Miércoles, 17 de julio de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

¡He venido a traer fuego sobre la tierra!

por La divina proporción

Muchos piensan que Cristo se olvida de la paz y promueve hacer todo tipo de cruzadas contra los demás. Deberíamos releer lo que la Tradición Apostólica nos dice de este Evangelio y se daríamos cuenta de que el "fuego" no es precisamente de guerra, sino de conversión.

En sentido místico, esta casa es el hombre. Leemos con frecuencia que el cuerpo y el alma son dos. Ahora, si están conformes los dos constituyen uno solo: uno que sirve al otro que manda. Las afecciones del alma son tres: una razonable, otra concupiscible y la tercera irascible. Por lo tanto, dos se dividen contra tres y tres contra dos. Porque después de la venida de Jesucristo, el hombre que era irracional se hizo racional. Éramos carnales y terrenos, mandó el Señor su espíritu a nuestros corazones nos hicimos sus hijos espirituales. (San Ambrosio de Milán, tomado de la Catena Aurea Lc  12:49-53)

O bien: el fuego se manda a la tierra cuando el soplo abrasador del Espíritu Santo libra al espíritu humano de sus deseos carnales. Llora lo malo que ha hecho cuando es inflamado en el amor espiritual y así arde la tierra cuando el corazón del pecador se consume en el dolor de la penitencia, acusado por su conciencia. (San Gregorio, Sup. Ezech. Homilía 12)

Los Padres de la Iglesia no leen violencia alguna en este pasaje, sino una profunda ansia de trascendencia y conversión. El fuego del Espíritu nos trae el don de entendimiento y comunicación del Evangelio. El Evangelio, la Buena Noticia, no es un aviso guerrero o devastador para el ser humano. Es una llamada similar a la que Cristo nos cuenta en la parábola del Banquete de Bodas. La invitación se hizo en todos los cruces de caminos y sólo unos pocos quisieron asistir. ¿Por qué? Unos andaban ocupados con sus asuntos, otros no daban importancia a lo que acontecía, seguro que habría quien desconfiaría de la propia invitación. ¿Y nosotros? ¿Qué excusa ponemos para aceptar a Cristo como único salvador? ¿Nos puede más estar alineados con las modas eclesiales del momento y sus segundos salvadores? Pensemos en ello.

Vivimos tiempos en que evangelizar es una tarea casi imposible. En el mejor caso, cuando conseguimos que alguien se dirija la Banquete, lo que se encontrará no será una comunidad vida que palpita en Cristo. Lo que encontrará será una Iglesia dividida y terriblemente líquida. Como nos cuentan los promotores del vídeo “Católicos vuelvan a casa”, el llamado funcionó. Muchas personas volvieron ilusionadas con encontrar consistencia, coherencia y sobre todo paz. Lo que se encontraron distaba mucho de lo que el vídeo les ofrecía. Ese es el terrible problema que tenemos actualmente. Por ello las palabras del evangelio de hoy son de actualidad. ¡Cuanto desea Cristo prender fuego y que este fuego purifique nuestros corazones de tantas idolatrías y activismos socio-culturales! desgraciadamente la sal se ha vuelto insípida y lo que impera son las tramoyas y apariencias superficiales. Planes, estructuras y objetivos humanos, que ocultan la Perla. Nos toca a nosotros escarbar con paciencia y quitar las adherencias que ocultan el Tesoro Escondido.

Sólo el fuego del Espíritu puede purificar nuestra interior y conformarnos a imagen del Señor. Vivimos tiempos en los que abrir las puertas del alma y dejar que sea el Espíritu quien habite en nosotros. Tal vez dentro de un tiempo podamos volver a reencontrarnos y sorprendernos al escuchar que todos hablamos en la misma lengua y que podemos trabajar unidos sin temor a ser expulsados por ser rigoristas o herejes. La esperanza es Cristo, que nos envía el fuego que transforma y da nueva vida. Fuego, que tal como indica San Ambrosio, nos llevará a la racionalidad de una fe consistente, sólida y fructífera. Mientras sigamos apostando por emotividades subjetivas y vivencialidades personales, perdemos el tiempo y dilapidamos la poca esperanza que nos queda.


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