cabía la superficialidad, actividad pastoral y tiempos informales de recreación. Recuerdo especialmente aquellas reuniones —unas formales, otras más informales— que manteníamos siendo aún jóvenes religiosos, en las que compartíamos puntos de vista sobre los estudios, la vida agustiniana y las tareas apostólicas.

»En ese contexto, Robert Prevost no era quien tomaba la palabra primero; más bien intervenía al final, después de haber escuchado con atención a todos. Y cuando hablaba, hacía algo poco común: lograba recoger lo esencial de lo que cada uno había querido expresar —incluso las posturas más extremas— y lo devolvía de tal modo que todos se sentían comprendidos.

«Ejercía la autoridad no desde el protagonismo, sino creando un espacio en el que los demás podían situarse.»

»Ese era, para mí, el momento concreto. No se trataba solo de inteligencia o capacidad organizativa, sino de una forma profundamente interiorizada de ejercer la autoridad; no desde el protagonismo, sino creando un espacio en el que los demás podían situarse. Decía poco, pero hablaba tras haber escuchado de verdad. Esa combinación de prudencia, paciencia y firmeza —sin dureza— era lo que más destacaba en el joven “Bob” durante aquellos años, entre 1981 y 1985, cuando compartimos estudios y vida comunitaria en el Colegio Internacional Santa Mónica de Roma.

«Decía poco, pero hablaba solo después de haber escuchado de verdad.»

-En sus libros ha hablado de “agustinismo a raudales” y de “paz desarmada y desarmante” para describir a León XIV. ¿Cómo resumen esas expresiones su primer año de pontificado y qué aportan a la lectura de la Iglesia y del mundo?

-Las dos expresiones —“agustinismo a raudales” y “paz desarmada y desarmante”— ayudan a perfilar una síntesis del año de pontificado de León XIV; su combinación admite un desglose en cuatro aspectos.

»Primero: centralidad de la interioridad; tensión entre ciudad terrena y ciudad de Dios —temporalidad y trascendencia—; y discernimiento (huella agustiniana). El rasgo más nítido del agustinismo no adopta forma doctrinal, sino metodológica. León XIV insiste en la reforma eclesial con arranque en la conversión interior por delante de la ingeniería institucional. Sus primeras homilías y audiencias recuperan categorías clásicas de san Agustín: interioridad, búsqueda de la verdad, primacía del amor. De ahí la prioridad para procesos de escucha sinodal reales, no meramente consultivos; la insistencia en el examen espiritual del ejercicio del poder dentro de la Iglesia; el empleo de un lenguaje teológico‑pastoral sin polarizaciones ideológicas y con retorno a la antropología cristiana básica.

»Segundo: estilo pastoral con impronta de la experiencia misionera peruana. El “pastor misionero” Prevost aflora en decisiones simbólicas y prácticas: la elección de destinos periféricos en los primeros viajes y encuentros; el fortalecimiento de estructuras pastorales locales por delante de grandes iniciativas curiales y cambios en dicasterios romanos; el protagonismo de los pobres, ubicados en el centro de la vida cristiana, como maestros del Evangelio y lugar de encuentro con Cristo en una Iglesia para y con los pobres. Más allá de una opción preferencial, aparece una eclesiología aprendida sobre el terreno: la Iglesia como red de comunidades concretas antes que como centro administrativo romano.

»Tercero: continuidad reformadora con el impulso de Francisco. La herencia de su mentor, el Papa Bergoglio, aparece en la continuidad del proceso reformador, aunque con tono distinto; menos gestos disruptivos y mayor consolidación jurídica de reformas ya iniciadas; avance prudente en la simplificación de estructuras vaticanas; énfasis en la corresponsabilidad episcopal y en la descentralización pastoral. Si Francisco impulsa procesos y “periferias” (sinodalidad, inclusión, etc.), León XIV orienta su acción hacia su estabilización teológica, pastoral e institucional, en busca de una nueva “primavera en la Iglesia”.

«El rasgo más nítido de su agustinismo no es doctrinal, sino metodológico.»

