Religión en Libertad

Veinte años de Religión Católica en la enseñanza estatal ante una campaña acomplejada

Escribo, como profesor de Infantil y Primaria, por qué la campaña «Apúntale a Reli» no refleja la verdad ni la fuerza de nuestra asignatura

La campaña “Y tú, ¿se lo preguntarías a la IA?” presenta a unos padres que dudan si apuntar a su hijo a Religión Católica.

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Llevo veinte años entrando en aulas de la enseñanza estatal para dar Religión Católica. Por mi titulación (Licenciado en Ciencias Religiosas) podría haber trabajado en otros niveles, incluso hasta Bachillerato, pero desde el comienzo elegí conscientemente el tramo de Infantil y Primaria, desde los 3 años hasta 6.º. Es en esas edades, tan propias de un colegio, donde uno asiste al despertar de las primeras preguntas de fondo: quién es Dios, por qué existe el mal, qué pasa cuando alguien muere, por qué hay que perdonar, qué significa querer de verdad según Jesús nos enseña. Esa experiencia concreta, diaria y prolongada, es la que me hace mirar con preocupación la nueva campaña de la Conferencia Episcopal Española lanzada el pasado 29 de abril: “Son tantas las razones… Apúntale a Reli”.

No hablo como un observador externo ni como un comentarista de despacho. Hablo como alguien que lleva dos décadas intentando enseñar con seriedad, respeto y fidelidad una asignatura que no es un adorno del sistema educativo ni una concesión provisional del Estado, sino la concreción de un derecho de los padres reconocido en la Constitución y desarrollado por los Acuerdos entre España y la Santa Sede. Por eso precisamente duele más ver cómo una campaña pensada para defender la Religión Católica en la enseñanza estatal parece, en algunos momentos, rebajar aquello que debería afirmar con serenidad y sin complejos.

La idea central del anuncio gira en torno a una pregunta: “¿Y tú, se lo preguntarías a la IA?”. En el vídeo, unos padres dudan si apuntar o no a su hijo a Religión Católica y recurren a una inteligencia artificial para orientarse. La respuesta va ofreciendo argumentos que, uno por uno, no son falsos: la continuidad con la tradición familiar, el conocimiento de la figura de Jesús, la comprensión del arte, de la cultura, de la dignidad humana, de la justicia, de la compasión y de las grandes preguntas de la vida. Todo eso es verdad. El problema no está tanto en lo que dice como en el modo en que lo dice y, sobre todo, en lo que deja en penumbra.

Quienes llevamos años en la enseñanza estatal sabemos bien el contexto en que se mueve esta asignatura. Sabemos que existe una presión cultural constante para reducir la religión católica a un fenómeno histórico, a un apéndice cultural o a una versión amable de la educación en valores. Sabemos también que cada cambio legislativo reabre la discusión sobre su lugar en los centros de titularidad estatal y que no faltan voces que desearían verla expulsada del aula o relegada a una presencia puramente testimonial. Precisamente por eso resulta difícil entender que, en vez de responder a ese contexto con una propuesta clara y segura de sí misma, la campaña parezca aceptar de entrada el marco mental del adversario: como si hubiera que justificar la asignatura por todo aquello que aporta “además” de Jesucristo, y no por Jesucristo mismo, que es su centro y su razón más profunda.

Dicho en otras palabras: la campaña parece querer tranquilizar a quienes sospechan de la Religión Católica. Y en ese intento corre el riesgo de diluir su identidad. Cuando se insiste tanto en que “no es catequesis”, en que “abre preguntas”, en que ayuda a entender la cultura o a convivir mejor, se transmite la impresión de que hablar de Cristo de forma directa resultara problemático, o de que la fe tuviera que presentarse solo en sus efectos secundarios para no incomodar. Pero eso no responde a la experiencia real de muchos profesores ni a la misión que la propia Iglesia ha confiado a esta asignatura.

