Religión en Libertad

Del CEDIA 24 horas al muelle de Arguineguín

León XIV y los descartados que devuelven esperanza

Migrantes llegados a las playas de Canarias.

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Cuando el Papa León XIV se detenga en el CEDIA 24 horas de Cáritas en Madrid y, días después, en los muelles y centros de acogida de Canarias, no estará “cumpliendo” un apartado social de la agenda. Estará entrando en las heridas abiertas de un país que, demasiadas veces, prefiere no mirar de frente a sus pobres y a sus migrantes. Si sabemos leer esos gestos a la luz de su magisterio sobre la migración, esta visita puede convertirse en una llamada muy concreta a la conversión personal, eclesial y social.

Un país que no sabe qué hacer con sus pobres

En nuestras ciudades se han hecho casi invisibles realidades que deberían escandalizarnos: personas que encadenan noches al raso, soledad crónica, pobreza que ya no es solo “crisis”, sino estado permanente, colas silenciosas a la puerta de comedores y parroquias, vidas rotas por la falta de trabajo estable y de vínculos sólidos. Con frecuencia, la respuesta oscila entre la indiferencia, el asistencialismo puntual o la instrumentalización política de la pobreza.

El paso de León XIV por el CEDIA 24 horas de Cáritas rompe esa dinámica. Allí, donde la Iglesia acompaña a personas sin hogar con una acogida que no se reduce a cama y comida, el Papa pondrá rostro a lo que a menudo se esconde detrás de palabras abstractas como “exclusión” o “sinhogarismo”. Al sentarse a escuchar, a dejarse contar historias de fracaso, de enfermedad, de adicción, de abandono, recordará a todos que la dignidad no se pierde ni siquiera cuando todo lo demás se ha derrumbado. Y que la Iglesia no está llamada a avergonzarse de sus pobres, sino a reconocer en ellos un lugar privilegiado de encuentro con Cristo.

Migración: herida del mundo, llamada de Dios

Algo semejante sucede cuando León XIV mira la migración. No la reduce a un capítulo de políticas públicas ni a una sucesión de emergencias, aunque conozca bien su dureza. En su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2025, habló de la movilidad humana como un lugar donde se entrecruzan guerras, injusticias, crisis climática, desigualdad económica y cierres identitarios, pero también como un espacio donde la esperanza cristiana se hace visible en carne vulnerable.

Su mirada no se queda en la tragedia, pero tampoco la edulcora. Ve en estos desplazamientos una herida del mundo que interpela a la conciencia de las naciones, y al mismo tiempo una llamada para la Iglesia: aprender a leer la historia desde las víctimas, a descubrir en la movilidad humana un “signo de los tiempos” que cuestiona nuestras seguridades. Que el Papa vaya a Canarias con este trasfondo no es casual. Allí, los muelles y centros de acogida se han convertido en escenario donde se cruzan la angustia de quienes llegan, el cansancio de las comunidades locales y las tensiones de un sistema que no sabe conciliar justicia, seguridad y hospitalidad.

De las víctimas a los “misioneros de esperanza”

Uno de los acentos más originales de León XIV sobre la migración es la manera en que se niega a ver a los migrantes solo como víctimas. Sin negar ni un ápice su sufrimiento, insiste en que muchos de ellos se convierten en testigos privilegiados de esperanza: hombres y mujeres que, a pesar de haberlo perdido casi todo, siguen confiando en Dios, sostienen a sus familias, mantienen viva la solidaridad y la fe en condiciones extremas.

Esa mirada cambia profundamente la escena. Cuando el Papa abrace a un migrante en Arguineguín o escuche a una familia en un centro de acogida, no estará solo “atendiendo” a alguien que necesita ayuda. Estará reconociendo en él o en ella a un posible misionero de esperanza para las comunidades que los reciben. En muchas parroquias y barrios de España ya se ve: la fe de quienes llegan desde otros países, su manera de rezar, de servir, de vivir la comunidad, está reavivando liturgias apagadas, grupos envejecidos, ambientes donde la costumbre había sustituido al fuego.