»Cuarto: la categoría de la “paz desarmada y desarmante” no funciona como recurso retórico, sino como clave hermenéutica de su acción diplomática y pastoral. Su visibilidad arranca desde el inicio en gestos de bajo perfil: mediaciones discretas en conflictos internacionales sin protagonismo mediático, rechazo explícito de lenguajes de confrontación cultural dentro de la Iglesia y propuestas de reconciliación con apelación a la conciencia moral antes que a la lógica de la sanción. En este marco, la apelación a la conciencia evita ingenuidad o evasión; introduce, en realidad, una exigencia mayor que la sanción, ya que no queda en la modificación de conductas, sino que apunta a la transformación de motivaciones. La sanción contiene el conflicto; la conciencia, cuando la verdad la alcanza de modo efectivo, lo desactiva en su origen.

»En las últimas semanas, este enfoque adquiere relieve particular ante la reactivación de tensiones en el flanco oriental europeo y el endurecimiento de discursos estratégicos por parte de algunos líderes en foros internacionales. Mientras algunos actores optan por la escalada verbal y la lógica de bloques, la diplomacia pontificia mantiene —con notable coherencia— canales reservados de interlocución, reanudación de espacios humanitarios y reconstrucción de mínimos de confianza. No aparece una intervención visible en términos de poder, pero sí una presencia moral significativa.

»Lo novedoso de León XIV, a los doce meses de pontificado, radica en la integración de tres identidades —teólogo, misionero y papa— sin intento de equilibrio externo. Como agustino aporta profundidad antropológica; como misionero peruano introduce realismo pastoral; como sucesor de Francisco asegura continuidad reformadora. Esa convergencia explica un liderazgo menos espectacular, aunque potencialmente más significativo, dado su vínculo entre Evangelio y modernidad, Iglesia y política internacional.

»En otras palabras, y en relación con la cuestión planteada, los elementos desarrollados en mis libros apuntan a una lectura de la historia de la Iglesia no como ámbito cerrado, sino como espacio revelador para la interpretación de las dinámicas de la modernidad y, sobre todo, de sus fracturas internas. Desde esta perspectiva, la trayectoria, los escritos y el magisterio de León XIV —con clara vocación de tender puentes de diálogo, encuentro y paz— ofrecen no solo un perfil biográfico y pastoral, sino también preguntas de mayor alcance: la comprensión del tiempo histórico más allá de la inmediatez; la articulación actual de la relación entre fe y cultura; y el lugar de las instituciones religiosas en un escenario global atravesado por tensiones, cambios acelerados y búsquedas de sentido. En ese marco, la figura de León XIV no queda limitada a su inserción en la historia, sino que contribuye a su interpretación.

-Usted mismo ha señalado los riesgos de hagiografía o de “militancia de orden” al escribir sobre un Papa agustino al que además conoce personalmente. ¿Cómo conjuga hoy admiración y cercanía fraterna con el rigor histórico‑crítico en un pontificado todavía en desarrollo?

-La cuestión planteada no encuentra solución en un equilibrio psicológico —entre simpatía y distancia—, sino en una arquitectura metodológica consciente de sus propios límites. Al afrontar la biografía del primer Papa agustino, León XIV, constaté desde el inicio que la biografía no versa únicamente sobre un sujeto histórico, sino sobre una figura en la que historia e identidad espiritual se entrelazan sin confundirse. Sin una investigación metódica, crítica y rigurosa, tal entrelazamiento deriva fácilmente hacia la hagiografía o hacia una sospecha reductiva.

»El primer combate se presenta ante la tentación hagiográfica. La tradición eclesiástica, especialmente la vinculada a órdenes religiosas, favorece relatos edificantes en los que la coherencia espiritual tiende a absorber las tensiones históricas. Resistir esa inercia exige algo más que buena voluntad: requiere una decisión metodológica precisa, basada en la primacía incondicional de las fuentes sobre la impresión, del documento sobre la memoria, del contexto sobre la edificación. Mi escritura no se orienta a confirmar una imagen, sino a reconstruir un proceso. Así, la biografía no canoniza ni corrige; busca comprender en condiciones históricas concretas.

