Domingo, 03 de marzo de 2024

Religión en Libertad

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Padre James Coyle, mártir del Ku Klux Klan

por Victor in vínculis

Meses después, el beato José Polo escribe nuevamente sobre EEUU -mencionando nuevamente al Ku Klux Klan. Aparece en El Castellano del 27 de mayo de 1924. El artículo lleva por título HECHOS Y NÚMEROS

«Con datos y cifras que son elemento de incontestable prueba, sería fácil demostrar -me decía en estos días un párroco de New York- que acaso en ninguna porción del universo prospera y fructifica la semilla evangélica como en los Estados Unidos. Sin que haya desaparecido aquella penetración de industrialismo que dio al país una triste preeminencia materialista, las cuestiones religiosas interesan mucho más que antes de la guerra, y periódicos y revistas que hasta hace poco cerraban las puertas a toda manifestación espiritualista, buscan hoy las plumas más expertas para el estudio de estos temas.

El movimiento de estridencia revolucionaria promovido por los Ku Klux Kan, ¿qué es en el fondo sino la reacción de los protestantes ante las conquistas triunfantes del catolicismo?

[En el momento de máxima popularidad del KKK los Caballeros de Colón fueron sus más enérgicos oponentes. El P. Coley (1873-1921), en la imagen, fue asesinado por un presbítero metodista.

En una tarde de agosto de 1921, en la iglesia católica de St. Paul en Birmingham (Alabama), James E. Coyle, sacerdote católico, presidía la boda de Ruth Stephenson, una recién convertida y Pedro Gussman, quien era puertorriqueño. Nacido y ordenado en Irlanda, el padre Coyle había pasado 25 años en Alabama atendiendo a los inmigrantes católicos, muchos de ellos traídos para trabajar en molinos y fundidoras. Una hora después de la boda, el padre Coyle estaba sentado en el porche de la rectoría cuando Edwin R. Stephenson, un ministro metodista, se le acercó con una pistola. El ministro, que era el padre de la novia y miembro del Klan, disparó al padre en la cabeza matándolo. El Klan le pagó los abogados y fue absuelto].

¿Pueden ustedes presumir aquí en España, la inmensa cuantía de las colectas dominicales que en nuestras parroquias se realizan todos los domingos? Ordinariamente pasan de quinientos duros la recaudación voluntaria que se hace en la misa. Junto a la casa parroquial, tenemos escuelas primarias para niños y niñas, centros postescolares de recreo y de instrucción, imprenta para el “boletín parroquial”, y todas estas instituciones de piedad y cultura se sostienen boyantes, con el dinero de los feligreses.

Las autoridades y el pueblo, en regocijo entusiasta y efusivo han solemnizado la exaltación al capelo de los prelados americanos, en forma tal, que el propio presidente manifestó no haber presenciado nunca espectáculo más conmovedor que la llegada a New York del cardenal Hayes.

Según los autorizados informes del Official Catholic Directory en el año pasado de 1923, ha aumentado en 614 el número de sacerdotes y en 298.997 el de creyentes. Se acercan a los 19 millones los católicos de Estados Unidos y las vocaciones eclesiásticas, sin que podamos creer que corresponden a las necesidades del culto, se fomentan, sin embargo, y son más numerosas que antes. Acaso el número de sacerdotes dedicados a la cura de almas, se aproxime a los 30.000.

Una de las empresas -añade el párroco- que con más celo atendemos y a la que consagramos especial cuidado, es la escuela. En cuanto se erige una capilla, enseguida se inaugura la enseñanza. Y aquí se ve palpable el dedo de Dios bendiciendo la obra. ¿Podrá usted creer que en un solo año han aumentado el número de pequeños alumnos en 65.956? Hoy las escuelas parroquiales proporcionan gratuitamente el pan de la cultura a un millón novecientos ochenta y ocho mil trescientos setenta y seis niños. En conjunto, los progresos del catolicismo son tales, que del año 1923 a la fecha, las 94 diócesis se han aumentado en 98; contamos ya con cuatro cardenales, trece arzobispos, 98 obispos y 18 abadías.

Impresionado ante manifestaciones tan espléndidas del poder de Dios, que así bendice los pies de sus evangelizadores, pregunto al sacerdote neoyorkino cuál sea su parecer y el de los americanos respecto a la unión de Inglaterra con Roma. Es asunto -me contesta- que preocupó mucho estos últimos meses. En New York hemos seguido atentamente el curso de las famosas conversaciones de Malinas, pues la influencia inglesa en América es muy grande. Desde luego he de confesar a usted que los mismos periódicos protestantes no utilizan ya, al hablar del romanismo, ninguna de aquellas manidas calumnias que en otro tiempo hacían las veces de argumentación. Hoy hablan del papa con veneración y respeto, tanto, que en la conferencia de las grandes industrias celebrada en abril pasado, se evocó el nombre de León XIII, proponiéndoles a patronos y obreros como árbitro soberano en sus ideas y sus obras, de las cuestiones de capital y trabajo.

Creemos en América que llegará el feliz día de la unión, y para abreviarlo, nuestra oración es constante fervorosa; ¿cómo no confiar en que vuelvan al redil las descarriadas ovejas, si en los diez últimos años se cuentan en Inglaterra por millares los convertidos? Según las últimas estadísticas, el número de católicos en tierra inglesa es de 14.827.312. Solamente en el Canadá, más de la tercera parte de la población es católica, y otro tanto ocurre en Malta y en las colonias de África.

- ¿No leyó usted en estos días la conversión del gran literato Chertes?

Hay grandes motivos de consuelo, termina el párroco de New York y nuestro optimismo no se comenta en impresiones fugaces, sino en hechos. ¡Lástima que en España no se promuevan más las relaciones de la metrópoli con los españoles emigrantes! Con frecuencia he visto casos de obreros españoles que, deseosos de oír misa y comulgar en los primeros días de su llegada al país americano, no podían cumplir sus deseos por falta de sacerdotes conocedores del idioma. Importa mucho que el clero español no pierda el contacto con los emigrantes. ¿Cuántas revista religiosas se publican en español?, pregunto. No conozco más que una que se publica en Florida, bajo la dirección de los jesuitas.

Ponemos punto a la conversación. No quiero regatear minutos al ilustre visitante, para que admire las incomparables bellezas de Toledo.

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