Lunes, 03 de octubre de 2022

Religión en Libertad

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Cómo no educar a nuestros hijos. Aprender de los errores ajenos.

por Benigno Blanco

Cómo no educar a nuestros hijos. Aprender de los errores ajenos.

En los países anglosajones desde 2015 se ha notado un cambio importante –y preocupante- en los jóvenes que acceden a la Universidad: se sienten cada vez más frágiles e inseguros, acuden cada vez más a terapeutas por problemas de ansiedad y similares y se sienten atacados u ofendidos por causas cada vez más inocuas como las palabras o las opiniones ajenas. Este hecho está creando toda una cultura de lucha contra las llamadas  microagresiones en los campus y de ataques -incluso violentos- a la libertad de expresión que llevan a prohibiciones de conferencias o despidos de profesores en cuanto la dirección de la universidad no se pliega a las pretensiones de los que se manifiestan como ofendidos por la palabra o las opiniones ajenas. Es decir, toda una generación se manifiesta cada vez más frágil y débil ante el pluralismo, a la par que se vuelve más violenta e intransigente para defenderse de todo aquello que percibe subjetivamente como riesgo o agresión para su identidad o forma de pensar.

En una década el fenómeno descrito ha pasado de la anécdota a la categoría: en los campus se limita de forma habitual la libertad de expresión y la libertad docente del profesorado y se cronifica la fragilidad sicológica del alumnado; y este clima se traslada a la sociedad en general en la que se reproducen los debates sobre la libertad y la legitimidad de la violencia para lograr la autoprotección frente a las opiniones discrepantes, a la par que se polarizan los grupos sociales y políticos, como demuestra también la progresiva división irreconciliable entre demócratas y republicanos que se percibe en la vida política. Algo muy de fondo está cambiando en la sociedad americana que fue hasta hace poco adalid de las libertades públicas y modelo universal de la política del equilibrio institucional e interpartidista. Y este fenómeno asoma ya en el resto de las democracias occidentales, como España.

Jonathan Haidt y Greg Lukianof analizan este problema en su obra La transformación de la mente moderna, editada en español en 2019 por Ed. Deusto. Los autores, tras analizar abundante bibliografía sobre estos fenómenos, concluyen que sus causas se concentran en la extensión en Norteamérica de tres mitos o falsedades en la educación de las nuevas generaciones:

  • La falsedad de que somos esencialmente frágiles y por tanto lo que no te mata te hace más débil.
  • La falsedad del razonamiento emocional que aconseja confiar siempre en los propios sentimientos.
  • Y la falsedad de la idea de que la vida es una batalla entre las buenas personas y las malvadas.

Los autores muestran que la sobreprotección bienintencionada a que padres y escuelas someten a los niños y adolescentes genera una fragilidad enfermiza y les priva de las experiencias que les permitirían fortalecer su personalidad; y sugieren que hay que enseñar a los más jóvenes a liberarse de sus distorsiones cognitivas que pueden llevarles a dar por válidos sus sentimientos iniciales como el definitivo criterio frente a todo y que conviene adoptar una visión generosa ante los demás intentando entender los matices y las razones de cada uno antes que dar por supuesto que unos somos buenos por definición y los otros perversos sin matiz.

Al análisis de las tres falsedades enunciadas dedican la primera parte del libro (págs. 43 a 123) y a ejemplificar cómo se han hecho  presentes en la sociedad americana en la última década la segunda (págs. 127 a 196). La tercera parte del libro (págs. 199 a 356) se ocupa del análisis de las causas de esta situación e identifica seis, a cada una de las cuales se dedica un capítulo específico: la polarización política creciente en USA que influye en todos los ámbitos; la creciente ansiedad y depresión entre adolescentes; una educación en la familia y la escuela obsesionada con proteger a los niños y que les priva del aprendizaje mediante el juego, la interacción con otros y la progresiva asunción de riesgos razonables; y la pasión emocional por la justicia social ayuna de reflexión y análisis sobre sus causas y manifestaciones. Los autores insisten en que estas causas no apuntan a malas intenciones de nadie, sino a buenas intenciones que se han torcido por su falta de realismo.

Obviando ahora las reflexiones y conclusiones de los autores sobre los cambios que habría que introducir en las universidades (tema de fondo de su tesis) quiero resaltar que en las conclusiones del libro, lo que proponen es lo que el sentido común aconseja: dedicar tiempo a los niños, darles margen para ir experimentando con su libertad y asumir riesgos razonables que les permitan ir superando la fragilidad e inseguridad naturales en un menor, apostar por el juego y la amistad con otros niños de su edad, vigilar el tiempo de dedicación a  las redes para primar el mundo real, la formación del carácter y en el respeto al otro …

A un lector educado en la visión cristiana de la persona, la familia y la educación, este libro no le descubrirá nada que no sepa; pero ver en casa ajena lo que pasa cuando se abandonan las viejas evidencias sobre el hombre puede ser oportuno aviso para navegantes. Buena lección para padres, profesores y políticos.

Da gusto comprobar cómo en USA los problemas se analizan y debaten; no como aquí.

 

Benigno Blanco

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