Religión en Libertad

La fe es, antes que contenido, vida compartida

El P. Gregorio Nadal reflexiona sobre la comunicación digital y la evangelización en tiempos de polarización.

Vida compartida en red: la fe cristiana como vínculo humano, caritativo y luminoso en tiempos de polarización digital.

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En un mundo digital donde la información y la opinión se confunden, el P. Gregorio Nadal nos invita a reflexionar sobre la verdadera esencia de la fe cristiana. En su nuevo libro, el sacerdote argentino explora cómo la comunicación digital puede ser un espacio para la evangelización y el crecimiento espiritual, siempre y cuando se priorice la vida compartida y la caridad sobre el contenido y la polémica.

En esta entrevista, el P. Nadal comparte sus insights sobre cómo navegar la complejidad de las redes sociales y cómo cultivar una fe auténtica en un mundo digitalizado.

-Padre Gregorio, su libro parte de una mirada cristiana, pero abierta a todo tipo de lectores. ¿Cómo ha sido la recepción de su propuesta entre personas alejadas de la fe o no creyentes que buscan un modo más humano de relacionarse en lo digital?

-La recepción ha sido, en muchos casos, más honda de lo que yo mismo imaginaba. Sobre todo entre personas que no se consideran creyentes, pero que sienten con claridad que algo del mundo digital les está pasando por dentro. No hablan tanto de tecnología, sino de lo que la experiencia cotidiana en redes va produciendo en su interior: cansancio, saturación, enojo que se vuelve habitual. Aparecen frases muy simples, pero muy reveladoras: “esto me está endureciendo”, “no me gusta en quién me convierto cuando entro a las redes”, “me entristece todo lo que leo en los portales”, “no sé si lo que leí es verdad”.

»Ahí aparece un punto decisivo. Cuando la propuesta católica se presenta como cuidado de la dignidad y sanación de los vínculos —también de aquellos que se juegan en los espacios digitales— y no como una moral aplicada desde afuera, encuentra un terreno común muy amplio. El Evangelio entra entonces por donde siempre entró: por la vida concreta, ofreciendo un camino de humanidad. En ese sentido, el Magisterio de la Iglesia ha insistido en un humanismo integral, donde el progreso no se mide solo por la técnica o la eficiencia, sino por la calidad humana de las relaciones y por el cuidado de todo lo que nos hace verdaderamente personas.

»Recuperar el humanismo, hoy, significa volver a poner en el centro la dignidad concreta de la persona, sus vínculos, su interioridad y su capacidad de encuentro, también cuando esos vínculos se construyen, se tensan o se rompen a través de una pantalla. Frente a una cultura digital que fragmenta, acelera y expone, la Iglesia propone una mirada que no niega la tecnología, pero se pregunta qué tipo de humanidad estamos cultivando al habitarla. Y eso es profundamente esperanzador, porque muestra que incluso en un mundo atravesado por redes, algoritmos y pantallas, el deseo de una vida más humana —también en lo digital— sigue intacto.

»Durante mucho tiempo pensamos lo digital como un simple instrumento. Hoy sabemos que es un ambiente vital: un lugar donde se forman sensibilidades, se consolidan miradas, se hieren vínculos y también se los puede cuidar. Por eso las comunidades cristianas no pueden limitarse a “estar en redes”; están llamadas a acompañar modos de habitar ese espacio.

»Acompañar significa ayudar a tomar conciencia de lo que las redes producen por dentro. Preguntarnos con honestidad si lo que vemos, leemos y compartimos edifica o erosiona la vida de la gracia; si el tiempo pasado frente a una pantalla nos dispone al amor o nos va endureciendo el corazón; si al apagar la computadora o el celular quedamos más abiertos a Dios y a los demás, o más cerrados, irritados y dispersos. En otras palabras, si esa experiencia cotidiana nos ayuda a crecer en santidad y en virtudes, o si nos deja espiritualmente empobrecidos.

