Lunes, 27 de mayo de 2024

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¿CÓMO PUDIMOS VOLVERNOS TAN LOCOS?

¿CÓMO PUDIMOS VOLVERNOS TAN LOCOS?

por Por mí, que no quede

"Seréis como dioses” (Gen. 3,5). Esta promesa, cuyo eco persiste a lo largo de toda la historia de la humanidad, es una de las pruebas del sello de la divinidad en el ser humano: ninguna otra especie puede sentirse tentado ni motivado por esa aspiración; ningún ser vivo, salvo el ser humano, se atreve a ser dios.

Esta tentación tiene distintas ramificaciones, la primera es la de ser el creador de los valores. Por ello, con acierto Nietzsche decía que, tras la muerte de Dios, - más bien del asesinato-, el Superhombre debía ocupar su lugar y establecer qué es el bien y el mal. En el siglo XX, que quiso crear paraísos terrenales, ya conocimos las terribles consecuencias de esa mutación de los valores con cientos de millones de víctimas.

Otra derivación de esa tentación es la de crear la realidad, tal como podemos leer en algunas obras de literatura.   A título de ejemplo, Frankenstein   obra de Mary Shelley con la creación de un hombre a partir de restos de cadáveres, Seréis como dioses  de Gustave Tibon donde el ser humano consigue la inmortalidad gracias a los avances científicos o Un mundo feliz de Aldous Huxley en la que la tecnología reproductiva genera una nueva sociedad. Hoy las manipulaciones genéticas, la biotecnología etc., rozan a veces esa tentación con resultados muy amenazantes.

En los tiempos pos que nos ha tocado vivir, (posmodernidad, poshumanismo, posverdad etc.)  contemplamos una tercera variante:  falsear la realidad y acomodarla a nuestro modo de pensar, a los esquemas mentales previos creados por el hombre. No importa ya qué sea la realidad, sino cómo la interpretamos o relatamos. En ello consisten las ideologías cuya finalidad consiste en ser explicaciones totales y, a la vez, totalitarias tanto del mundo como de la historia.

En el artículo anterior Pensar Mata analizábamos la amenaza que nos cierne por haber abdicado de la capacidad de pensar y los obstáculos, más bien internos, que nos incitan a esa anestesia intelectual.  Pero hoy día existe también una amenaza exterior que impide pensar: la toxicidad de un clima intelectual, mezcla de relativismo (a quien busque principios sólidos o simplemente los intente buscar se le tacha de nazi, facha o dogmático), y de dogmatismo (a quien intente dudar de los principios imperantes, simplemente se le margina, se le silencia o se le mata civilmente como demuestra la cultura woke, o cultura de la cancelación en la que no existe la misericordia). Podría parecer una contradicción relativismo y dogmatismo, pero lo primero lleva a lo segundo: si no existe la verdad, cualquier opinión puede ocupar su puesto.

Lo malo de las ideologías es que son fruto de la razón, el arma más poderosa del ser humano con el que puede suplantar la realidad.  Dulcinea del Toboso era la mujer más pura, bella y buena de cuantas habitaban la Mancha. Su mera presencia incitaba a transformar el mundo en algo mejor y a convertir a D. Quijote en un héroe. Sólo tenía un pequeño defecto: que no existía en la realidad y en poco ayudaba a querer a Aldonza Lorenzo, la mujer de carne y hueso en la que se inspiraba el personaje.

Las ideologías son las Dulcineas de los totalitarismos. Convencen por las supuestas ansias de justicia, aunque sea a costa de crear enemigos ficticios y por la parte de razón que conllevan, pero falsean e ignoran la realidad a través de reduccionismos ya sean materialistas, económicos, biológicos o pedagógicos.

Así ocurre, por ejemplo, con el psicoanálisis, reduciendo al ser humano a sus pulsiones no racionales, el marxismo con su reduccionismo materialista y economicista, o las posteriores ideologías tales como los nacionalismos, los totalitarismos o la reciente ideología de género.

El problema es que la realidad es tozuda y se acaba imponiendo: ya sabemos que Dios perdona siempre, los hombres a veces, pero la naturaleza nunca y, además, pasa factura. Las modas y tiranías ideológicas acaban pasando porque van contra la realidad, pero se cobran cientos de millones de víctimas como ocurrió con el nazismo, el comunismo, los nacionalismos o los populismos.

Podríamos analizar otras ideologías menos cruentas, pero no por ello menos perjudiciales: ¿cuántas neurosis produjo el psicoanálisis? ¿cuánto fracaso escolar está produciendo la pedagogía que ha establecido el principio de “su majestad el niño”? ¿Cuántas víctimas está generando, so capa de bien, la ideología de género simplemente por introducir una relación dialéctica en las relaciones humanas? Tal vez sea pronto para contabilizarlas, pero algún día nos atreveremos a decir lo mismo que pensamos de otras ideologías caducas: “¿cómo pudimos volvernos tan locos?”

No pensar, ya sea por unas causas internas – la pereza, la superficialidad, el ruido, la falta de compromiso etc.- o externas como es el caso del relativismo y el dogmatismo ideológico imperante es una amenaza a la convivencia y a la plenitud de la vida humana.

Con razón decía Hannah Arendt:  El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre la realidad y la ficción, la distinción entre lo verdadero y lo falso ya no existe”.

Jugar a dioses siempre tiene consecuencias nefastas. Aceptemos nuestras limitaciones:  la razón está para conocer la realidad, para admirarla y mejorarla en lo que podamos. No nos volvamos locos y mantengamos el sentido común, aunque sea el menos común de los sentidos.

 

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