Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

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Las mujeres del Evangelio: Juana, mujer de Cusa

por La honda

El Proyecto Magdala, libro que presento estos días, me ha dado la oportunidad de investigar y profundizar en el grupo de mujeres que acompañaron a Jesucristo en su vida pública durante tres años, recorriendo toda Galilea, y que fueron con Él hasta las últimas consecuencias en Jerusalén.

Para escribir el libro pude pasar largas temporadas en Galilea, en el entorno real de los Evangelios, y profundizar en diferentes escritos sobre la primera comunidad cristiana, formada no solo por el grupo de doce apóstoles. Estamos hablando, fácilmente, de una comunidad que superaría el centenar de personas en torno a Jesús.

Este estudio me ha servido para comprender la grandeza del papel de la mujer en la Iglesia, desde los mismos inicios de la Iglesia, en la primera comunidad cristiana. Y os aseguro que las conclusiones de este estudio, plasmadas en El Proyecto Magdala, son asombrosas y sorprendentes, magnífico tesoro que nos ha sido dado y que he tenido la suerte de poder plasmar sobre el papel en un trabajo que me ha colmado de alegría y agradecimiento por estas mujeres de la Iglesia; conclusiones, además, muy pocas veces enseñadas y divulgadas por la Iglesia, pero en ningún modo únicas. Juan Pablo II y Benedicto XVI han sido soportes y guías también de estos trabajos, sumados a los primeros padres de la Iglesia y antinguos monjes y anacoretas cristianos de diferentes ritos.

Otras muchas
Por todos es conocido el nombre de los doce apóstoles —catorce si sumamos a Matías, elegido como sustituto de Judas Iscariote, y a Pablo— y algunos discípulos, pero también los evangelistas dieron testimonio de una cuantas mujeres que acompañaron fielmente a Jesús. San Lucas se refiere a ellas, por ejemplo, en el capítulo 8 de su evangelio, en estos términos:

"Y sucedió a continuación que [Jesús] iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes".

Mi propósito en estos capítulos que iré publicando periódicamente, es escribir de muchas de las mujeres que aparecen en el Evangelio. No solo del grupo que cita Lucas, que acompañaban a Jesús y servían su empresa con sus bienes y trabajo, sino de todas aquellas que aparecen en un lugar u otro del relato, que intercatuaron con Jesús. Una escena en un pozo, una conversación en un camino, un milagro en una aldea… No de todas tenemos sus nombres o identidad concreta, pero sí que tenemos de ellas una enseñanza evangélica. ¡Son tantas las veces que hemos aprendido y seguimos aprendiendo de estas mujeres que tanto bien nos dejaron! Y, sin embargo, ¡qué desapercibidas parecen haber pasado siempre! Como si fuesen solo parte del decorado.

De María Magdalena hablaré más detenidamente a su debido tiempo. Ella fue la líder de ese grupo de mujeres que acompañaron durante tres años al Señor. De hecho, siempre que se cita a este grupo, ella encabeza la lista, y si los redactores de los textos sagrados lo reflejaron así, no fue por casualidad, sino por denotar su importancia en el grupo. No debía de ser una persona que pasara desapercibida.

Juana, mujer de Cusa
Yo hoy quiero poner la lupa sobre una mujer de suma importancia en la sociedad galilea de tiempos de Jesús, citada con unos rasgos muy breves pero impresionantes. Se trata de esa Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes que dice san Lucas.

Herodes Antipas, conocido también como Herodes Tetrarca, no era un galileo más. Su reinado alcanzaba las regiones de Galilea, en la que Cristo vivió gran parte de su vida, y Perea, una región desértica al este del río Jordán, seguramente en la que vivió Juan el Bautista, ejecutado por el citado Herodes Antipas, rey de la zona como ha quedado dicho.

Herodes Antipas nos ha sido siempre un personaje antipático. Hijo de Herodes el Grande —culpable de la matanza de los Inocentes—, Antipas aparece en los episodios finales de la vida de Cristo despreciándolo y mofándose de Él. Cristo le trata con su silencio, pues se da cuenta de que no merece la pena perder el tiempo con este rey de los judíos, perrillo faldero de los romanos para los asuntos que ellos querían de él.

El asunto es que este Herodes Antipas, como todo rey adinerado, tenía un administrador, un ministro de finanzas o de Economía llamado Cusa.

Herodes Antipas situó su fortaleza y se instaló en la ciudad de Tiberias, en la orilla del Mar de Galilea, a unos 4 kilómetros de Magdala, ciudad de María Magdalena, y a unos 9 de Cafarnaum, ciudad en la que se instaló Jesús en casa de Pedro. Es, por tanto, sencilo dilucidar que este Cusa vivía también en Cafarnaum, muy cerca o dentro de la fortaleza de Herodes antipas.