»Más delicado resulta el segundo nivel, que identifico como “militancia de orden”. Dentro del ámbito agustiniano e institucional —donde compartimos formación y vida comunitaria en el Colegio Internacional Santa Mónica de Roma (1981‑1985)—, el riesgo no reside en exagerar virtudes, sino en leer la historia desde una teleología implícita, en la que el pontificado aparece como culminación providencial del carisma agustiniano. Frente a ello, adopto una triple estrategia: primero, una separación estricta entre identidad espiritual y análisis histórico‑crítico; segundo, la inserción de la tradición agustiniana en la biografía concreta de Prevost, evitando su abstracción institucional; y tercero, el rechazo de cualquier interpretación del pontificado como “éxito” o “victoria” de la Orden de San Agustín. En este marco, la espiritualidad agustiniana no actúa como causa total, sino como lenguaje hermenéutico que permite comprender cómo Prevost interpreta su misión, sin determinar automáticamente sus decisiones.

»El tercer desafío introduce una dificultad propiamente historiográfica: escribir la biografía de un pontificado en curso. Aquí emerge la tentación de la precipitación interpretativa. Toda lectura inmediata corre el riesgo de absolutizar lo coyuntural. Frente a ello, opto por una metodología centrada en la reconstrucción de procesos antes que en la valoración de episodios, distinguiendo cuidadosamente entre orientaciones doctrinales y circunstancias contingentes. En términos estrictos, la biografía no puede clausurar: solo puede ofrecer una propuesta abierta, necesariamente revisable a la luz de desarrollos futuros.

»El punto más exigente —núcleo de densidad del trabajo biográfico— radica en la integración de dos lenguajes irreductibles: el teológico‑espiritual y el histórico‑crítico. El primero articula vocación, interioridad y discernimiento; el segundo, estructuras, contextos, relaciones de poder y dinámicas culturales. La tentación consiste en privilegiar uno en detrimento del otro. Mi apuesta ha sido una articulación asimétrica pero fecunda: la interioridad —en sentido agustiniano— actúa como motor subjetivo de la acción, mientras esta se despliega en mediaciones históricas que la condicionan, la limitan y, en ocasiones, la reorientan.

»Dicho con precisión: la espiritualidad ilumina el modo en que León XIV comprende la realidad, pero no basta para explicar por qué sus decisiones adoptan una forma concreta en un momento determinado. Entre conciencia y acción median el ministerio petrino, las expectativas eclesiales, las situaciones geopolíticas y las crisis culturales, entre otros factores. Omitir estas mediaciones conduciría a una lectura espiritualista; absolutizarlas, a una reducción sociológica. El rigor histórico exige sostener ambas dimensiones en tensión.

»En este contexto, la cercanía personal adquiere un valor ambivalente. Por un lado, me permite acceder a matices no siempre explícitos en las fuentes: tonos, ritmos, modos de discernimiento. Por otro, me obliga a un ejercicio constante de desapropiación intelectual: renunciar a convertir la comprensión en justificación. La admiración indisciplinada deforma; la distancia puramente externa empobrece. Por ello, establezco una jerarquía clara: la cercanía favorece la comprensión; el método histórico determina lo afirmable.

»En última instancia, lo que está en juego en esta biografía supera la técnica historiográfica y se sitúa en el ámbito de la ética del conocimiento. La biografía de León XIV en tiempo real me ha exigido una doble renuncia: la clausura interpretativa y la apropiación del personaje. El historiador no posee su objeto; está al servicio de su comprensión. Ante una figura en desarrollo, ese servicio adopta una forma particularmente exigente: pensamiento sin precipitación, comprensión sin idealización e interpretación sin cierre.

»En síntesis, no sitúo la relación entre admiración y rigor en un equilibrio negociado, sino en su subordinación a una lógica superior: la verdad histórica. Una verdad que no cancela la dimensión espiritual ni la absolutiza; que reconoce la interioridad como clave, siempre en diálogo con la complejidad irreductible de la historia. En esa tensión —no resuelta, sino habitada— se juega, a mi juicio, la posibilidad de escribir una biografía capaz de hacer justicia tanto al hombre como a su tiempo.