»Esto implica también revisar las palabras que salen de nuestra boca —o de nuestro teclado—. San Pablo lo decía con mucha claridad cuando exhortaba a que ninguna palabra dañina salga de nosotros, sino solo aquella que sirva para la mutua edificación (cf. Ef 4,29). En el mundo digital, esta llamada se vuelve especialmente concreta: nuestras palabras pueden cooperar con la gracia o convertirse en ocasión de pecado, tanto para nosotros como para los otros.

»Acompañar es, además, ofrecer criterios y generar espacios donde se pueda hablar sin culpa del enojo, de la comparación, del desgaste interior, de la agresividad que se pega. Es formar en virtudes muy concretas —prudencia, respeto, caridad, mansedumbre— que hoy resultan profundamente contraculturales en un entorno marcado por la velocidad, la exposición permanente y la reacción inmediata.

»No siempre lo estamos haciendo bien, pero estamos aprendiendo. Y ese aprendizaje ya es una forma de esperanza: reconocer que la vida cotidiana, también la digital, es un lugar donde se juega la gracia, y que necesita ser acompañada comunitariamente para no quedar librada al impulso, sino abierta a un camino de conversión, crecimiento y mayor fidelidad al Evangelio.

-El Papa Francisco insistía en la necesidad de una “cultura del encuentro”. ¿Cómo traducir esa cultura en dinámicas concretas dentro de las redes, más allá del simple intercambio de mensajes o “likes”?

-Francisco hablaba de la cultura del encuentro como una manera de vivir, no como una estrategia comunicacional. Y eso en las redes se juega en gestos pequeños, pero decisivos. Se juega en el modo de responder —o de no responder—, en la capacidad de escuchar antes de reaccionar, en el cuidado del tono, en la decisión de no humillar, incluso cuando uno cree tener razón.

»El encuentro empieza cuando dejamos de tratar opiniones o bandos y empezamos a tratar personas reales, con historia, heridas y límites. A veces eso implica pasar del comentario público al diálogo privado. Otras veces, aceptar que no todo conflicto se resuelve en una pantalla. Y muchas veces, elegir el silencio como un acto de cuidado. La parábola del Buen Samaritano sigue siendo una clave muy actual: también en el mundo digital se decide si pasamos de largo o si nos detenemos. Y esa decisión, silenciosa y cotidiana, va modelando la cultura que construimos.

»Muchos jóvenes viven gran parte de su identidad en el mundo digital. ¿Cómo puede un educador o catequista ayudarles a integrar esa vida en pantalla con su camino espiritual y su búsqueda de sentido?

»Desde una mirada pastoral, la pregunta de fondo no es primero por las pantallas, sino por el corazón del joven. El mundo digital no crea las grandes preguntas de la vida, pero las hace más visibles y, muchas veces, más urgentes: el deseo de ser amado, el miedo a quedar afuera, la búsqueda de reconocimiento, la necesidad de pertenecer. Allí, en ese terreno interior, es donde el educador y el catequista están llamados a acompañar.

»Ayudar a integrar la vida digital con el camino espiritual significa, ante todo, volver a poner a Cristo en el centro. No como una idea que compite con otras, sino como una presencia que unifica la vida. Cuando un joven descubre que es mirado y amado por Dios antes de cualquier “like”, empieza a liberarse de la necesidad de mostrarse para valer. La fe no le quita mundo: le devuelve un centro desde el cual habitarlo con mayor libertad.

»El acompañamiento pastoral consiste también en enseñar a escuchar la propia vida delante de Dios. Ayudar a los jóvenes a preguntarse, con sencillez: “¿qué me deja esto que veo?”, “¿qué despierta en mí?”, “¿me acerca o me aleja del amor?”. Esta forma de discernimiento cotidiano, iluminada por la Palabra y sostenida por la oración, los va educando en una libertad interior que ninguna tecnología puede dar ni quitar.

»En este camino, el testimonio del adulto es decisivo. Un educador que reza, que sabe hacer silencio, que no vive disperso, que cuida su palabra y su presencia, enseña sin necesidad de explicar demasiado. Los jóvenes perciben rápidamente si la fe es una carga, una ideología o una fuente real de vida. Cuando ven una fe que pacifica, que ordena, que vuelve más humano, se despierta en ellos el deseo de algo más profundo.

