«El verdadero problema es dónde descansa el corazón: en Dios o en un ídolo»
El obispo jesuita Martínez Camino comenta el libro de la postuladora María Victoria Hernández sobre los seminaristas mártires de Madrid, con prefacio del cardenal José Cobo.
Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid.
«La superstición del Progreso ha vuelto a dominar la cultura pública en Occidente», advierte Juan Antonio Martínez Camino, jesuita y obispo auxiliar de Madrid. A propósito del libro "El beato Ignacio Aláez Vaquero y compañeros de Madrid, entre los 110 seminaristas mártires del siglo XX en España" (Encuentro, 2026), escrito por la postuladora María Victoria Hernández Rodríguez y con prefacio del cardenal José Cobo Cano, el obispo muestra cómo estos jóvenes ayudan hoy a vivir la fe sin miedo en una cultura que ofrece ídolos en lugar de esperanza.
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-La cultura pública de España y de todo Occidente lleva tiempo dominada de nuevo por la superstición de “Progreso”, aunque determinadas subculturas o minorías críticas no compartan, por motivos diversos, ese neopaganismo. Es general la credulidad en las promesas de un paraíso en la tierra, hechura de la ciencia y de la técnica, que se supone responderá muy pronto del todo a las necesidades y aspiraciones humanas, incluida la paz perpetua. Lo que pase con los que no hayan llegado a tiempo para disfrutar de esa “salvación” no preocupa demasiado.
Hoy la diferencia es que las víctimas que se ofrecen a “Progreso” no se sacrifican, de momento, en campos de batalla, gulags, chekas y lager, sino por mecanismos propiciados por los llamados “nuevos derechos”, como el aborto, la eutanasia, la fabricación de seres humanos, la autodefinición de género y la redefinición del matrimonio. Sigue habiendo muchos mártires. En Occidente son sobre todo nuevos santos Inocentes, pero también hay cristianos mártires allí donde “Progreso” está en conflicto con otras culturas de signo religioso. A los mártires de sangre hay que añadir los del escarnio cultural de la fe en la Verdad.
-El católico sincero que conozca el martirio de Ignacio Aláez y compañeros encontrará un fuerte testimonio de la belleza y la verdad de su propia fe. Se unirá a ellos en la alabanza del Dios de la Vida y en la oración de súplica. De ahí vendrán consecuencias concretas para su vida, que serán distintas para cada uno, pero que, en todo caso, alimentarán en su alma la esperanza del Cielo y, por tanto, el amor a la misión que Dios le ha encomendado en este mundo. Así contribuirá a una cultura más cristiana y acorde con la ecología humana, más vivible.
-El martirio de Ignacio y compañeros pone de manifiesto que la vocación sacerdotal es, ante todo, un don y un camino. Cada joven seminarista ha recibido el don de la llamada de Jesús a seguirlo de cerca por el camino de la cruz, es decir, de la entrega completa de la vida al Padre por la salvación de los hermanos. El sacramento del orden sacerdotal que se prepara a recibir lo configura con Cristo sacerdote, con el Señor entregado como ofrenda de amor divino.
Los seminaristas mártires, con la entrega de su cuerpo y de su sangre en el martirio, se configuraron con Cristo sacerdote de un modo místico real, aunque no fuera de modo sacramental. Ellos son estímulo y compañía para los seminaristas de hoy, en la comunión viva de los santos.
-Es cierto: quien vive de la fe en Cristo y de la esperanza del Cielo se aleja del mercado de oportunidades que le ofrece la idolatría de Progreso, que son en realidad caminos de perdición en el egoísmo y la desesperanza, así como soledad programada para el futuro. Ignacio y sus compañeros, por el contrario, vivieron y murieron con la esperanza del Amor eterno, que los hizo capaces de ser personas más preocupadas de amar que de ser amadas. Esa es la gran oportunidad, el único camino de la verdadera felicidad del alma.
-El martirio cristiano no tiene que ver tanto con la ideología como con la verdadera o la falsa religión. Las ideologías modernas dominantes, desde el socialismo marxista al liberalismo radical, pasando por el anarquismo y el nacionalsocialismo, dependen de los devotos de Progreso. El problema de las ideologías no es su justa pretensión de mejorar el mundo, cada una por sus caminos, sino su común credulidad en Progreso, que les hace pensar vanamente que tienen en sus manos la solución total, que haría superflua la salvación de Dios.
El causante del martirio de Ignacio y de sus compañeros no fue ni la República, ni la Guerra Civil, ni ninguna ideología en cuanto tal, sino la falsa religión neopagana de Progreso. Para hablar bien de los mártires, más que de ideologías hay que hablar del Dios verdadero, el de la Resurrección y la Misericordia.
-La beatificación de Ignacio Aláez y compañeros mártires traerá a la Iglesia que peregrina en Madrid nuevos aires de confianza en la fe católica y de alegría por la salvación de Cristo. Es Jesucristo resucitado quien realmente ha vencido a la muerte y al pecado en el martirio de estos jóvenes madrileños.
Ojalá que esta confianza y esta alegría se consoliden y visibilicen, por ejemplo, en una imagen o incluso en un rincón o un altar dedicado a los nuevos beatos mártires. Ojalá también que se celebre con fervor su fiesta cada 6 de noviembre, junto con la de todos los santos y beatos mártires del siglo XX en España.
-Ignacio Aláez escribió un poema titulado "Auras de mi sagrario"". Es premonitorio de su muerte martirial. Escribe: «Y en cenizas, Jesús, cuando me torne / cuando en alas del viento me transporte, ¡donde quiera, he de darte adoración!». Leída y rezada con el mismo beato Ignacio, mártir de la fe y del amor divino, puede ayudarnos mucho a poner el corazón en Dios.
Porque el problema de nuestros tiempos es precisamente ese: dónde descansa el corazón, si en Dios o en un ídolo. Es la cuestión de la verdadera adoración.
Nota