«La cercanía favorece la comprensión; el método histórico determina lo que se puede afirmar.»

-En sus análisis aparecen expresiones como “peregrinos de esperanza”, “paz desarmada” o vulnerabilidad como categoría teológica. ¿Qué nos dicen hoy sobre la sinodalidad y la continuidad con Francisco?

-En los primeros meses tras su elección, León XIV parecía situarse dentro de una continuidad reconocible: insistencia en la centralidad de Cristo, en la Iglesia como “pueblo en camino” y en la necesidad de superar polarizaciones internas. Sin embargo, en las homilías de Año Nuevo y Epifanía 2026 se perciben al menos tres desplazamientos significativos.

»Primero, de conceptos descriptivos a imágenes existenciales. Antes eran las categorías eclesiológicas más clásicas (comunión, misión, reforma); ahora, metáforas dinámicas como “peregrinos de esperanza”. Esto no es solo retórica. Introduce una antropología implícita: el creyente no es un “miembro estable”, sino una persona en tránsito, y la fe se entiende más como proceso que como estado.

«León XIV desplaza la sinodalidad de método organizativo a forma de ser Iglesia.»

»Segundo, de la paz como objetivo político a la “paz desarmada”. La expresión “paz desarmada” es teológicamente densa: no es solo ausencia de guerra (paz negativa), tampoco simplemente justicia estructural (paz social), sino una paz que implica renuncia activa a la lógica del poder. Aquí hay una radicalización respecto a discursos previos cuando se desplaza el foco de “regular la violencia” a “deslegitimar sus fundamentos”.

»Tercero, la emergencia de un eje nuevo: vulnerabilidad como categoría teológica. Ambas expresiones convergen en un punto: el cristiano como no autosuficiente y la Iglesia como no dominante. Esto marca una evolución clara: del reformismo eclesial hacia una eclesiología de la desposesión. Se basa en que Cristo se despojó de su rango divino para hacerse hombre (Fil 2,5‑11), lo que implica que la Iglesia debe realizar un movimiento similar de “vaciado” de sí misma para ser fiel a su misión.

»Después de 365 días de pontificado, en mi opinión, León XIV desplaza el sujeto de la Iglesia: de la institución hacia el camino compartido; de la jerarquía como centro hacia la experiencia de fe del pueblo de Dios. No elimina la estructura, pero la relativiza simbólicamente. La “paz desarmada” no es solo geopolítica; es también intraeclesial. Cuestiona la forma de autoridad basada en el control y promueve una autoridad que escucha antes que decide. El uso del término “peregrinación” introduce una narrativa abierta: no hay “meta inmediata”, se asume una Iglesia en proceso hasta un horizonte simbólico, 2033. Esto sugiere que León XIV no está buscando resultados rápidos, sino cambios de cultura eclesial.

»Sobre el impacto anticipado en la sinodalidad, aquí es donde las categorías apuntadas dejan de ser retórica y se vuelven estructurales. De la sinodalidad como método a la sinodalidad como identidad. Hasta ahora la sinodalidad se ha entendido muchas veces como consultas, asambleas, procesos participativos. Con León XIV la sinodalidad evoluciona hacia una forma de ser Iglesia, no solo un procedimiento.

»“Peregrinos de esperanza” implica caminar juntos no como técnica, sino como condición ontológica y naturaleza misma de la Iglesia; y la “paz desarmada”, aplicada a la Iglesia, significa renuncia a mecanismos de imposición cultural o doctrinal rígida y apertura a la escucha real, incluso en conflicto. Sin este “desarme”, la sinodalidad queda en simulacro. Por tanto, su impacto podría ser menor centralización efectiva (aunque no necesariamente jurídica), mayor legitimidad de procesos locales, tensiones más visibles, pero también más asumidas.

«Sin desarme interior, la sinodalidad corre el riesgo de quedarse en simulacro.»

»Una evolución como la descrita no es lineal ni exenta de conflictos. Apunto tres: a) Ambigüedad percibida: el lenguaje simbólico puede ser interpretado como falta de definición doctrinal; b) fatiga sinodal: si todo es proceso, puede surgir sensación de ausencia de decisiones claras; y c) resistencia estructural: las instituciones tienden a reabsorber discursos transformadores sin cambiar prácticas.