Es impresionante que una mujer del rango de esta Juana, de una posición social y económica muy elevada, fuese una de las que acompañaba a Jesús en su ministerio. Lucas la cita inmediatamente después que a María Magdalena, luego muy posiblemente fueran amigas ya antes de conocer a Jesús, o hicieron buena amistad a raíz de su encuentro con Jesús. Esto nos hace pensar también que María Magdalena podría ser también una mujer rica, con posibilidades. No en vano, Magdala era un importantísimo centro comercial, un lugar en el que había dinero en abundancia y en cosntante movimiento, con el puerto más importante del Mar de Galilea y atravesada de sur a norte por la Via María, ruta comercial que unía Egipto con Damasco, y allí, con la Ruta de la Seda, y que dejaba en Magdala no poca actividad comercial a su paso.

Esta amistad previa a conocer a Jesús, posiblemente descarte la desvirtuada tradición, basada en suposiciones más que en certezas, de pensar que María Magdalena era prostituta, pues no creo que Juana, mujer de Cusa, un político al fin y al cabo, mantuviese amistades impropias de su rango con las meretrices de la zona. No. Lo más probable es que la Magdalena fuese una mujer de la alta sociedad galilea, o viuda o soltera, y sin duda bien posicionada.

Testigos y evangelizadoras
Nótese el acento que hace Lucas al referirse a estas mujeres en la frase "…que le servían con sus bienes". Estas mujeres, María Magdalena, Juana mujer de Cusa, una tal Susana… apoyaban económicamente la empresa de Cristo. No solo con su trabajo y con su testimonio, sino con su dinero. Al fin y al cabo, esta primera comitiva de Cristo podría estar formada fácilmente por cien personas, teniendo en cuenta que en un pasaje del Evangelio se nos narra que el Señor envió a setenta y dos discípulos a misionar. De este pasaje es fácil dilucidar dos cosas: una, que Cristo logró reunir en torno a sí a una primera comunidad cristiana de más de cien personas, comunidad itinerante que tenían que comer, que dormir y que atender una serie de necesidades a diario en lugares diferentes. Y la segunda, que no es descartable que en ese grupo de setenta y dos, enviados en parejas, no fuesen solo setenta y dos hombres. Los evangelios habla de setenta y dos discípulos, y entre el grupo de discípulos, como estamos refiriendo, había hombres y mujeres.

Es posible que en ese grupo de setenta y dos hubiese también mujeres, quienes daban testimonio o se anticipaban a la llegada de la comitiva de Jesús para hacer los preparativos propios. No me imagino a los apóstoles encargados de la intendencia doméstica de más de cien personas, la verdad, y sí me puedo imaginar a un grupo fuerte de mujeres como María Magdalena que se adelantaban en aldeas y pequeñas poblaciones para preparar la llegada del Señor.

Al mismo tiempo, el papa Benedicto XVI nos recordó en una catequesis dedicada a las mujeres del Evangelio, que: "El apóstol san Pablo admite como algo normal que en la comunidad cristiana la mujer pueda "profetizar", es decir, hablar abiertamente bajo el influjo del Espíritu, a condición de que sea para la edificación de la comunidad y que se haga de modo digno". (Catequesis del Papa Benedicto XVI, 14 de febrero de 2007, refiriéndose a 1 Co 11, 15).
¿Cuantas veces estas mujeres como Juana o María Magdalena, no hablaron ante una multitud dando testimonio de lo que habían visto y oído del Señor? ¿Cuantas veces no serían ellas las que explicaran una parábola concreta que podían haber oído varias veces al Señor, en diferentes pueblos? ¿No contarían ellas mismas a otras mujeres lo que Jesús les había hecho a ellas? Lucas nos las presenta como un grupo de mujeres que: "habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades", y entonces cita textualmente a María Magdalena y a Juana mujer de Cusa. ¿Qué bendición no había regalado el Señor a esta mujer rica y bien posicionada en la vida política de Galilea? ¿Cual era su vida antes de vivir ese encuentro con el Señor, y cual fue después? ¿De qué enfermedad la curó, o de qué espíritu inmundo la liberó? Y después de vivir ese encuentro con el Señor, ¿no va esta Juana a dar testimonio entre otras mujeres y hombres? ¿Se lo va a callar? A raíz de los estudios realizados, yo apuesto porque estas mujeres tuvieron un papel principal en la evangelización, en la predicación del Evangelio y en el testimonio de Cristo. Fueron como ese grupo de buenas amigas que conozco que se dedican a organizar grupos de oración en sus casas, retiros de fines de semana para mujeres y diferentes actividades, en nuestro mundo de hoy, cuyo centro y razón es dar testimonio de Cristo. Abren las puertas de sus casas, mujeres laicas y casadas, con hijos, para, durante unas horas, orar en comunidad, leer el Evangelio y "manducarlo", masticarlo lentamente a la luz del Espíritu Santo y compartirlo entre un grupo de laicos. Como en las primeras comunidades harían, cuando el Señor se ausentaba o mientras le esperaban a que llegase.

