Lunes, 18 de enero de 2021

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Palabras «que son más para sentir que para decir»

por Cerca de ti

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Teresa de Ávila                                    Moradas séptimas 
 
Con esta octava entrega llegamos a las últimas moradas, las séptimas, centro del castillo interior, meta de todo peregrino, lugar al que se dirige el sentido de la vida y de todo lo creado.
 
 


«Aún me quedas tú»
 
Apenas leídas las primeras moradas se queda uno tan conmovido por la fuerza de las palabras de Teresa, que no puede dejar de preguntarse con perplejidad: ¿y yo habré entrado dentro de este castillo de muchas moradas, que es la propia existencia vivida en la fe? Si ni siquiera sé si lo he hecho, ¿qué es lo que aguardará entonces a alguien que accede a las moradas definitivas, las séptimas? Cada morada que recorremos bajo la mirada de Teresa nos parece ser la última, ¿qué otra cosa podría venir después de esto? Y el asombro va creciendo de morada en morada, porque la novedad de Dios nos sorprende una y otra vez en la alta voz de la santa de Ávila, y lo más sensato es considerar que ya no puede haber algo más:
 
«Pareceros ha, hermanas, que está dicho tanto en este camino espiritual que no es posible quedar nada por decir. Harto desatino sería pensar esto; pues la grandeza de Dios no tiene término, tampoco le tendrán sus obras». ¡Harto desatino!, se adelanta a decirnos al entrar en las séptimas moradas —esas son las primeras frases—, que nos recuerdan el hermoso salmo 139:
 
«Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto:
si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú» (vv. 1718).
 
En su recorrido por las moradas Teresa nos ha tenido en vilo, nos ha traído bajo la tensión del encuentro definitivo, del «aún me quedas tú», ese tú del que nos había dicho habitaba en el aposento principal «adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma». Sentimos su voz próxima, íntima, confidente, somos sus lectores remotos que multiplicamos la presencia de esas pocas hermanas de los conventos en que pensaba y cuyos rostros tendría ante sí al momento de escribir, y a las que se dirigía Teresa hace casi 450 años.
 
Las moradas sextas concluían con una experiencia de purificación extrema, podríamos decir, un gran sufrimiento espiritual y corporal que no nos es fácil reconocer ni comprender, y que la santa representaba como un golpe poderoso o una flecha de fuego que súbitamente atravesaba el fondo del alma, y que, a pesar de lo tremendo, era un suceso ambiguo y bienvenido, pues preparaba el alma para el momento decisivo: la entrada en las últimas moradas. Teresa confiesa con esa discreta dosis de picardía con que gusta salpicar su relato, que debió superar, llegada a este punto, una «grandísima vergüenza» al tener que decidirse a dar a conocer las séptimas moradas, porque estarán pensando «que yo lo sé por experiencia» —«porque, conociéndome la que soy, es terrible cosa»—, es decir, que ella conoce personalmente estas moradas postreras, porque ha entrado en ellas. Pero luego se da cuenta de que debe hablar, pues así Dios puede ser mejor conocido, por lo cual «¡gríteme todo el mundo; cuánto más que estaré yo muerta cuando se viniere a ver!». O sea: si me dicen algo, no importa, yo ya no voy a estar en este mundo. Uno la imagina con una carcajada, o acaso una amplia sonrisa.
 
La Santísima Trinidad
 
Dios hace entrar al alma en las moradas séptimas por medio de una visión intelectual, aquella que no se ve ni con los ojos del cuerpo ni con los del alma, sino a la que se accede por un modo distinto e inefable en que Dios revela algunos secretos y los pone en el corazón, tal como explicó en las moradas sextas. Aquí «se le muestra la Santísima Trinidad», que inflama el alma manifestándose como en «una nube de grandísima claridad». En esta visión las tres Personas divinas le hablan y le comunican las palabras de Jesús: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él» (Jn 14, 23).
 
En «lo muy interior» Teresa «siente en sí esta divina compañía», que a partir de entonces se da a conocer en todo momento, aunque no con la fuerza con que lo hizo la primera vez o en otras oportunidades en que el Señor desea hacerlo «con esta tan clara luz», porque si así sucediere de continuo sería «imposible entender en otra cosa ni aun vivir entre la gente». A Teresa se le ocurre la siguiente comparación: «Digamos ahora como una persona que estuviese en una muy clara pieza con otras, y cerrasen las ventanas y se quedase oscuras; no porque se quitó la luz para verlas, y que hasta tornar la luz no las ve, deja de entender que están allí».
 
Evocar y recrear esta imagen resulta realmente emocionante: contemplar la escena en la cual nos vemos rodeados por la Santísima Trinidad en la intimidad de una habitación por cuyas ventanas penetra una luz celestial e inmaculada, evocar el transcurso del tiempo y el declive imperceptible de la claridad que va esfumando la majestad de las presencias del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, hasta hacer sobrevenir la oscuridad que vela las miradas y esconde las Personas divinas, que, sin embargo, no cabe duda, siguen estando allí… ¿No es igualmente  sobrecogedora, al menos, esta forma de presencia habitada por la noche que esa otra en la epifanía de la nube esplendente? Una emoción que pudimos alguna vez acaso advertir sentados en la butaca de un teatro, cuando el hechizo de una escena conmovedora se va disipando con la luz que gradualmente se desvanece…, y sentimos fugazmente la nostalgia de lo que fue y que deseamos ya reencontrar, y que, habiéndose alejado está más presente en nuestro ánimo, en nuestro pensamiento, en nuestro corazón, como una gran inspiración.
 
