Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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La Ascensión (B) y pincelada martirial

por Victor in vínculis

En el impresionante retablo de la Catedral de Toledo trabajaron los mejores artistas de la época: Copín de Holanda, Felipe y Juan de Borgoña, Sebastián de Almonacid… Ricas hornacinas recogen hermosas escenas de la vida de Cristo y de la Virgen. En una de ellas encontramos representada la Ascensión del Señor a los cielos. Sobre las cabezas de los discípulos ya sólo son visibles los pies de Jesús, que sobresalen de la nube. La nube, a su vez, es por fuera un círculo oscuro, pero en su interior es luminosidad llameante. La representación deliciosamente ingenua se encuentra en otros muchos retablos de nuestras catedrales e iglesias a lo largo de la geografía europea.
 

Afirmaba el cardenal Joseph Ratzinger[1] (Benedicto XVI) que precisamente en la aparente ingenuidad de esta representación se ofrece la contemplación de algo muy profundo. Todo lo que vemos de Cristo en el transcurso de la Historia son sus pies y la nube. Sus pies, ¿qué son? Ahora podemos recordar aquella extraña frase del Evangelio de Mateo, que leíamos los primeros días de Pascua, donde se dice que las mujeres se agarraron a los pies del Señor resucitado y lo adoraron. En cuanto resucitado, sobresale por encima de toda medida terrena; sólo podemos seguir tocando sus pies, y los tocamos adorando.

Los cristianos vamos tras las huellas de Cristo, cerca de sus pasos, como orantes. Orando vamos hasta Él, orando lo tocamos, aun cuando en este mundo lo hagamos únicamente desde abajo, por decirlo así, únicamente de lejos, únicamente siguiendo la pista de sus huellas. Al mismo tiempo queda patente que no encontramos las pisadas de Cristo cuando sólo miramos hacia abajo, cuando pretendemos encerrar la fe en lo palpable. El Señor es movimiento hacia arriba, y sólo moviéndonos nosotros mismos, alzando la mirada y subiendo, lo conocemos. En la lectura de los Padres de la Iglesia se nos añade que la subida correcta del hombre acontece precisamente allí donde aprende a inclinarse profundamente en la donación humilde al otro, hasta bajar a los pies, hasta el gesto del lavatorio de los pies. Precisamente la humildad que sabe abajarse lleva al hombre hacia arriba, hacia las cosas de Dios; precisamente esa humildad es el dinamismo de subida que quiere enseñarnos la solemnidad de la Ascensión.

La imagen de la nube apunta en la misma dirección. Recuerda a aquella nube que precedía a Israel en su peregrinación por el desierto: de día era nube; de noche, columna de fuego. Nube es también expresión de un movimiento, de una realidad que no podemos apresar ni fijar; de un indicador que sólo ayuda cuando lo seguimos; del Señor, que siempre se nos adelanta. Es ocultación y presencia a la vez: así se ha convertido en símbolo de los signos sacramentales, en los que el Señor nos precede, en los que se oculta y se deja tocar a la vez.

En este mismo pasaje de la Ascensión de Cristo al cielo, también recogido en el tercer Evangelio, San Lucas intercala una observación que llama poderosamente nuestra atención, al afirmar que los discípulos estaban llenos de gran alegría cuando volvieron del monte de los Olivos a Jerusalén. Esto no concuerda con nuestra psicología normal, pues la Ascensión del Señor era la última aparición del resucitado; los discípulos sabían que ya no lo volverían a ver en este mundo. Ciertamente esta despedida no es comparable a la del Viernes Santo, pues entonces Jesús aparentemente había fracasado... La despedida después de estos cuarenta días tras la resurrección tiene en sí, por el contrario, algo triunfal y esperanzado: esta vez Jesús no se ha marchado a la muerte, sino a la vida. No está vencido, sino que Dios le ha dado la victoria. Así, sin duda alguna, hay razones para la alegría.