»El escenario probable hacia 2033, si la línea actual se mantiene, sería el de una Iglesia menos centrada en uniformidad y más en comunión plural; autoridades con función más facilitadora que directiva; sinodalidad consolidada no tanto en normas, sino en hábitos eclesiales; y una teología más marcada por la historia, el camino y la esperanza que por sistemas cerrados. Dicho lo cual, me parece que León XIV está desplazando la sinodalidad de proyecto organizativo a espiritualidad histórica de la Iglesia, articulada en tres ejes fundamentales: caminar unidos hacia el Reino; desarmarse, esto es, despojarse de poder y estructuras de dominio para acoger con humildad la voluntad del Padre; y esperar, actitud de la Iglesia que se sabe peregrina y no dueña del tiempo, confiando en la acción divina sobre la propia impaciencia o planificación humana.

-Desde que comenzó a trabajar en la biografía hasta hoy se han sucedido gestos y decisiones significativas: el horizonte de la visita a España, la sinodalidad con meta ecuménica en 2033, insistentes llamamientos a la paz en contextos de guerra. ¿Qué matices le han llevado a “releer” al Papa respecto a la imagen inicial que se formó de él?

-Más que confirmación de un perfil ya delineado, los acontecimientos recientes imponen una mirada más fina y la identificación de matices antes apenas intuidos. León XIV mantiene el núcleo —interioridad, verdad y servicio—, aunque modifica el modo de despliegue histórico de ese centro. En ese punto emergen rasgos nuevos. Señalo algunos.

»El primero: tránsito desde la coherencia personal hacia una inteligencia estratégica del tiempo. Al inicio, su figura remitía sobre todo a un pastor interiormente unificado. En el presente, a las puertas de su visita a España, surge además una capacidad precisa de lectura de ritmos históricos. La propuesta de una sinodalidad con horizonte ecuménico hasta 2033 expresa una visión de largo alcance: la unidad cristiana entendida como proceso espiritual que requiere maduración, no aceleración.

»Un segundo rasgo revela la densificación pública de un estilo esencialmente discreto. Lo que antes admitía lectura como reserva o bajo perfil ahora recibe reconocimiento como opción consciente: intervención sin ocupación del centro, ejercicio de influencia sin reclamación de visibilidad inmediata. En el ámbito diplomático —especialmente en los llamamientos a la paz en contextos de guerra— se perfila así una modalidad de presencia que rehúye el protagonismo, pero no la eficacia. Introduce criterios sin entrar en competencia con la lógica geopolítica y opera más bien como desplazamiento silencioso hacia categorías morales que reordenan la comprensión de los conflictos.

»Un tercer matiz apunta a la expansión semántica y operativa de la sinodalidad. Lo que en una primera lectura quedaba circunscrito al ámbito intraeclesial ahora se despliega en clave ecuménica e incluso cultural. La sinodalidad deja de entenderse primariamente como método de gobierno y pasa a configurarse como forma relacional: un modo de presencia de la Iglesia en el mundo que instituye la primacía de la escucha, el discernimiento y la corresponsabilidad. En este desplazamiento, la categoría adquiere capacidad de mediación más allá de sus fronteras originarias, con articulación de espacios de encuentro en el diálogo entre confesiones y en la interlocución con las culturas.

»Un cuarto rasgo, de singular densidad, incide en la traducción operativa de la “paz desarmada y desarmante”. La fórmula deja de funcionar como mero enunciado espiritual y pasa a constituirse en criterio práctico de inteligibilidad y acción: apelación sostenida a la conciencia moral, preferencia por mediaciones discretas y renuncia deliberada a los lenguajes de confrontación. No aparece solo denuncia de la guerra en sus manifestaciones visibles, sino estrategia de desactivación con intervención en sus presupuestos antropológicos, allí donde se gestan las lógicas de la enemistad y la violencia.