La Iglesia, pueblo peregrino que se despierta

En su mensaje de 2025, León XIV subrayaba también algo decisivo: los migrantes recuerdan a la Iglesia su condición de pueblo peregrino, siempre en camino hacia la patria definitiva. Una Iglesia demasiado instalada, sedentarizada, corre el riesgo de salir al paso de la migración solo para “gestionar problemas”, sin dejarse interpelar por lo que dice de su propia identidad.

Cuando el Papa ponga un pie en Canarias y se encuentre con quienes han cruzado mares y fronteras, estará recordando a la Iglesia en España que no puede pensar su misión solo desde los despachos o desde la nostalgia de un pasado de cristiandad. La movilidad humana obliga a salir, a mezclar lenguas y rostros, a dejar que el “nosotros” eclesial se ensanche. Allí donde las comunidades se abren a esta experiencia, la parroquia deja de ser un refugio de pocos para convertirse en hogar donde muchos descubren, quizá por primera vez, que Dios les ha salido al encuentro en una tierra que no era la suya.

De la caridad asistencial a la comunión misionera

Todo esto plantea una cuestión concreta para las comunidades cristianas: ¿qué tipo de caridad queremos vivir? Si la acogida se limita a dar recursos y servicios, por importantes que sean, corremos el riesgo de tratar a los pobres y a los migrantes como “casos” que hay que resolver. León XIV invita a dar un paso más: pasar de la asistencia a la amistad social, de la ayuda puntual a la comunión real.

Eso significa preguntarse, por ejemplo, si las personas sin hogar que reciben acogida en un centro encuentran también un lugar en la vida de la parroquia; si los migrantes católicos son escuchados, propuestos como catequistas, lectores, responsables de grupo; si se les confía parte de la misión y no solo tareas menores; si se les permite aportar su sensibilidad, su forma de rezar, su música, su manera de celebrar. La acogida cristiana no se consuma cuando alguien encuentra un sitio físico, sino cuando pasa a formar parte del “nosotros” y descubre que también él o ella es enviado.

Una interpelación a España

La visita de León XIV a estos lugares concretos será, en el fondo, una interpelación a España entera. Nos obligará a mirar de frente las consecuencias de nuestras decisiones económicas, políticas y culturales; a preguntarnos qué modelo de sociedad queremos; a reconocer que las periferias no son solo “problemas” que estorban, sino lugares donde se juega la verdad de nuestras proclamadas defensas de la dignidad humana.

En la Iglesia, esta visita puede abrir un examen de conciencia sobre nuestra relación con la pobreza y la migración. ¿Nos duelen de verdad? ¿O solo cuando estallan en titulares? ¿Estamos dispuestos a dejar que su presencia cambie nuestras agendas, nuestros presupuestos, nuestro modo de organizar la pastoral? ¿O preferimos que sean siempre “otro departamento” quien se ocupe de ellos?

Que las periferias no vuelvan a ser invisibles

Del CEDIA 24 horas al muelle de Arguineguín, de los bancos de una iglesia donde se sientan personas sin hogar a las colas de quienes esperan un permiso o una cita administrativa, León XIV va a recorrer las periferias que normalmente quedan fuera de cámara. Durante unos días estarán en el centro. Después, volverán a la rutina.

La cuestión decisiva es qué haremos entonces. Si dejaremos que estas personas vuelvan a ser invisibles o si haremos memoria de los gestos del Papa como un compromiso que nos toca a todos. Que quienes vivan en la calle, que quienes han cruzado el mar, que quienes llevan años encadenando precariedades no se queden solo con una foto, sino con una Iglesia más cercana, más justa y más fraterna, dependerá de cómo respondamos a esta visita.

Si dejamos que el viaje de León XIV nos convierta, aunque sea un poco, en una Iglesia y en una sociedad que miran a la migración y a la pobreza no solo con compasión, sino también con fe y con sentido de misión, entonces las periferias dejarán de ser un margen para convertirse en uno de los lugares donde Dios está escribiendo, hoy, la esperanza de España.

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