La Ascensión de Cristo es, por tanto, no un espectáculo para los discípulos, sino un acontecimiento en el que ellos mismos quedan introducidos. Es un sursum corda, un movimiento hacia arriba, a la vida sobrenatural a la que todos nosotros estamos llamados. Se nos dice que podemos vivir hacia arriba, que el hombre es capaz de la altura, de la vida sobrenatural. La Ascensión del Señor a los cielos imprime en nosotros el recuerdo de la grandeza, y nos hace partícipes de ese último envío: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…

Es el Padre Tomás Morales[2] quien afirma: debemos irradiar bondad, ofrecer consuelo al que vacila, comunicar felicidad, no a todos al mismo tiempo sino uno a uno. Tienes que creerte lo que eres: enviado de Dios para que esa siembra de amor se realice. Si tú no ardes de amor, mucha gente se morirá de frío. Tienes que decir a cada uno: “Tú también eres amado de Dios”. Y no sólo decírselo, sino portarte con él de modo que piense que hay en él algo bueno, para que así despierte en él una nueva conciencia de sí. Esto no puedes hacerlo más que ofreciéndole tu amistad. Una amistad real, desinteresada, hecha de confianza y estima profunda.

Desde esa amistad, desde ese encuentro con Cristo es posible, y sobre todo necesario, ese testimonio que Él mismo nos pide dar.

Galileos -cristianos-, ¿qué hacéis mirando al cielo? Es una pregunta oportuna que los ángeles hacen a los apóstoles, pero que nos hacen a nosotros también. No es apropiado quedarse contemplando este momento de la Ascensión, sin más; sino que es necesario que nos abramos al amor de Dios y que llevemos esta palabra de salvación a todos.

Que pidamos hoy una profunda intimidad con Cristo el Señor, que le ofrezcamos nuestra vida y así entenderemos la gran alegría que nació aquel día, cuya aparente despedida fue en realidad el comienzo de una nueva cercanía del Señor que se va, pero que se queda entre nosotros.
 

Han pasado treinta y siete años desde aquel 13 de mayo de 1981. Era un caluroso miércoles, por la tarde, cuando la figura blanca del Papa, de pie, en el auto descubierto, caía entre los gritos de la gente que llenaba la plaza de San Pedro del Vaticano. Era el día de la Virgen de Fátima y el Papa, convencido de que le debía la vida, pidió que se colocara en el santuario de Fátima la bala que le había atravesado el cuerpo.

El próximo miércoles celebraremos a San Simón Stock, a quién se le apareció la Virgen del Carmen y que fue quien nos transmitió la devoción popular del escapulario. Y el 18 de mayo, el viernes, es el día que nació San Juan Pablo II. El Papa[3] polaco decía:

En la señal del Escapulario del Carmen se evidencia una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes… Dos verdades evoca el Escapulario: la protección continua de la Virgen Santísima, no sólo en el paso por la vida, sino también en el momento del tránsito a la plenitud de la gloria eterna; y el convencimiento de que esta devoción debe llevarnos a la frecuencia de los Sacramentos y al ejercicio de las obras de misericordia…
 

¡También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el Escapulario del Carmen! (sobre estas líneas, relicario con el escapulario de San Juan Pablo II). Por el amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección experimento continuamente, deseo que este año mariano ayude a todos los religiosos y las religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta Mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia.

En la escena del retablo de la Catedral de Toledo, junto a San Pedro y el resto de los apóstoles aparece en primer plano María Santísima, que persevera en oración esperando el Espíritu Santo. Es lo que vamos a hacer nosotros a lo largo de esta semana: pedir los dones del Espíritu Santo. El Señor Jesús ascendió al cielo, se sentó a la derecha de Dios, como profesamos cada domingo en el Credo. Los apóstoles proclamaron el Evangelio por todas partes. Y el Señor Jesús actuaba por ellos. No tengamos miedo. Jesús camina con nosotros
 
PINCELADA MARTIRIAL
BAJO LOS DOS BRAZOS DE LA CRUZ HABÍA DOS ÁNGELES, CADA UNO DE ELLOS CON UNA JARRA DE CRISTAL EN LA MANO, EN LAS CUALES RECOGÍAN LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES Y REGABAN CON ELLA LAS ALMAS QUE SE ACERCABAN A DIOS.
 