»Finalmente, integrar la vida digital con la fe cristiana es ayudar a descubrir que la verdadera identidad no se construye en la exposición, sino en la filiación. Somos hijos antes que perfiles; somos llamados antes que evaluados; somos amados antes que visibles. Cuando esta verdad se vuelve experiencia —en la oración, en la comunidad, en la vida sacramental—, el joven empieza a habitar también el mundo digital con otro espíritu: más libre, más verdadero, más capaz de encuentro.

-Usted conoce bien la realidad pastoral en Argentina, un país con fuerte vitalidad digital y también mucha tensión social. ¿Qué aprendizajes de ese contexto podrían servir a otras Iglesias locales?

-En contextos atravesados por la polarización se vuelve muy visible una tentación: confundir identidad con agresividad. Defender convicciones como si fueran trincheras termina dañando el testimonio cristiano y empobreciendo la capacidad de encuentro. La fe corre el riesgo de convertirse en bandera y el Evangelio, en argumento. Un aprendizaje importante es este: en tiempos de grieta, la evangelización necesita más virtud, más santidad, más personas en gracia.

»La saturación de mensajes, la lógica del enfrentamiento permanente y la dinámica del “nosotros contra ellos” desgastan a las personas y erosionan el tejido social. En ese clima, la Iglesia está llamada a ofrecer algo distinto: no un grito más, sino una palabra con densidad humana y espiritual, capaz de abrir espacios donde hoy solo hay choque.

»Hace falta claridad, sí, pero sin deshumanizar. Hace falta decir la verdad, pero cuidando los vínculos. Hace falta sostener convicciones sin perder la capacidad de escuchar y de reconocer al otro como alguien digno, incluso cuando piensa distinto. El bien común no se juega solo en las ideas que defendemos, sino también en el tono que usamos, en lo que compartimos y en lo que decidimos no alimentar ni amplificar.

»Aquí aparece un aprendizaje decisivo: solo el santo transforma. No transforma el que reacciona más rápido ni el que grita más fuerte, sino el que deja que la gracia ordene su vida, su palabra y su modo de estar con los demás. La agresividad puede imponer, pero no convierte; la polémica puede ganar una discusión, pero no genera comunión. En cambio, una vida trabajada por la gracia —capaz de mansedumbre, de paciencia, de verdad dicha con caridad— tiene una fuerza transformadora que ningún enfrentamiento logra. Por eso, lejos de ser debilidad, esta forma de presencia es profundamente esperanzadora. Muestra que es posible habitar la vida social y digital sin quedar atrapados en la lógica de la confrontación permanente. Y ofrece a otras Iglesias locales una convicción sencilla pero exigente: cuando el testimonio nace de la santidad, la palabra vuelve a ser creíble, incluso en medio del conflicto. Allí donde hay hombres y mujeres transformados por el Evangelio, también el mundo —aun el más polarizado— puede empezar a transformarse.

-En un tiempo en que proliferan los “influencers católicos”, ¿qué criterios debería tener un creyente para discernir a quién seguir y cómo no reducir la fe a contenido?

-Hay un criterio que conviene no perder nunca de vista: la fe no es contenido. El cristianismo no se transmite principalmente como información, sino como vida compartida, como encuentro con Cristo en la Iglesia, en los sacramentos, en la comunidad concreta. El riesgo del mundo digital es sutil: reemplazar ese camino encarnado por un consumo religioso permanente, donde uno “se alimenta” de mensajes, videos y opiniones, pero sin dejarse transformar realmente.

»Por eso, la pregunta decisiva no es si lo que escucho es interesante, bien dicho o impactante, sino otra mucho más simple y más profunda: ¿esto me ayuda a amar más a Cristo y a la Iglesia real, o me deja atrapado en la lógica de la polémica, la indignación y el estímulo constante? Cuando la fe se reduce a contenido, corre el riesgo de volverse ideología; cuando se separa de la vida sacramental y comunitaria, se vuelve frágil y fácilmente manipulable.

»El discernimiento pasa entonces por los frutos. Si lo que sigo me vuelve más orante, más humilde, más fraterno, más paciente con los demás y más comprometido con mi comunidad concreta, es una señal sana. Si, en cambio, me vuelve reactivo, soberbio, desconfiado, permanentemente enojado o dependiente del conflicto, aunque el discurso sea “correcto”, algo no está bien. El Espíritu Santo no engendra división ni excitación constante, sino un corazón más libre y más disponible para amar.

»También es importante recordar un criterio profundamente eclesial: la autoridad en la Iglesia no se mide por cantidad de seguidores, sino por comunión y servicio. Quien ayuda a crecer en la fe nunca reemplaza a la Iglesia concreta, al pastor propio, a la vida parroquial; al contrario, conduce hacia ellos. Cuando una voz digital se presenta como alternativa, como refugio “puro” frente a una Iglesia real siempre imperfecta, conviene detenerse y discernir con cuidado.

»El mundo digital puede ser un espacio fecundo para evangelizar y formarse, pero solo si permanece ordenado a lo esencial. Cuando la fe vuelve a apoyarse en la oración, los sacramentos, la comunidad y el discernimiento personal, lo digital ocupa su lugar justo: el de un medio que acompaña, no el de un sustituto. No seguimos contenidos, seguimos a Cristo vivo, presente y actuante en su Iglesia.

-Su formación espiritual, psicológica y teológica se cruzan en este libro. ¿Cómo influyen esas dimensiones en su comprensión de la comunicación digital como lugar donde también se manifiesta Dios?

-Estas tres dimensiones no funcionan para mí como compartimentos separados, sino como planos que se reclaman mutuamente cuando uno intenta acompañar la vida real de las personas. La psicología me ayuda a poner nombre a lo que se mueve en el corazón humano; la espiritualidad me enseña a escuchar ese movimiento delante de Dios; y la teología me recuerda que toda esa experiencia está habitada por una Presencia que la precede y la sostiene.

»El mundo digital se vuelve entonces un lugar especialmente revelador. Allí aparecen con mucha nitidez el deseo de ser reconocido, la necesidad de pertenecer, el miedo al rechazo, la dificultad para tolerar el silencio, la búsqueda —a veces desordenada— de sentido y de amor. La psicología permite comprender estos dinamismos sin juzgarlos ni negarlos. La espiritualidad cristiana, en cambio, invita a no quedarse solo en el análisis, sino a llevarlos a la luz de Dios, para que no nos gobiernen desde la herida, sino que puedan ser purificados y ordenados por la gracia.

»La teología introduce aquí una convicción decisiva: Dios no está ausente de la historia concreta, tampoco de estos espacios atravesados por fragilidad, conflicto y ambigüedad. Dios también se manifiesta allí donde el corazón humano se debate entre el amor y el repliegue, entre la comunión y la violencia, entre la verdad y la máscara. Por eso, también en las redes se juega algo profundamente evangélico.

»En cada interacción digital se pone en acto una elección espiritual, aunque no siempre se la perciba como tal: hablar desde la herida o desde la gracia; reaccionar desde el impulso o responder desde el discernimiento; usar la palabra como arma o como cuidado. Cuando alguien elige una palabra que no hiere, un silencio que desactiva la violencia, una defensa serena del humillado, está permitiendo que la gracia atraviese ese espacio. Allí, sin necesidad de nombrarlo, Dios se hace presente, porque donde hay caridad verdadera, allí actúa el Espíritu.

»Desde esta mirada, la comunicación digital se vuelve también un lugar teológico, no en sentido abstracto, sino encarnado: un espacio donde se revela qué imagen de Dios y qué imagen del ser humano estamos sosteniendo. Cuando espiritualidad, psicología y teología dialogan de verdad, no para confundirse sino para integrarse, se vuelve posible acompañar este mundo con más misericordia, más lucidez y más esperanza. Y se hace visible algo muy simple y muy cristiano: Dios sigue saliendo al encuentro del hombre allí donde alguien decide cuidar la dignidad del otro y dejarse transformar por el amor.

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