Juana Sánchez‑Gey: «El ser humano es un ser místico llamado a sanar abriéndose a Cristo»
La filósofa presenta “Consciencia, neurosis y terapia”, de Fernando Rielo: una antropología relacional y una terapia de la consciencia para la crisis interior de hoy.
Profesora Juana Sánchez‑Gey, filósofa española y superiora general de las Misioneras Identes, en su despacho de estudio.
Fernando Rielo (Madrid, 1923 – Nueva York, 2004), fundador de los Misioneros y Misioneras Identes y de la Fundación que lleva su nombre, quiso pensar la persona humana desde la raíz. Su forma de pensar se basa en una "concepción genética del principio de relación". Desde esta perspectiva, ve al ser humano como un espíritu que une mente y cuerpo, que tiene la presencia de Dios en su interior. Está destinado a establecer relaciones y experimentar éxtasis, no a encerrarse en sí mismo.
En “Consciencia, neurosis y terapia”, editado por José Mª López Sevillano y el equipo de la Escuela Idente, Rielo aplica esta antropología a uno de los grandes males de nuestro tiempo: la neurosis entendida como manifestación egotizada de la consciencia, que enferma todos los niveles de la persona cuando se cierra al Absoluto. Lejos de ser un tratado técnico más, el libro propone una Syneidoterapia —terapia de la consciencia— y una Sicoética —trabajo sobre los condicionamientos de la libertad— que invitan a tomar, al menos «como hipótesis», el humanismo originario de Cristo para sanar la interioridad.
Sobre la actualidad de esta propuesta, en un mundo acelerado y ansioso, hablamos con Juana Sánchez‑Gey Venegas, profesora emérita de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y profunda conocedora del pensamiento de Fernando Rielo.
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-Para Fernando Rielo la persona humana no es simple porque consta de cuerpo, alma y espíritu. El espíritu es el eje de la unidad y asume las funciones psíquicas y orgánicas. Distingue entre naturaleza humana y persona. La naturaleza humana es la de un espíritu psicosomatizado. El elemento creado es el espíritu y el elemento increado es la presencia de Dios en dicho espíritu; esta divina presencia constitutiva en el espíritu define al ser humano como persona. Para Fernando Rielo ninguna realidad puede explicarse desde sí misma, sería una tautología, es preciso argumentar desde un Modelo. Su propuesta es el Modelo teantrópico, según el cual Dios actúa en el ser humano con el ser humano.
Por ello, la persona humana no se define por sí misma, sino por esta presencia de Dios en su espíritu. Así Rielo denomina al ser humano como un ser místico, potenciante, con capacidad de poseer experiencia positiva e incrementativa. La experiencia mística comporta el ejercicio de la libertad guiada y formada por el amor, síntesis de todas las virtudes.
En resumen: la estructura constitutiva humana es la de un espíritu encarnado, condicionado por la finitud, y un elemento increado, la divina presencia constitutiva que potencia el dominio de sí y la capacidad generosa de la relación con los demás.
-«El hombre es un ser místico», dirá Fernando Rielo. De este modo, la existencia humana es espiritual porque el espíritu es consciencial y tiene experiencia de su vínculo con el Absoluto. Esta vivencia consciencial define al ser humano. Sin embargo, su condición es finita y limitada.
Por una parte, el espíritu es consciencia potestativa debido a la presencia divina, pero reducida por las fuerzas instintivas y estimúlicas que oponen resistencia. La verdadera experiencia humana se sabe «alguien con consciencia de Alguien», según Fernando Rielo, de ahí que el ser humano se pregunte por el sentido de su existencia. Esta voluntad de sentido caracteriza a la vida humana. Pero debe vencer a la psique y al soma, con la tendencia a la egotización, que se inclina a la cerrazón de sí misma y a la ceguera.
La manifestación egotizada de la consciencia es la mirada de ella sobre sí misma y no en apertura a la trascendencia. Por ello, Fernando Rielo afirma que «el ser humano es un ser finito abierto al infinito». Mientras que la neurosis es una sicosomatización de la tendencia egótica del ser humano, pues pudiendo elegir el +, elige lo menos. La propuesta de Fernando Rielo es elevar la mirada sobre esta finitud y abrirse a la trascendencia. Si nos quitan el +, entonces enfermamos.
-Como vemos, la consciencia necesita terapia; el tratamiento terapéutico de la egotización abarca los diversos niveles de la persona: desde el ontológico o místico, siguiendo por el ético y sicológico, hasta el propiamente sicosomático. Por tanto, influyen diversos ámbitos como el ideológico, cultural, social, educacional, así como la mentalidad, la sensibilidad, el clima, la enfermedad y, sobre todo, la forma de ejercer la libertad. Todos estos condicionamientos, que tienen su origen en la egotización, corresponden a la limitación formal de la naturaleza humana y son objeto de la geneticidad terapéutica.
Pues la egotización no se reduce a una cuestión ética o moral; existen estructuras egotizantes. El método genético se percata del proceso egotizador del ser humano mediante la crítica al ejercicio solapado o explícito de un seudoprincipio de identidad que afecta al orden existencial, a las facultades y a sus sicosomatizaciones. Entra a formar parte de la geneticidad terapéutica la ruptura de la identidad con el objeto de dejar entrever la acción transcendental del ser humano para apreciar la riqueza de su universal patrimonio genético.
