Religión en Libertad

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En los años del postconcilio, dentro y fuera de la vida religiosa, se cuestionó si convenía o no continuar con instituciones tales como colegios u hospitales. Debido a la falta de religiosas/os y a que todavía no se concebía la misión compartida con los laicos, así como por un lamentable enfoque ideológico influenciado por algunas variantes de la teología de la liberación, varias se vendieron, se cedieron o incluso cerraron. ¿El resultado? Un vacío en la sociedad, pues no eran meras estructuras, sino espacios vitales en los que, además de recibir un servicio profesional, se entraba en contacto con la persona de Jesús.

Casi siempre, cuando hay un capítulo general o provincial, surge la pregunta: ¿seguir con las instituciones o dedicarse a otras cosas? A veces se apela incluso a la sencillez, a no buscar la imagen o el poder, pero dicha visión ni ha terminado con la pobreza ni ha generado mayor humildad, sino un vacío en una sociedad que necesita, por ejemplo, un aula en la que, además de enseñar español, matemáticas y robótica, se hable del sentido de la vida, de la fe, de las búsquedas, de la vocación, ¡de Jesús!, etcétera. Entonces, ¿por qué algunos insisten en el desmantelamiento, tratando de justificarlo con el Evangelio que nada dice en contra de las obras? Porque falta resignificar las instituciones. Deben renovarse y, en algunos casos, reubicarse si hay justa causa, pero evitando los cierres cuando existen alternativas; y, si algo tiene nuestra época, es que hay buenas consultorías al respecto y que comprenden la naturaleza de la Iglesia. Toca saber invertir y no solamente ahorrar, no en plan de mera gestión, sino porque son vías para garantizar que la evangelización continúe. Si la Iglesia no tuviera una organización jerárquica e institucional, sería imposible garantizar el relevo generacional y la transmisión de la misma fe que Jesús vino a enseñarnos. Pero ¿y las fallas o los escándalos? Estos no han venido del hecho de tener instituciones, sino de algunas personas que se saltaron los filtros necesarios. Por tanto, hay que cuidar y potenciar las instituciones de la Iglesia —como colegios y hospitales— porque tienen un “plus” que nadie más está en condiciones de ofrecer y que tiene que ver esencialmente con la experiencia de Dios debidamente conectada con la vida. Sin duda, esto implica esfuerzo y búsquedas, pero vale la pena, porque estaremos compartiendo la fe a partir de personas y recursos que, sin la dimensión institucional, no podrían llegar a tantos como hoy.

Ahora bien, toca dar respuesta a tres preguntas: (1) ¿por qué la Iglesia cuenta con instituciones?, (2) ¿qué sentido tienen hoy? y (3) ¿por qué hay que cuidarlas y potenciarlas? Frente a la primera cuestión, hay que recordar que el propio Jesús dejó un mínimo de organización en la comunidad cristiana primitiva. Sabemos, por ejemplo, de la existencia de un tesorero que, si bien no tuvo un buen final (Judas Iscariote), esto no anula la necesidad de que alguien se ocupe de la economía, de manera que la dimensión institucional permite que la evangelización no dependa de una persona, sino que, al pasar una generación, pueda llegar otra que acerque la fe, y así sucesivamente. Solamente la dimensión institucional puede ir más allá del tiempo de una época concreta. En cuanto a la segunda, el sentido que tienen hoy es poder ofrecer un aporte profesional y, al mismo tiempo, subrayar la importancia de la relación con Dios. Hoy muchas personas —jóvenes y no tan jóvenes— se sienten rebasadas por el estrés de su profesión. ¿No es acaso una gran oportunidad contar con universidades católicas para, además de la capacitación laboral, brindarles las herramientas de la espiritualidad cristiana, que son capaces de reorientar en positivo la propia vida? Por último, en cuanto a la tercera cuestión, toca renovarlas, partiendo de sus puntos débiles como guía para una mejora continua, tanto en términos profesionales como evangélicos.

Para concluir, hay que decir que la fe sin las obras resulta insuficiente para alcanzar la salvación y que, justamente por esta razón, la Iglesia tiene el testimonio de muchos santos y santas que fundaron colegios, hospitales, universidades, etcétera. ¿Qué movió, por ejemplo, a la madre Seton o a la madre Cabrini para emprender obras casi titánicas? Sin duda, el amor a Dios y el realismo que supone pensar en los que vienen después, para que encontraran espacios vitales, vocacionales y, por ende, abiertos a la acción de Dios en la historia.

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