»Un quinto matiz remite a la consolidación de una autoconciencia hermenéutica de su propio ministerio. No queda limitado a la reacción ante la contingencia ni a la oferta de respuestas puntuales; asume la tarea de configuración de marcos de inteligibilidad. Surge una función interpretativa que no solo lee los acontecimientos, sino que los sitúa en horizontes de sentido con capacidad de iluminación y orientación. En este registro, la palabra no se agota en la respuesta; instituye criterios, opera como instancia de discernimiento que articula experiencia, juicio y proyección, con desplazamiento de la intervención desde la inmediatez de lo factual hacia una elaboración que incide en la forma misma de comprensión del presente.

»Dentro de este marco, la visita a España (6‑12 de junio) desborda su registro pastoral o institucional y queda inscrita, previsiblemente, en una función de lectura histórica y de propuesta de sentido. No solo presencia, sino interpretación situada; un acto que relee el contexto y, al hacerlo, introduce claves de comprensión con pretensión de reordenación. Desde esta perspectiva, el viaje de León XIV adquiere perfil de laboratorio eclesial y cultural. En él surgirán de algún modo mensajes decisivos sobre el sostenimiento de una cultura de la vida en contextos de relativismo ético y fragilidad de sentido; la afirmación creíble de la dignidad humana bajo condicionamientos económicos, tecnológicos o ideológicos; el reconocimiento efectivo de la mujer en la vida eclesial y social; la generación de una cultura del cuidado; la acogida, protección e integración de migrantes sin reducción a cifras o problemas de gestión; la respuesta ante fragmentación, polarización y pérdida de vínculos comunitarios; la incidencia en la vida pública desde una propuesta cristiana no impositiva ni diluida; el abordaje veraz y justo de abusos con centralidad de las víctimas y procesos reales de reparación y prevención; la reconstrucción de credibilidad eclesial en contextos de desconfianza; la propuesta de la fe en una sociedad que ya no la presupone; la definición de una acción pastoral significativa más allá de la mera conservación; la articulación de tradición y creatividad; el acompañamiento de los jóvenes; la búsqueda de lenguajes, espacios y procesos para una transmisión significativa de la fe; la configuración de comunidades como ámbitos reales de encuentro, escucha y discernimiento; y el tránsito desde estructuras de gestión hacia dinámicas de vida comunitaria y misión compartida.

»En síntesis, la relectura no rectifica la imagen inicial, sino que la somete a un proceso de expansión y profundización que altera su escala de inteligibilidad. León XIV deja de perfilarse exclusivamente como figura de coherencia interna y emerge como instancia de mediación universal, con capacidad de articulación de registros heterogéneos sin disolución de su tensión: interioridad y geopolítica, experiencia espiritual y espesor histórico. Este desplazamiento no resulta meramente descriptivo, sino estructural: reconfigura el lugar desde el cual se ejerce el liderazgo, con tránsito desde la consistencia personal hacia la capacidad de generación de marcos de sentido que inciden simultáneamente en la conciencia y en la configuración del orden global. En este punto se sitúa el matiz más relevante, cuya consolidación —previsiblemente— adquirirá mayor densidad tras la visita a España, en la medida en que dicho acontecimiento opere como laboratorio de verificación y explicitación de esa doble competencia hermenéutica y performativa.

«La visita a España se perfila como un verdadero laboratorio eclesial y cultural.»

Nota

Con esta entrevista se completa, en clave de visita a España, la trilogía que Rafael Lazcano ha dedicado a León XIV: "Biografía de León XIV. El Papa agustino, peregrino hacia Dios", "León XIV. El camino de un pastor" y "365 días con el Papa León XIV", publicados por San Pablo. La llegada del Papa agustino a nuestro país (6‑12 de junio) ayuda a situar su visita como algo más que un viaje pastoral. 
En las claves que señala Rafael Lazcano —interioridad agustiniana, sinodalidad en horizonte 2033 y “paz desarmada” que interpela tanto a la Iglesia como a la política internacional— se juegan buena parte de los gestos y discursos que veremos estos días. 
No se trata solo de seguir una agenda, sino de leer en ella un modo nuevo de ejercer el ministerio petrino: menos centrado en el protagonismo y más en generar espacios de escucha, reconciliación y esperanza compartida.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente