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La ética profesional solo funciona si reconoce la ley natural moral

El filósofo tomista mexicano Manuel Ocampo Ponce, profesor en la Universidad Panamericana y coautor de "Consideraciones fundamentales para una ética profesional", reclama una ética profesional realista centrada en la persona, la familia y el bien común.

Filósofo tomista y profesor universitario, autor y coautor de diversas obras sobre ética profesional, ley natural, tecnología y misión de los laicos en la vida pública.

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En un mundo profesional marcado por el relativismo, el agnosticismo y la dictadura de lo políticamente correcto, Manuel Ocampo Ponce defiende la urgencia de recuperar una ética realista fundada en la ley natural moral. Este filósofo tomista mexicano, profesor de filosofía en la Universidad Panamericana y especialista en Santo Tomás de Aquino, sostiene que la vida laboral no puede separarse de la vida familiar sin destruir a la persona y al tejido social, y que sólo una organización social ordenada al bien común forma profesionales verdaderamente justos y virtuosos. 

En esta entrevista, a propósito de su libro "Consideraciones fundamentales para una ética profesional", explica también el papel de la fe y de la vida sacramental, los límites de la tecnología, la inteligencia artificial y el transhumanismo, y la misión específica de los laicos católicos en ambientes laborales secularizados.

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-Desde una filosofía realista y cristiana, ¿qué significa hablar hoy de “ética profesional” y por qué es un tema decisivo para la vida de la Iglesia y de la sociedad?

-Actualmente nos encontramos en un mundo en el que contrasta la conciencia de la necesidad de fundamentos éticos para dar respuestas a los dilemas que presentan las distintas profesiones y el decadente pensamiento moderno y contemporáneo marcado por el principio de inmanencia y su consiguiente agnosticismo. Dicho agnosticismo se caracteriza por el subjetivismo y el voluntarismo, que derivan del relativismo gnoseológico y moral. Una ventaja es que, en los distintos gremios profesionales, crece la conciencia de la necesidad de un orden moral orientador.

Sin embargo, ese pensamiento moderno decadente, que contrasta con la urgencia de respuestas, ha hecho que muchas profesiones hayan renunciado a acudir a la filosofía para buscar soluciones y traten de resolver los problemas a base de opiniones consensuadas dentro de sus propios gremios. Lamentablemente, esas opiniones no siempre parten de una antropología correcta y, por lo mismo, tienden a fallar en el respeto al orden moral objetivo, que es la ley natural moral. No es difícil ver que eso impacta negativamente la vida de la Iglesia y de la sociedad.

Todo esto manifiesta la urgencia de recuperar, conservar, desarrollar y promover el pensamiento realista y cristiano, aplicándolo a los distintos contextos profesionales que, por su diversidad y espectacular desarrollo, exigen una especialización según el campo profesional que se pretenda abordar. Dicho de otro modo, en este contexto relativista y agnóstico urge que la filosofía realista y cristiana ilumine, desde sus principios de valor perenne, las distintas profesiones, para que los avances científicos, tecnológicos, políticos, económicos, etc., garanticen el recto uso de los medios y su ordenación al bien común.

La vida de la Iglesia y de la sociedad no pueden someterse a criterios mundanos ni a opiniones consensuadas que resultan de la mera actividad profesional. Hoy, como en todos los tiempos, es necesario profundizar en los principios morales de la ley natural, que no es otra cosa que la ley divina impresa en la naturaleza y que el hombre es capaz de reconocer y respetar. Para lograr eso, es necesario un sistema filosófico realista que, desde sus axiomas y mediante argumentaciones rigurosas, sea capaz de ofrecer las respuestas que el mundo profesional necesita.

-En su libro "Consideraciones fundamentales para una ética profesional", del que es coautor, sostiene que no se puede separar la vida familiar de la vida laboral sin dañar a la persona. ¿Cómo se influyen de hecho la familia y el trabajo y qué consecuencias tiene ignorar ese vínculo?

-De la naturaleza social del hombre, es decir, de su precariedad, que le exige convivir con otros para sobrevivir, y de su capacidad de conocer el orden social, se deduce la importancia de la familia en todos los ámbitos de la vida social y cultural. Desde una perspectiva realista y cristiana, el bien común que constituye el fin de la sociedad exige que la familia, la empresa y el Estado sean por y para las personas.

Como la actividad laboral ha de ir encaminada al bien común, que es el verdadero bien de todas y cada una de las personas que conforman el tejido social, la actividad laboral debe ordenarse al bien de la familia y el bien de la familia al bien de las personas que la integran. En otras palabras, la vida familiar y la vida laboral, como partes del orden social, se integran en una realidad ordenada jerárquicamente y en función del bien común. La actividad laboral se ordena a la familia a la vez que la familia se ordena al bien de todas y cada una de las personas que la componen.

Separar la vida familiar de la vida laboral o invertir el orden natural entre el trabajo y la familia trae como consecuencia la destrucción de las personas, de la familia y de la sociedad. Lamentablemente, el mundo actual está organizado bajo el paradigma utilitarista; de modo que la persona, el matrimonio y la familia se ordenan a la producción y a la generación de riqueza material. Ese desorden, que invierte el orden natural, destruye a las personas y, con eso, destruye el tejido social. Por esa razón hoy vemos tantos problemas y conflictos entre el orden familiar y el laboral.

Urge restablecer el orden social natural, en el que las instituciones estén al servicio de las personas y de los bienes jerárquicamente ordenados que las personas necesitan para su verdadera realización. Hace falta un tejido social sano, encaminado al bien común como verdadero bien de todas y cada una de las personas, y que sólo es posible en una sociedad ordenada. Sólo una organización social que respeta y educa conforme al orden social objetivo, reconociendo los principios morales y los principios del orden social, es capaz de producir naturalmente personas sanas y virtuosas que hagan posible un auténtico y productivo desarrollo.

-Usted subraya la centralidad de la virtud de la justicia en la ética profesional. ¿Cómo se concreta esa justicia en decisiones cotidianas de empresarios, políticos, periodistas, médicos o profesores?

-Hay que recordar que, siguiendo al jurista romano Ulpiano, santo Tomás de Aquino define la justicia como “la recta y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde, es decir, su derecho” (S.Th., II‑II, q.58, a.1). Esto deja claro que la justicia es una virtud que perfecciona la voluntad. Pero antes que la justicia y el derecho está el orden moral objetivo, que es la ley natural, y que santo Tomás define como “la ordenación de la razón para el bien común promulgada por aquel que tiene a su cuidado la comunidad” (S.Th., I‑II, q.90, a.4).

Se trata del orden establecido por Dios en la naturaleza y que es la norma o indicador que nos permite saber lo que le corresponde a cada uno. Lo anterior conduce a concluir que no puede haber justicia en las decisiones cotidianas de empresarios, políticos, periodistas, médicos, profesores, etc., si las “leyes” humanas contradicen el orden moral objetivo, que es la ley natural. Si la justicia es dar a cada uno lo suyo, es decir, su derecho, hay que ver primero qué es eso que realmente le corresponde a cada uno según la naturaleza.

No es posible un auténtico ejercicio ético en las organizaciones al margen de una normatividad objetiva, adecuadamente aplicada a los casos concretos. Es necesario que las regulaciones de la vida profesional superen el subjetivismo relativista y respeten el orden moral objetivo que es la ley natural.

-Vivimos en una cultura relativista donde “cada uno tiene su ética”. ¿Cómo puede un profesional católico defender una ética objetiva sin caer en el moralismo ni diluir su identidad en lo políticamente correcto?

-Efectivamente, los sistemas filosóficos modernos y contemporáneos tienen como denominador común el principio de inmanencia, es decir, el agnosticismo. El problema del agnosticismo es que niega la capacidad de la inteligencia humana para conocer la naturaleza de las cosas y el orden establecido en ellas, que es la ley natural moral. Esa es la causa del relativismo moral, en el que “cada uno tiene su ética” o cada grupo construye sus “éticas” en función de lo que acuerdan consensuadamente; y eso representa un verdadero reto para el cristiano.

El primer paso para que un profesional católico defienda la ética objetiva y cristiana, sin caer en el moralismo de los códigos deontológicos ni diluir su identidad en lo políticamente correcto, es dejarse orientar por profesionales de la ética que superen el agnosticismo moderno. Eso sólo es posible mediante un sistema filosófico realista que sea capaz de demostrar, mediante una argumentación rigurosa, que puede conocer la naturaleza humana y el orden establecido en ella, que es la ley natural.

No se trata de moralismos ni de recetas de moralidad, sino de reconocer el orden objetivo que es la ley natural y los derechos naturales que de ella emanan, para después aplicar esa ley a la solución de casos concretos. En lo que se refiere a lo políticamente correcto, también es resultado del agnosticismo relativista, que hace que exista una pluralidad de creencias y “éticas” contradictorias. En ese contexto relativista, la verdad se reduce a una opinión más; de modo que la sociedad ya no sabe qué es verdadero y qué es falso, ni qué es bueno y qué es malo.

El problema es que lo verdadero y lo bueno acaban siendo la postura de quienes tienen más dinero o poder para imponer su “verdad”. En ese momento aparece lo “políticamente correcto”, para no herir susceptibilidades de personas o grupos poderosos que toman represalias contra quienes no apoyan su modo de pensar y de obrar. Todo esto refuerza la confusión entre la verdad y el error y es fuente de injusticias y de toda clase de atropellos y abusos contra los derechos humanos.

Hoy más que nunca es necesario que el profesionista cristiano conozca con suficiente profundidad y amplitud los principios antropológicos y éticos cristianos que le ayuden a discernir y a tomar decisiones en su actividad profesional.

-¿Qué papel tienen la fe en Jesucristo y la vida sacramental para sostener una ética exigente en ambientes laborales hostiles o indiferentes al cristianismo?

-La fe en Jesucristo y la vida sacramental cristiana son la base de la moral y de toda convivencia social cristiana. Esa moral y esa convivencia cristiana son muy fecundas y benéficas en todos los ambientes sociales, incluido el ambiente laboral. No siempre se puede predicar con las palabras, pero la vida ejemplar de un cristiano siempre será fecunda.

Los sacramentos son la fuente de la gracia, de las virtudes sobrenaturales y de los dones necesarios para vivir una vida moralmente buena. Pero el cristiano no sólo está llamado a obrar naturalmente bien, sino sobrenaturalmente bien; por eso Dios le da la gracia y las cualidades sobrenaturales para obrar cristianamente.

Por muy hostil que sea el ambiente, un cristiano virtuoso y en estado de gracia es un elemento disruptivo que, aunque puede ser escándalo para algunos o para muchos, siempre será un referente para quienes buscan sinceramente la Verdad y el Bien. Los buenos cristianos cristianizan el mundo.

-Usted ha estudiado el transhumanismo y la inteligencia artificial desde el tomismo. ¿Qué errores comete la cultura actual al pensar que la técnica puede “mejorar” al hombre y qué límites ve necesarios?

-El no tener claridad sobre lo que es el hombre, su naturaleza y sus facultades, especialmente las facultades superiores espirituales que son la inteligencia y la voluntad, ha dado lugar a que muchos piensen que la naturaleza humana y la tecnología que desarrolla no tienen límites. Por eso es tan importante la aportación de santo Tomás de Aquino que, aunque no conoció el transhumanismo ni la inteligencia artificial, recoge diecisiete siglos de desarrollo filosófico que constituyen un patrimonio muy valioso basado en la profundidad de los conceptos fundamentales que explican la realidad.

El valor perenne de esos conceptos, desarrollados desde la Grecia clásica hasta el siglo XIII, facilita la comprensión y el diálogo con cualquier adelanto técnico o científico. La llamada inteligencia artificial sólo es capaz de emular los procesos físicos, químicos y biológicos que condicionan el conocimiento humano, pero no es capaz de conocer en sentido estricto de la palabra.

El motivo por el que no conoce es porque se trata de artefactos, y los artefactos sólo tienen potencia pasiva; es decir, sólo pueden ser movidos por otros y, en última instancia, por humanos que cuentan con facultades de conocimiento y apetitos que son potencias activas. Dicho de otro modo, los artefactos carecen de verdadera autonomía y no pueden ir más allá de lo que haya sido programado por el hombre. De eso también se deriva que no son sujetos de responsabilidad y de deber; de modo que detrás de ellos siempre están quienes los programan y que son los responsables de su uso.

En lo que se refiere al transhumanismo, aunque el hombre ya había sido definido por Aristóteles como homo faber, la capacidad del hombre de transformar la realidad y de transformarse a sí mismo no es ilimitada. Tiene los límites que le impone su naturaleza y el orden establecido en ella, que el hombre es capaz de descubrir y respetar. Para entender eso, es necesario profundizar en el concepto de naturaleza en general y de naturaleza humana, para saber cuáles son sus alcances y sus límites. Carecer de ese conocimiento sobre lo que es la naturaleza, su orden y sus límites ha traído como consecuencia que el hombre pretenda sobrepasar esos límites sin darse cuenta del peligro que eso representa.

-¿Cómo distinguir entre un uso bueno de la tecnología, que sirve a la persona, y un uso que empieza a deformar nuestra naturaleza y nuestra relación con Dios?

-El hombre, mediante sus facultades espirituales, es capaz de descubrir el orden teleológico que hay en la naturaleza y de profundizar en los efectos que la intervención humana puede tener en ese orden natural. Para distinguir lo que es un uso bueno de la tecnología, es necesario saber qué es bueno en sí mismo y qué es bueno para el hombre y su entorno.

Eso sólo es posible mediante una profundización en la realidad que no se limite al ámbito científico‑experimental, que se reduce a la causalidad próxima y a su aplicación, que es la tecnología. Hace falta acudir a una ciencia capaz de alcanzar causas más remotas y últimas, para determinar la bondad no sólo de los diferentes usos de la tecnología a corto, mediano y largo plazo, sino también de la bondad o maldad de los procedimientos que se realizan para lograr esa tecnología.

Sólo desde una filosofía realista es posible demostrar rigurosamente qué conviene o no conviene según la naturaleza del hombre y de las cosas. Alterar el orden teleológico de la naturaleza siempre trae implicaciones, pero el hombre debe prever los efectos a distintos plazos y en distintas realidades antes de impulsar una tecnología, porque impulsarla sin previsión constituye una imprudencia que puede ser muy destructiva.

-Muchos lectores de este blog son laicos que trabajan en ambientes muy secularizados. ¿Qué misión específica les confiaría usted y qué criterios prácticos les propondría para discernir sus decisiones profesionales?

-La misión de todo cristiano es ser luz y sal de la tierra (Mt 5, 13‑16), ofreciendo esperanza y sentido a la vida y transformando todo conforme al plan establecido por Dios. Disipar las tinieblas de la ignorancia y del pecado mediante una vida cristiana que glorifique formalmente (consciente y libremente) a Dios es la misión de todo cristiano.

El mundo actual, con su espectacular desarrollo científico y tecnológico, exige una formación cristiana más profunda, sobre todo en el ámbito moral. Considero que perseverar en la formación cristiana y en la vida sacramental es lo que, en la práctica, puede ayudar al cristiano a discernir adecuadamente en sus decisiones profesionales.

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