Solo desde la libertad potestativa puede comenzarse la curación, el tratamiento adecuado, la geneticidad terapéutica. La geneticidad terapéutica requiere, antes que nada, el ejercicio de dos actos de libertad: a) querer reconocer la enfermedad o los condicionamientos formales que pervierten el carácter genético de la respuesta activa a la acción agente del Modelo absoluto o a las diversas manifestaciones de esta acción agente; b) querer ser curado para obrar en consecuencia y con responsabilidad, porque todo ser humano sin excepción dispone de una energía extática capaz de realizar el acto de amor o de generosidad que forman una creencia y una expectativa que dan dirección y sentido a todos los actos de la persona.
-La Sicoética se basa en la concepción genética del principio de relación, pues la realidad es relacional. La Sicoética trata, pues, de los dos campos: sicología y ética, que hallan su síntesis en la persona humana desde el ámbito ontológico. Por tanto, la Sicoética no se sitúa ni en el campo sicológico ni en el ético, sino en el espiritual, donde hallan su lugar las vivencias humanas más profundas que arraigan en la consciencia.
El crecimiento de toda relación humana está en la apertura y actitud del encuentro con el otro. Lo contrario es identidad. La apertura evoca la trascendencia del ser humano hacia el Absoluto, y lo contrario es la egotización.
La ética del conocimiento aporta no solo la autenticidad o inautenticidad del sentido moral, sino también de los condicionamientos que, de toda índole, tienen lugar dentro de la persona misma. Por otra parte, sin la sicología el discurso de la ética se presenta vacío porque esta debe tener en cuenta, no solo las motivaciones e intenciones que presiden las actitudes y los juicios morales y la génesis y evolución de estos, sino también las formas normales o sicopatológicas de sentimientos específicamente éticos como el deber, la culpabilidad, el arrepentimiento, el remordimiento, etc. El desarrollo de la moderna sicología ha abierto, de este modo, nuevas perspectivas a la valoración de la acción responsable del ser humano.
La base que conforma la formación integral de la persona tiene que ver con la libertad. Pues en virtud de la divina presencia constitutiva en el espíritu toda actividad se abre al Absoluto; la intencionalidad, la tendencialidad y la pasionalidad en dirección hacia el Absoluto forman la libertad humana, lo contrario es la egotización.
Dice Rielo que no existe la indeterminación de la libertad: una supuesta indeterminación es solo tendencia degradante de la libertad o libertinaje por el que el ser humano, renunciando a su potestad, se somete a una instintualidad, pasionalidad y tendencialidad a la deriva. El Modelo absoluto nos pone en situación de decidir y acompaña a nuestro acto de decisión, no porque quiera que optemos por lo negativo, sino para que podamos ejercer nuestra mística u ontológica potestad.
-En efecto, el mundo actual requiere la suficiente sensibilidad y coraje para poner a Cristo en el lugar que le corresponde frente a la superficialidad o la ideologización; según Fernando Rielo, «sentar a Cristo en las cátedras de este mundo». Para ello se requieren estas virtudes y actitudes de la sensibilidad y el coraje, pues hay suficientes razones para exponer el humanismo de Cristo, por ser Cristo un personaje histórico del que se puede hablar, porque su mensaje está en la base de la civilización humana, especialmente en la occidental.
El apostolado y el carisma de Fernando Rielo se basa en esta defensa de una sensibilidad mística y una revalorización de las ciencias, tanto experienciales como experimentales, que propongan esta hipótesis y, aún más, este Modelo. Pues una ciencia que no parta de un Modelo puede quedar degradada.
La mundanidad propia de cada tiempo no nos exime de vivir y transmitir el humanismo de Cristo como verdadero orientador de nuestras vidas.
-Frente a todas estas crisis, personales y sociales, la propuesta de Fernando Rielo halla su supuesto en esta antropología relacional, en la que queda expresa la presencia constitutiva de Dios en cada vida y, por ello, de una sensibilidad mística que, poniendo nuestra atención en Él, nos capacita para una vida integrada, genetizada. La búsqueda de la trascendencia en movimiento progresivo nos lleva a vivir una consciencia extática que integra y realiza nuestro ser frente a estas actitudes de ansiedad, prisa, cansancio o hastío.
-Uno de los elementos más llamativos es el carácter liberador de esta obra y del pensamiento de Fernando Rielo. Saberse hijo de Dios y con la capacidad potestativa que nace del espíritu de crecer personalmente y realizarse en plenitud es liberador, teniendo en cuenta que hemos de reconocer nuestra finitud y los condicionamientos.
La energía del espíritu es extática. El éxtasis no se refiere a cualquier extraversión, sino a dejar que el Absoluto ponga unidad, dirección y sentido en nuestra vivencia. El éxtasis es esa energía mediante la cual el ser humano busca la más honda realización en el hacer, en el pensar, en el amar. Este estado de unión transforma la psicología y es fuente de felicidad y realización personal. Esta educación o «pedagogía del éxtasis», como afirma Fernando Rielo, es liberadora y reconoce toda finitud, sin alimentarla.