Conviene aclarar algo importante. La clase de Religión Católica en la enseñanza estatal no se identifica sin más con la catequesis parroquial. No prepara por sí sola para recibir sacramentos ni sustituye la vida de fe de una comunidad cristiana. Pero tampoco puede convertirse en una historia comparada de las religiones, ni en una ética genérica, ni en un simple taller de preguntas existenciales. Según los documentos de la Iglesia sobre la identidad del profesor de Religión, esta enseñanza participa de la misión evangelizadora eclesial y presenta de forma orgánica y sistemática el contenido de la fe católica, con el rigor pedagógico propio del ámbito escolar. Reducirla a cultura religiosa o a reflexión espiritual es, en el fondo, rebajar su verdad.

Esto se percibe con especial claridad cuando uno trabaja con niños pequeños. En Infantil y Primaria no se puede vivir de abstracciones ni de eufemismos. Los niños preguntan con una limpieza que desarma. Preguntan si Dios les ve. Preguntan dónde está un abuelo que ha muerto. Preguntan por qué Jesús murió en la cruz. Preguntan si perdonar es olvidar. Preguntan por qué hay niños que sufren. Preguntan si rezar sirve de algo. A esas edades, las palabras “sentido”, “espiritualidad” o “dimensión trascendente” solo valen si remiten a algo real, a Alguien real. Y ese Alguien, para la fe cristiana, no es una energía difusa ni una hipótesis cultural: es el Dios vivo revelado en Jesucristo.

Por eso mismo, en veinte años de docencia, nunca he tenido la impresión de que el problema de la clase de Religión Católica sea hablar demasiado de Jesús. Más bien he comprobado lo contrario: cuando se habla de Él con naturalidad, con hondura y con respeto, los niños escuchan. No siempre con atención perfecta, desde luego; no idealizo el aula ni la infancia. Hay alumnos considerados “disruptivos” en mi asignatura, como los hay en otras, porque cargan con heridas y situaciones familiares muy duras; pero incluso en medio de esa disrupción, a veces se abre un espacio distinto cuando hablamos –a su nivel– de lo que de verdad les duele: la enfermedad de un abuelo, el divorcio de sus padres, el miedo a quedarse solos, la pregunta silenciosa de si son queridos y si su vida vale algo. Y en ese momento se ve que la figura de Jesucristo, presentada con verdad y cercanía, no cierra la inteligencia del niño, sino que la despierta.

La campaña acierta al recordar que la Religión Católica ayuda a comprender nuestra cultura. Es evidente que sin cristianismo no se entienden ni la historia de España, ni buena parte del arte europeo, ni categorías como persona, dignidad, perdón, caridad o misericordia. También acierta al subrayar que esta asignatura puede abrir espacios de reflexión sobre el sufrimiento, el amor, la libertad o el sentido de la vida. Pero ahí no puede acabar la argumentación. Porque el cristianismo no interesa solo porque haya influido en la cultura, sino porque es verdad. Y si la Iglesia deja de hablar como si eso fuera verdad, pronto tampoco resultará convincente como clave cultural.

Hay en el vídeo una frase especialmente reveladora: la Religión Católica “abre a otras perspectivas y fomenta preguntas y un pensamiento crítico que le hará más libre”. Bien entendido, esto no es falso. La fe católica no anula la razón ni teme la inteligencia crítica. Al contrario: la tradición cristiana ha generado una inmensa cultura del logos, del diálogo entre fe y razón, del amor a la verdad. Pero tampoco conviene asumir sin más el lenguaje pedagógico de moda cuando se vacía de contenido. La libertad no consiste solo en multiplicar perspectivas, sino en orientar la inteligencia hacia la verdad y el bien. Y la Religión Católica no está en la enseñanza estatal solo para enseñar a preguntar, sino también para mostrar que la pregunta humana encuentra en Cristo una respuesta que no humilla la razón, sino que la cumple.

Además, el propio marco jurídico de esta asignatura desmiente la necesidad de justificarse en esos términos. La enseñanza de la Religión Católica en los centros de titularidad estatal no está ahí por tolerancia coyuntural ni por sentimentalismo confesional. Está ahí porque los padres tienen derecho a elegir para sus hijos una formación religiosa y moral conforme a sus convicciones, y porque ese derecho obliga a los poderes públicos a garantizar una oferta real de esta enseñanza en condiciones dignas. Defender la Religión Católica en la enseñanza estatal, por tanto, no es pedir un privilegio. Es pedir respeto a la libertad.