No eran las chicas de la limpieza
Juana y María Magdalena, como dice el padre Juan Solana en el libro El Proyecto Magdala: "No eran solo las que preparaban la comida y lavaban la ropa; no eran solo las fregonas. Lo hacían, sí, pero lavando la ropa y preparando la comida, daban testimonio activamente de Cristo", y, añado yo, fundaron los primeros grupos de oración con otras mujeres de su tiempo y sus maridos e hijos.

Lucas vuelve a mencionar de nuevo el nombre de Juana más adelante, en el capítulo 24, en otro pasaje de rasgos impresionantes a la hora de describir la actitud de las mujeres. En esta ocasión, Lucas no especifica que esta Juana sea la mujer de Cusa, lo cual hace pensar que, efectivamente, es la misma: si ya la citó con "apellido" una vez, de ser otra habría hecho diferenciación, y, además, la nombra de nuevo justo a continuación de María Magdalena. Sin duda, es Juana la mujer de Cusa. La escena es asombrosa: 

"El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite. "» Y ellas recordaron sus palabras.
Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas.


Se me ponen los pelos de punta al imaginarme a este grupo de mujeres dirigirse aún en la penumbra de la noche hacia el sepulcro de su amigo. Haría frío y no se vería casi nada, apenas alumbradas por algunos candiles o faroles de aceite, caminaban a prisa pero sigilosas por las empolvadas afueras de Jerusalén. Muy posiblemente no durmieran esa noche, o durmieron poco y muy mal. El final de la vida de Jesús y de aquellos tres años que habían vivido con Él, fue tan dramático como doloroso. Por decirlo de alguna manera, en su pensamiento, "no podía ser". 
Habían trasnochado preparando ungüentos, aceites y aromas. Esperaban llegar allí para venerar a un muerto, y se encuentran una tumba vacía. Una tumba en la que apenas 36 horas antes, ellas mismas habían colocado un cadáver, en la que habían limpiado su sangre y visto sus heridas. ¡Las habían tocado con sus manos! Y aquella madrugada, antes del alba, esta Juana y todas las demás, van allí y la tumba está abierta y vacía. Estupor, horror, dudas… anuncio y misión. Donde no estuvieron los hombres, allí empezaron ellas. El resto, ya es conocido…

Lucas, hombre de ciencia
Lucas es el único de los cuatro evangelistas que nombra a esta Juana. Es curioso, porque Lucas es el único de los cuatro evangelistas que no conoció en persona a Cristo. Juan y Mateo fueron de los Doce. Marcos era un niño, pero sí pensamos que llegara a conocer a Jesús. El Cenáculo, dice la tradición, era una propiedad de su familia cuando él era un niño de menos de diez años.

Por tanto, Lucas escribió su texto uniendo relatos, bien copiados de los otros evangelios, o bien copiados de esa denominada "fuente Q", una suerte de colección de escritos ya desaparecidos sobre la vida de Jesús —tesis esta última no demostrada pero sí fundada—.

Este Lucas era médico, discípulo de san Pablo y autor también de los Hechos de los Apóstoles. Un erudito, hombre culto y de ciencia, con una fina inquietud por narrar con exactitud los sucedido y poco amigo de las ficciones. Y entre sus escritos consultados o sus anécdotas escuchadas y anotadas fidedignamente, no le pasó desapercibido que una de las mujeres que acompañó a Jesús fuese tan importante como la mujer del administrador de Herodes, llamada Juana.

Los ritos orientales contemplan a Juana, mujer de Cusa, como santa Juana la Mirófora, por ser una de las mujeres que llevaron mirra a la tumba de Jesús. El Martirologio Romano también la contempla, celebrando su festividad el 24 de mayo —motivo de alegría para celebrar mi propio cumpleaños—, en los siguientes términos: "24 de mayo: conmemoración de la beata Juana, esposa de Cusa, procurador de Herodes, que junto con otras mujeres servía a Jesús y a los apóstoles con sus recursos, y en el día de la Resurrección del Señor encontró removida la losa del sepulcro y lo anunció a los discípulos (s. I)". 
Estamos, por tanto, ante una de las personas que tuvieron más de una conversación con Jesús, a la que Cristo amó como a una de sus má fieles discípulas, y que veló su cupero muerto y anunció su resurrección. Estamos ante una gigante de nuestra Iglesia. A partir de ella, dejará de ser la mujer de Cusa, para pasar este Cusa a ser el marido de Juana la Mirrófora.

Jesús García.
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