Lunes, 22 de abril de 2019

Religión en Libertad

Blog

Reflexionando sobre el Evangelio

Regnabit, pero de una forma diferente

por La divina proporción

El Evangelio de hoy nos invita a darnos cuenta de cuanto respeta Dios el don de la libertad, que Él mismo nos ha concedido. Podemos rechazar a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida. Podemos cerrar los ojos a la Luz que vino al mundo. Podemos taparnos los oídos para no escuchar la Palabra de Dios. Dios nos respeta, porque sabe que sólo siendo libres, podemos entregarle nuestro ser, nuestro corazón, en toda su profundidad.

Teofilacto nos indica que el Reino de Cristo, su verdadera patria, no es de este mundo. Los habitantes de Nazaret no fueron capaces de entender la Divinidad y la Gloria que se hace presente entre nosotros. Cristo no obró milagros entre ellos porque no encontró fe, esperanza y caridad en sus corazones. Estaban cerrados a Dios y encerrados en las apariencias del mundo. ¿Por qué no forzó su voluntad para mostrarles un bien que ellos desconocían? Porque eso hubiera violentado su libertad y eso es lo que desea Dios.

Después de los milagros citados, vuelve el Señor a su patria -no ignorando que le despreciarían- con el objeto de que no pudieran decir luego: Si hubieses venido, hubiéramos creído en ti. Así dice: "Partido de aquí, se fue a su patria", etc. (Teofilacto. Tomado de la Catena Aurea Mc 6, 1-6)

San Marcos nos cuenta esto, que no es nada nuevo. Es algo que sucede desde el mismo día del nacimiento del Señor. Ha sucedido, sucede y sucederá. Para nosotros lo aparente y lo bien visto, lo que nos da relevancia y fama, es lo verdaderamente importante. La trascendencia no nos importa, porque no vivimos en ella ni nos ayuda a conseguir beneficios egoístas.

La inmanencia, que es mundanidad y complicidad, nos aísla de Dios. Nos impide unirnos a Su Voluntad.

A Cristo le ofrecieron dos veces ser el Rey del mundo. La primera vez fue el maligno en las tentaciones (Lc 4, 6-7). La Verdad nunca se doblega ante las realidades aparentes. El Camino está por encima de toda duda o componenda humana. El maligno señala que "el mundo le ha sido entregado", por lo que deja claro quién es el que reina sobre las apariencias y lo social-cultural que nos rodea. La segunda vez fue tras la multiplicación de panes y peces (Jn 4, 15). Los que asistieron al hecho milagroso, quisieron hacer rey a cristo, pero Él prefirió desaparecer con sutileza y rapidez. Para dejar todo más claro, en plena pasión, Pilatos pregunta al Señor si él es rey y Cristo le dice que sí, pero no de este mundo (Jn 18, 36). Cristo no es rey de aquello que ha sido entregado al maligno. Dios es Rey de lo sustancial, no de los simulacros de poder que realizan las dominaciones y potencias del mundo. San Pablo lo tiene muy claro: “Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales” (Ef 6, 12-13)

¿Dónde está el Reino de Dios entonces? ¿Es una tierra, país o régimen político? No. El Reino está allá donde Él llama con autoridad para que le abramos (Ap 3, 20).

Los Evangelios lo dejan claro: Dios habita/reina en quienes le reciben (Jn 1, 12), aunque el mundo le ignore completamente.  El Reino de Dios es Espíritu y Verdad (Jn 4, 23-24) que habitan el Templo que el Espíritu Santo habita en nosotros (1Co 6, 19). El Reino de Dios nace en nosotros como una pequeña semilla (Mc 4, 30) y se anhela como el Tesoro y la Perla de gran valor (Mt 13, 44-46). La semilla del Reino puede caer en tierra fértil o en lugares en los que no puede desarrollarse (Mt 13, 18-23). Cuando perdemos el Reino, lo buscamos como la Dracma perdida (Lc 15, 8-10) porque el Reino nos hace vivir llenos de sentido. Cuando lo esperamos, lo hacemos como las doncellas virtuosas que esperan al Novio (Mt 25, 1-13). Muchos son invitados, pocos los que asisten al banquete y aún menos los que están dispuestos a dejarse convertir en Reino de Dios (Mt 22, 1-14).

Pero hay quienes ven a Cristo como una potestad de este mundo. Un rey que lucha para hacerse sitio entre otras dominaciones y autoridades. Un rey que obliga con mandatos y castigos. Ruego a Dios por ellos, porque se irán dando cuenta que ese reino inmanente no es otra cosa que un engaño del maligno. Un imposible que nos embauca y desorienta. Desesperarán cuando pase ele tiempo y vean que Dios no viene con sus legiones celestiales a imponernos a unos sobre otros. Se quedarán tan sorprendidos como los Apóstoles cuando el Señor se se negó a enviar fuego sobre quienes los rechazaban (Lc 9, 54). El Reino de Dios está en el misterio del "Ya, pero todavía no?. Una antítesis que escapa a nuestro raciocinio y que nos hace darnos cuenta de nuestras limitaciones humanas.

No es fácil comprender el “ya, pero todavía no”, que es Misterio de la presencia constante de Dios en la historia.

El Reino de Dios es el “ya” que acontece a cada instante en nuestro ser. También es el “todavía no”, que acontece cuando el mundo le rechaza a cada instante. Nosotros le podemos acoger y vivir en el “ya”. Vivir en la presencia viva y continua de Dios. Vivir llenos de humildad y temor reverente. Cuando entramos en el "Ya", sentimos la necesidad de tirarnos al suelo como Moisés hizo frente a la Zarza ardiente. Dios quiere restaurar nuestra libertad, pero quiere que nosotros le permitamos hacerlo. La libertad fue el gran don que Dios nos regaló. Libertad para aceptar la unión de nuestra tenue y vacilante voluntad a la infinita Voluntad de Dios. También podemos actuar como los habitantes de Nazaret e ignorar la Luz. Luz que vino al mundo, no para condenarlo, sino para que se salve a través de Ella (Jn 3, 17).

La Palabra era la Luz Verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios.  (Jn 1, 9-13)

Que Dios reine en nosotros y así podamos llevarle a los demás.

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