Miércoles, 19 de junio de 2019

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El divorcio crea soledades

El divorcio crea soledades

por Un alma para el mundo

Continuamos ofreciendo el documento publicado por el Cardenal Christoph Schonborn sobre la problemática de los divorciados y vueltos a casar. En el capítulo anterior nos decía el Arzobispo de Viena que los principales perjudicados por el divorcio son los hijos. Él lo sabe por experiencia porque sus padres se divorciaron cuando era joven.
      En este capítulo nos habla del problema de la soledad. El divorcio crea soledades. El abandono de uno de ellos suele provocar en la otra parte una frustración, un dolor por el desprecio y el abandono.
El mismo lo explica detalladamente:
 
 
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 ¿Qué es de aquellos o de aquellas que se que­dan «fuera de banda» porque no encuentran otra pa­reja'' El divorcio crea soledades. Cuando uno se di­vorcia no encuentra automáticamente un nuevo compañero. Quizá a ellos les resulte más fácil, pero no a las mujeres, que suelen quedarse con los niños.  Cuántas mujeres, cuántos hombres viven en nues­tra sociedad «fuera de banda» porque su pareja los ha abandonado? Seguro que habréis hablado más de una vez con algún «sin techo», hombre o mujer —pe­ro sobre todo hombres— que vive en la calle. Pre­guntadles cómo han ido a parar ahí: casi siempre es la misma historia: un divorcio, hay que dejar el ho­gar no tienen casa, deben pasar la pensión alimenticia a los niños y no les llega; al no tener casa pierden el norte, empiezan a beber —si es que no lo hacían antes—, y de ahí hasta acabar viviendo como vaga­bundos.' ¡Cuántas mujeres se quedan solas porque su pareja, su marido, las abandona por alguien más jo­ven! Nuestra sociedad está repleta de la soledad de las víctimas de los divorcios que se quedan «colga­das». ¿Habla alguien de ellas? Si el Evangelio se pone siempre del lado de los más débiles, de los pe­queños ¿no deberíamos nosotros convertirnos en defensores, en miembros del lobby a favor de los po­bres que se quedan solos o que no encuentran pa­reja'? ¿Seguro que la Iglesia es poco misericordiosa con los divorciados que se vuelven a casar? Con fre­cuencia la obra destructora más horrible es la del di­vorcio, incluso desde el punto de vista económico. Existen estudios interesantísimos sobre sus dramáticas consecuencias económicas. ¿Cuántas pequeñas empresas se han venido abajo al tiempo que se rom­pía el hogar sobre el que se sustentaban? ¡No! A la Iglesia no le falta misericordia cuando se trata de los niños y de los cónyuges víctimas. ¿Acaso ha exis­tido un mínimo esfuerzo de reconciliación con el que se ha quedado solo, «fuera de banda»? ¿Qué sig­nificado tiene acceder a los sacramentos cuando aún existe todo ese sufrimiento irreconciliable, y ni un mínimo esfuerzo reconciliador?
 
    El Cardenal Schonborn Habla de las culpas en la decisión del divorcio. Y también de la necesidad del reconocimiento del fallo de cada uno, y tratar de acercarse de nuevo a esa pareja que un día fue amada y puede que todavía quede parte de ese amor en el corazón
 
En las historias de divorcio siempre existen culpas. ¿Han hecho los cónyuges algún esfuerzo por llegar a un perdón mutuo —al menos, a un principio de perdón—, o simplemente por acabar la guerra? ¿Cómo construir una nueva relación, una nueva unión, sobre el odio que queda del primer matrimo­nio, un odio con frecuencia encarnizado? Nosotros, los que tratamos a los divorciados que se han casado de nuevo, debemos apoyar ese esfuerzo: « ¿Habéis avanzado siquiera un paso en el acercamiento a vuestra pareja, a vuestro marido, a vuestra esposa, después del divorcio?».
En nuestras comunidades hay familias y matri­monios que resisten heroicamente y contra viento y marea porque se prometieron fidelidad y creen en el sacramento. ¿Qué les vamos a decir nosotros, pasto­res suyos, si nos dedicamos a hablar permanente­mente de los «pobres divorciados y vueltos a casar»? Por supuesto que con estos últimos hay que ser com­pasivos, pero cuidado: no olvidemos el aliento, el re­conocimiento, la gratitud hacia los matrimonios que no se rompen porque están cimentados en la fe. Co­nozco el hermoso testimonio de un diácono que re-
 

cibió del obispo la misión de ocuparse de los divor­ciados casados de nuevo, y de los matrimonios con dificultades de su diócesis. Este diácono afirma que, si los acompañamos, el Señor puede salvarlos. Si en nuestras comunidades concediéramos más impor­tancia a quienes de modo heroico conservan la fide­lidad en su matrimonio y dan ejemplo de lo que es la fidelidad de Dios con nosotros, los jóvenes se senti­rían animados a no separarse tan pronto y a la pri­mera dificultad. ¿Cuántos divorcios conocemos de personas que llevaban veinticinco años de matrimo­nio, y hasta cuarenta? Yo acabo de enterarme del caso de un diácono permanente que se ha divorciado prácticamente el mismo día de sus bodas de plata. ¿Qué importancia damos a los que continúan siendo fieles a sus promesas matrimoniales? ¿Y qué les de­cimos a los divorciados cuando se quejan del rigor de la Iglesia? Podríamos decirles: «Mirad a tal o cual matrimonio de nuestra comunidad o de la parroquia, que se mantiene unido a pesar de las dificultades. Vosotros no lo habéis conseguido, habéis fracasado, pero por lo menos no acuséis a la Iglesia de falta de misericordia: acusaos vosotros primero y suplicad la misericordia de Jesús para vosotros y para todos los que sufren a causa de vuestro divorcio y de vuestro nuevo matrimonio».
 
(Continuaremos en el próximo capítulo)
 
 
 
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