La imagen de la habitación cuya luz va declinando bien puede simbolizar las moradas todas, la existencia de la fe jalonada por signos profundos pero huidizos, por ocasionales «evidencias» o «visiones», por cometas que de tanto en tanto cruzan el firmamento y nos permiten mirar más allá, descubrir los senderos más altos que reconducen nuestras vidas, por esos «despertares» del alma de los que habla Teresa, como si esta vida fuese un sueño, un ver a tientas, un vivir en pos de la Vida plena, de la luz verdadera: «y la medida de mi amor viajero / es no verte y amarte como un ciego», dice Neruda a Matilde, su mujer (soneto LXVI, Cien sonetos de amor). Es que todo amor es un reflejo de este gran amor de Dios, es un tratar de encontrarte a ti, tratar de entrar en ti. Las moradas nos hablan de esta gran esperanza, de que sigas esperando a aquel que de tanto en tanto se asoma con atrevimiento, y se deja vislumbrar, y se vuelve a ocultar, para que sigas buscándolo, y hagas memoria de esos momentos sacramentales, en los que la clara luz que descendía de los cielos y penetró por las ventanas abiertas, iluminó la escena de tu vida, ese «mundo interior, adonde caben tantas y tan lindas moradas como habéis visto».
 
El matrimonio espiritual
 
En las moradas quintas Teresa había comenzado a desarrollar la relación con Dios bajo el símbolo del noviazgo, un modo notable en que la Escritura representa la alianza —la relación, la amistad— entre Dios y los hombres, entre Dios y el creyente. Es en las moradas séptimas en que se consuma «el divino y espiritual matrimonio», es decir, la unión más íntima que se pueda tener con el Señor. La santa de Ávila cuenta que la primera vez ello sucedió cuando después de comulgar el Señor se le representó en una visión en imágenes —aquella que se puede ver con la mirada interior—, «con forma de gran resplandor y hermosura y majestad, como después de resucitado», y le dijo «que ya era tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas y él tendría cuidado de las suyas, y otras palabras que son más para sentir que para decir».
 
Teresa piensa en algunas comparaciones para expresar la comunión que se realiza en el matrimonio espiritual, mucho más profunda que la conocida en las anteriores moradas. Teresa piensa en la lluvia que cae del cielo en un río, y ya no se podrá distinguir unas aguas de otras; piensa en una pieza, nuevamente, donde «estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida se hace todo una luz». «Riéndome estoy de estas comparaciones, que no me contentan, mas no sé otras». Teresa piensa, claro, en la oración de Jesucristo que ve cumplida en las moradas séptimas: «Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros» (Jn 17, 21).
 
Si la peregrinación por las moradas es un ir muriendo a sí misma, como lo ha dicho Teresa tantas veces, en esta oportunidad hay un llegar a la otra orilla, hay una vida nueva que está aguardando en este morir, y aquella mariposita de las moradas quintas que revoloteaba inquieta sin hallar sosiego, expresión de quien ya no se contenta sino en Dios, porque ha gustado de su amor, que ya no encuentra paz sino en ser definitivamente colmada por el amor de Dios, pues bien, aquella mariposita «que hemos dicho, muere, y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo», porque «para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1, 21), porque a partir del matrimonio espiritual es «Dios el que da vida a nuestra alma», y es tal el sentimiento que a veces se atina a murmurar unas palabras de amor como «¡Oh vida de mi vida y sustento que me sustentas!, y cosas de esta manera»…
 
Este morir es un vaciarse de sí por completo, una novedad donde «el mismo Señor la ha de henchir de sí», de modo tal «que vive en ella Cristo», y esa vida nueva es como un «movimiento interior» que «procede del centro del alma y despierta» la vida, un «particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros» para que gocemos «de estos toques de su amor tan suaves y penetrativos»… Y «en esta morada suya, sólo él y el alma se gozan con grandísimo silencio», y «está el alma en quietud casi siempre», «no se espanta de nada», «no se halla con aquella soledad que solía, pues goza de tal compañía», y aunque no falta la cruz, ya no «inquieta ni hace perder la paz», sino que pasa «presto, como una ola, algunas tempestades, y torna bonanza». No es que se terminen los tiempos de guerra, ni los trabajos, ni las fatigas, ¡no, no! Y «es cosa dificultosa el decirlo», pero, puede haber «barahúndas y fieras ponzoñosas y se oye el ruido», es cierto, «pero nadie entra en aquélla» morada donde se encuentra «el rey en su palacio», y todo esto, aunque dé pena, «no es manera que la alboroten y quiten la paz».
 
Y porque «Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor, y tenerle siempre consigo», «es menester no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar», sino imitar al Señor «en el mucho padecer», porque «de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan obras, obras», si bien «el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen».
 
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