Domingo, 15 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

Si quieres oír, recuerda de dónde has caído y arrepiéntete

por La divina proporción

Un sordo se acerca a Cristo y Él, compadecido, le abre los oídos para que pueda escuchar la Palabra hecha carne. ¿Cuántos sordos han sido curados? Muy pocos. ¿Por qué? Cristo abre el oído a quien se acerca con humildad y confiando plenamente. ¿es esa nuestra sincera y profunda actitud? Actualmente no parece que esta actitud sea muy habitual. Quienes miran de lejos o quienes desconfían, guardan su sordera. Por desgracia, actualmente la sordera espiritual se considera como un tesoro y no es fácil que permitamos que Cristo nos cure.

Porque siempre el que merece ser curado es conducido lejos de los pensamientos turbulentos, de las acciones desordenadas y de las palabras corrompidas. Los dedos que se ponen sobre los oídos son las palabras y los dones del Espíritu Santo, de quien se ha dicho: "El dedo de Dios está aquí" (Ex 8,19). La saliva es la divina sabiduría, que abre los labios del género humano para que diga: Creo en Dios, Padre omnipotente, y lo demás. Gimió mirando al cielo, así nos enseñó a gemir y a hacer subir hasta el cielo los tesoros de nuestro corazón; porque por el gemido de la compunción interior se purifica la alegría frívola de la carne. Se abren los oídos a los himnos, a los cánticos y a los salmos. Desata el Señor la lengua, para que pronuncie la buena palabra, lo que no pueden impedir las amenazas ni los azotes. (Pseudo-Jerónimo. Tomado de la Catena Aurea, San Marcos, 7:31-37)

En nuestra sociedad e Iglesia actual, damos gran valor a la sordera. Llamamos libertad a esa sordera que nos permite decir que oímos aquello que nos interesa. Tememos ser curados de nuestra incapacidad de entender la Voluntad de Dios, porque perderíamos poder y autoridad humana. A la sordera le sigue el silencio. El silencio de quien dice no escuchar y prefiere seguir su camino sin atender a lo que sucede a su alrededor. Recordemos la parábola del Buen Samaritano. ¿Quienes pasaron de largo y en silencio? ¿No son el sacerdote y el levita el mejor ejemplo de la sordera y el silencio? Una sordera que les hizo no juzgar que el Samaritano necesitaba ayuda. Un silencio que les sirvió de escudo para no abrir su corazón

Disfrazamos la soberbia de humildad, creyendo que no escuchar y no hablar, es tolerar y no juzgar.

El Espíritu Santo espera que abramos nuestro corazón para llenarlo y habitar en él. Pero nosotros no deseamos ser inhabitados por la Gracia de Dios. Tememos dejar las riendas a Dios y preferimos encerrarnos en nuestra sordera. Preferimos maldecir, insultar y maltratar al hermano antes que escucharlo y compadecernos de él. Ese es el terrible problema de la naturaleza herida del ser humano: la soberbia. Soberbia que nos lleva al fanatismo. Pseudo Jerónimo ora al cielo pidiendo lo siguiente: “Desata el Señor la lengua, para que pronuncie la buena palabra, lo que no pueden impedir las amenazas ni los azotes.” Hoy cerramos la boca y nos mordemos la lengua para seguir el mandamiento humano de “vive y deja vivir”.

Quizás, deberíamos de pensar en arrodillarnos ante el Señor y suplicar que abra nuestro corazón, nuestro ser más profundo, a la Gracia de Dios. Que lo abra para que seamos realmente templo del Espíritu Santo. Que habilite nuestro corazón para que la Palabra, el Logos de Dios, habite en él y se manifieste a través de todo lo que hacemos. Dios desea habitar en nosotros, pero para eso es necesaria verdadera humildad. 

Tomemos como ejemplo a la Virgen María, que es quien mejor nos enseña a ser humildes.

En el Apocalipsis podemos encontrar muchas indicaciones que son de actualidad. El ángel de la Iglesia de Éfeso nos lo dice con claridad:

Conozco tus obras, tu fatiga y tu perseverancia, y que no puedes soportar a los malos, y has sometido a prueba a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos. Tienes perseverancia, y has sufrido por mi Nombre y no has desmayado. Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio; si no, vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar, si no te arrepientes (Ap 2, 2-5)

El amor primero quiere habitar en nosotros, pero nosotros cerramos nuestros oídos a la Palabra hecha carne.

Seamos conscientes de nuestra situación actual. Hemos caído y para levantarnos, necesitamos que Cristo nos tome de la mano y nos abra los oídos. Tenemos que volver a las obras que dieron sentido a la Iglesia. Obras que daban fruto porque se amaba a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como cada uno de nosotros nos amamos a nosotros mismos. Ahora, tendemos amar el éxito y las apariencias. Al prójimo, decimos que lo amamos porque es una herramienta para que otros nos admiren.

Es el momento de empezar el camino de retorno. ¿Retorno? ¿Hacía donde tenemos que retornar? En 1969 un sacerdote llamado Joseph Ratzinger, indicaba que la Iglesia se volverá pequeña, irrelevante, pero al mismo tiempo volverá a ser auténtica. Oremos para que Dios abra nuestros corazones cerrados y volvamos a seguir los pasos del Señor. Si no lo hacemos, el Ángel de la Iglesia de Éfeso indica claramente que el Señor nos quitará el candelabro. ¿No es lo que está pasando ya? ¿No hemos perdido la capacidad de iluminar a una sociedad que camina perdida? Nos parecemos a las doncellas necias que no guardaron el aceite y ahora no sabemos qué hacer.

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