Desde la experiencia de un profesor que ha trabajado durante años con niños pequeños, hay otro aspecto que se echa de menos en la campaña: la confianza en la capacidad de los padres para acoger una propuesta clara. Muchas familias que eligen Religión Católica no necesitan que se les diga que esta asignatura “también” sirve para comprender el patrimonio artístico o convivir mejor. Lo saben. Lo valoran. Pero sobre todo la eligen porque quieren que sus hijos conozcan a Jesucristo, escuchen los relatos del Evangelio, se familiaricen con la oración cristiana, entiendan el sentido de las fiestas litúrgicas y reciban una primera síntesis de la visión cristiana del hombre y del mundo. Presentar todo eso de forma indirecta, casi avergonzada, no parece la mejor manera de servir a esas familias.

Tampoco parece la mejor manera de ayudar al profesor de Religión Católica. Quienes enseñamos esta asignatura en los centros estatales sabemos que nuestra credibilidad depende en buena medida de la coherencia. Coherencia profesional, porque trabajamos con programación, evaluación, competencia curricular y seriedad pedagógica. Y coherencia personal, porque no somos meros transmisores neutrales de un objeto externo, sino personas llamadas a enseñar una fe que confesamos. Cuando la campaña difumina la identidad confesional de la asignatura, el profesor queda en una posición más débil: tiene que sostener en el aula una claridad que el mensaje institucional no se atreve a mantener en público.

Ahora bien, esta crítica no nace de la hostilidad ni del desdén hacia la Conferencia Episcopal. Nace justamente de lo contrario: del afecto a la Iglesia y del deseo de que su palabra sea más nítida. Se entiende perfectamente que la campaña haya querido dialogar con el clima cultural actual, marcado por la fascinación por la inteligencia artificial, por el lenguaje de las competencias y por la sospecha frente a todo lo confesional. El problema es que, si ese diálogo se hace desde el miedo a parecer demasiado cristianos, termina resultando poco convincente tanto para los creyentes como para quienes están fuera.

Los padres no necesitan una campaña agresiva ni apologética en mal sentido. Necesitan una campaña verdadera. Una campaña que diga con paz y con firmeza que la Religión Católica en la enseñanza estatal no es una rareza del pasado, sino una necesidad del presente; que no es un lujo devocional, sino una ayuda real para la formación integral del niño; que no compite con las demás materias, sino que aporta una luz propia sobre la persona, la historia y el destino humano; y que esa luz no brota simplemente de una tradición venerable, sino de Jesucristo mismo.

Después de veinte años en Infantil y Primaria, estoy convencido de que la enseñanza estatal sigue siendo uno de los lugares donde la Iglesia puede encontrarse con más niños y familias alejadas. No porque la asignatura garantice conversiones automáticas ni porque el aula sustituya a la parroquia, sino porque allí se hace posible un primer contacto, a veces humildísimo, con preguntas y palabras que quizá no aparecerían en ningún otro contexto. En ese sentido, la clase de Religión Católica en los centros estatales no es un residuo de otra época. Es una frontera misionera en el mejor sentido del término.

Y precisamente por eso duele que se la presente de manera tímida. Cuando uno ha visto durante años cómo un niño descubre quién fue el Buen Samaritano, cómo otro entiende por primera vez que el perdón no es debilidad, cómo una clase entera guarda silencio al hablar de la muerte y de la vida eterna, comprende enseguida que aquí hay mucho más que cultura general. Hay una semilla de verdad, de belleza y de bien que merece ser ofrecida sin complejos.

A los padres les diría, por tanto, que no tengan miedo de elegir Religión Católica para sus hijos. No solo porque les ayudará a comprender mejor la cultura en la que viven, ni solo porque les ofrecerá un espacio sereno para pensar preguntas importantes. También, y sobre todo, porque les permitirá encontrarse con la figura de Jesucristo en la etapa de la vida en que el corazón y la inteligencia empiezan a abrirse al mundo.

Y a quienes diseñan este tipo de campañas dentro de la Iglesia les diría, con respeto filial, que confíen más en la fuerza de la verdad cristiana. La Religión Católica no necesita pedir perdón por existir en los centros de titularidad estatal. Necesita ser explicada mejor, defendida mejor y propuesta con más hondura, más claridad y más fe.

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