Religión en Libertad

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La Misa en la Cena del Señor fue el oficio vespertino al iniciarse el Viernes Santo: Jesús, el Señor, va a vivir la Pascua, esta vez no ritual, sino que el verdadero Cordero va a ser Él, y será inmolado en el árbol de la cruz. La Iglesia se va a unir a Él con la liturgia celebrada el Viernes Santo, austera, sobria y a la vez solemne.

El Viernes Santo, la Iglesia-Esposa nace del costado abierto de Cristo, su Esposo, dormido en la cruz. Cristo, el nuevo Adán, con su costado perforado, permite que salga la nueva Eva, la Iglesia.

Es el primer gran Acto de la Pascua, el drama, la lucha entre Cristo y Satanás, entre Jesucristo y la fuerza del pecado. ¡Es Pascua!, la Pascua de nuestro Señor Crucificado. La Iglesia se recoge en silencio, contemplación y amor. No se reviste de luto, con tonos sentimentales, sino se viste de Pascua. El Cordero de Dios se entrega y su Sangre lava nuestros pecados. El luto, de color negro o morado, se reserva para los difuntos a los que hay que encomendar y orar por sus pecados; el Rey de la gloria no necesita del negro o morado, sino del rojo, aquel color púrpura que vestían los emperadores, el color también de la sangre del primer Mártir, el Testigo fiel.

La celebración consta de tres momentos fundamentales: la Palabra proclamada, la Adoración de la Cruz, la sagrada comunión como alimento durante el ayuno pascual a la espera de poder celebrar la Eucaristía en la gran Vigilia pascual. Todos los fieles se reúnen, nadie se ausenta, para celebrar la Pascua del Señor en el primer gran acto de este drama supremo. Bien celebrada, con sus correspondientes cantos y la adoración de la Cruz realizada por todos, así como la Comunión, puede ser una celebración popular y devota; pero para eso hay que educar y enseñar qué se hace el Viernes Santo, en qué consiste este Oficio litúrgico.

(Incomprensiblemente, la participación después del Jueves Santo, ¡disminuye!). Recordemos además que posee indulgencia plenaria con las condiciones acostumbradas la participación en esta Acción litúrgica adorando la Cruz (Cf. Manual de indulgencias, 13, 1; no tiene porqué ser con un beso ya que si son muchos los asistentes -una catedral, por ejemplo- y se va a prolongar en exceso, se adora en silencio estando todos de rodillas algunos momentos).

La descripción litúrgica y el desarrollo ritual de esta celebración pascual nos vienen por la Carta de la Congregación para el culto divino sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales; a la par que señala cómo se realiza, nos va introduciendo en el sentido:

(Carta sobre las fiestas pascuales, nn. 63-71).


Los cantos de esta celebración deben ser cuidados; recordemos que son:

-el Salmo responsorial, meditativo, contemplativo

-Aclamación a la lectura de la Pasión

-Las oraciones que el sacerdote canta en la oración solemne de los fieles

-La invitación al mostrar la Cruz: “Mirad el árbol de la cruz... Venid, a adorarlo”

-Cantos durante la adoración: “Pueblo mío que te he hecho” (los improperios), “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección...” (antífona pascual bizantina), el “Stabat Mater” (como sugiere la 3ª edición del Misal romano)

-El Padrenuestro

-Canto de comunión, por ejemplo, el salmo 21 (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)


Igualmente, la expresividad ritual de la celebración:


-el silencio inicial y la postración del sacerdote, estando todos de rodillas

-la postura de rodillas al proclamar la muerte de Jesús en el relato de la pasión, también –si parece oportuno- al enunciar el diácono cada intención de la oración de los fieles y después de cada mostración de la cruz

-el modo de adorar el sacerdote la cruz: despojado de la casulla y, si parece oportuno, caminando descalzo

-el beso (y la genuflexión) al adorar personalmente la cruz.


Los textos eucológicos de esta solemne y austera celebración merecen ser orados con anterioridad para imbuirse de su teología y dar forma a nuestro espíritu para vivir santamente esta celebración. La oración inicial (ad libitum) que reza el sacerdote enmarca con majestuosidad y precisión el fin del sacrificio pascual del Señor:

Cristo en la Cruz es el nuevo Adán de manera que el árbol de muerte del hombre terreno se convierte en Cristo, el hombre celestial, en árbol de vida. De la cruz brota la gracia que suplicamos para que de ahora en adelante llevemos la imagen del nuevo adán en nuestra alma, liberados del pecado de Adán.

La salvación de Cristo crucificado, la Pascua que hoy se celebra, es invocada para todos los hombres, para la humanidad herida. La serie de peticiones de la oración solemne de los fieles revela el sentir de la Iglesia suplicando a su Esposo: se ora por la Iglesia, por el Papa, ministros y fieles, catecúmenos, la unidad de los cristianos, los judíos, los que no creen en Cristo, los que no creen en Dios, los gobernantes y los atribulados. Una serie de 10 peticiones con una invitación diaconal y una oración del sacerdote, con textos dignos de conocerse y asimilarse en el alma.


El fruto ansiado de la participación en esta solemnísima acción litúrgica viene expresado en la oración final, la oratio super populum, donde el sacerdote con las manos extendidas sobre el pueblo pedirá.


¡Seamos perdonados por la muerte de Cristo, recibamos su consuelo!

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