El llamado Tercer Secreto de Fátima -en realidad la tercera parte de un solo y único secreto- contiene, al final, estas tres relevantes y consoladoras afirmaciones: la primera, que, tras la muerte del Obispo vestido de blanco “del mismo modo murieron, unos tras otros, Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversa clase y posición”.  La segunda que “la sangre de los mártires fluye de los brazos de la Cruz”; y la tercera que “los ángeles la recogen, y con ella riegan las almas que se acercan a Dios”.

La primera parece reflejar el martirio de la Iglesia de España  en 1936-39 con el sacrificio de sus trece obispos, seis mil sacerdotes y religiosos e innumerables seglares.

Los caminos de Dios no son los de los hombres. Cuando en 1963, “por razones de oportunidad” se paralizaron los procesos de beatificación emprendidos, se oyeron voces diciendo que en la España de 1936 no podía haber mártires porque había una guerra, pretendiendo ignorar que en el territorio dominado por uno de los bandos en lucha hubo, además de guerra, una cruel persecución religiosa. Pero como tras de tiempos de inoportunidad Dios envía sus tiempos oportunos, en 1987 san Juan Pablo II levantaba la losa de silencio y beatificaba a tres carmelitas de Guadalajara como primeras mártires de la persecución religiosa en España, que a lo largo de los tres decenios transcurridos, a finales del año 2017, se han ampliado ya hasta casi dos millares, 11 de ellos ya canonizados.

Con la sangre de nuestros mártires de 1936, recogida bajo el ara de la Cruz por los ángeles, se ha regado durante los últimos 80 años las almas de los españoles que se han acercado a Dios, por lo que les debemos justo agradecimiento, pero hoy, sin su invocación y petición de intercesión ante el Rey de los mártires, y sin dejarse regar con su sangre, parece que se afanan en vano quienes pretenden dirigir a “las almas que se acercan a Dios”.

En estos 101 años de las Apariciones de Nuestra Señora, y en el 82º aniversario del verano de 1936, pródigo en martirios en nuestra persecución religiosa, debemos pedir a Dios -con corazón alegre y voz estentórea, como hizo Haendel en el ¡Aleluya! de su “Mesías” cantando la caída de Babilonia la Grande (Apocalipsis.19, 1-3)-,  que sus ángeles derramen la sangre de nuestros mártires que recogieron en sus jarras sobre las almas de quienes se acercan hoy a Él, para que este acercarse les conduzca al descubrimiento del Amor Misericordioso de Dios manifestado en el Corazón de su Hijo Jesús, al que se llega mediante las gracias que concede por mediación del Corazón Inmaculado de María. Esta es la esperanza cierta que nos trae la profecía del Secreto de Fátima: Satanás no vencerá, y sus maquiavélicos planes serán desbaratados por el triunfo de María, pues “al fin mi Corazón Inmaculado triunfará.

Publicamos los artículos completos el año pasado:
https://www.religionenlibertad.com/fatima-los-martires-espana--59040.htm
https://www.religionenlibertad.com/fatima-los-martires-espana--59062.htm

 
 

[1] Joseph RATZINGER, Imágenes de la esperanza. Itinerarios por el año litúrgico (Madrid, 1998).
[2] Tomás MORALES,  Hora de los laicos, pág. 364 (Madrid, 1985).
[3] San JUAN PABLO II, Mensaje a la Orden del Carmen (5-6), 26 de marzo de 2001.
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