Miércoles, 16 de octubre de 2019

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«Recibirá de lo mío». Efusión del Espíritu hacia dentro y hacia fuera.

por Cerca de ti


Efusión del Espíritu Santo hacia dentro y hacia fuera

Al pensar en el envío del Espíritu Santo, espontáneamente nuestra mente e imaginación se dirige al día de Pentecostés, palabra griega que significa «quincuagésimo», en alusión al día número cincuenta después de la Pascua, en que el Señor resucitó. El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por el evangelista san Lucas como continuación de su Evangelio, contiene esa página famosa (Hch 2, 111) que refiere los sucesos que tuvieron lugar en Pentecostés, en esa gran sala ubicada en el piso superior de una casa de Jerusalén, que hoy sigue siendo visitada por incesantes peregrinos y turistas, y donde Jesús celebró la última cena, donde se reunían también los apóstoles, y donde se apareció el Resucitado. La sala es conocida con el nombre de «cenáculo».

Estaban «todos» reunidos, señala Lucas. ¿Quiénes, cuántos? Los apóstoles, por cierto, incluyendo a Matías —apenas elegido, que sustituye a Judas Iscariote—, María, algunas mujeres y sus hermanos (1,14), y un grupo más amplio de seguidores, acaso hasta esos ciento veinte que fueron mencionados poco antes (1,15). Es probable, pues, que la asamblea, unida en la intimidad de la oración (cf. 1, 14) haya sido bien numerosa.

«De pronto —sigue Lucas— vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar…» En Jerusalén había muchísimos judíos venidos «de todas las naciones del mundo» para participar de la fiesta judía de Pentecostés (en que celebraban la alianza de Dios con su pueblo en el Sinaí y la entrega de las tablas de la ley). La multitud no pudo dejar de oír el estrépito, y a pesar de hablar unos y otros idiomas distintos, de acuerdo al lugar de donde provenían, todos pudieron comprender, «asombrados», «las maravillas de Dios» proclamadas por los discípulos en una lengua, al parecer, accesible a todos los que allí se encontraban.   

A pesar de que esta escena portentosa de Pentecostés se levanta ante nosotros con su poderosa escenografía de imágenes de profunda sugestión —la casa, el estruendo, la ráfaga de viento, las lenguas de fuego, el gentío que sale al encuentro, el poder de comunicación que ahora asiste a los discípulos para entrar en  comunión con aquel contingente internacional—, no es la de Lucas la palabra única y exclusiva acerca de la efusión del Espíritu Santo contenida en las Escrituras. En más de una oportunidad habrá despertado nuestra curiosidad reparar en que otro evangelista, san Juan, se refiere al don del Espíritu Santo en el cenáculo también, pero en un contexto bien distinto al presentado por Lucas, ya no en el quincuagésimo, sino en el día primero, el de la mismísima Pascua, el día de la Resurrección de Cristo:

«Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. (…) Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo”» (Jn 20, 19-22).

Esto quiere decir que el relato del envío del Espíritu Santo nos ha llegado por dos vías distintas. No se trata de que tengamos que elegir entre uno y otro, sino que ambos están vinculados, son ciertos y, además, complementarios, tal como lo explica Juan Pablo II en su carta sobre el Espíritu Santo. «Tal acontecimiento —dice, refiriéndose al relato de Pentecostés, de Lucas— constituye la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo cenáculo el domingo de Pascua» (DeV 25) [según nos lo narra san Juan en su Evangelio].

Es cierto, Pentecostés es la manifestación concluyente, pública, ostensible y solemne del don del Espíritu Santo, que abre las puertas del cenáculo, e impulsa a la Iglesia hacia afuera. En contraposición, la efusión del Espíritu relatada por Juan es una manifestación a puertas cerradas, que orientada hacia la interioridad,  se ahonda en la intimidad. La de Lucas es fuerza, poder, acción, presencia del Espíritu que descorre el horizonte de la historia y la geografía, que conduce a los discípulos desde Jerusalén hasta Roma, hasta los confines del mundo, tal como consta en el libro de los Hechos.

A Juan, por su parte, le interesa contarnos qué cosas hace el Espíritu Santo en el corazón, cómo lo transforma. En su Evangelio Jesús pronuncia un largo discurso de despedida durante la última cena, ante la inminencia de su partida, su Pascua, y en cinco ocasiones se refiere al envío del «Paráclito», tal como llama al Espíritu en esta ocasión. Son palabras que inspiran consuelo e intimidad, aunque superen la comprensión de los discípulos. El Paráclito estará y permanecerá en ellos, no hay por qué entristecerse. Les enseñará todo, les recordará sus palabras, los adentrará en toda la verdad, y les compartirá todo lo que es suyo…

El Espíritu, tal como lo refiere san Juan, es espirado por Cristo Resucitado: «sopló sobre ellos». En el caso de Lucas, viene ruidosamente del cielo como ráfaga de viento. Aliento personal, suave y cercano, el día de Pascua, por un lado; y viento impetuoso, procedente desde lo más trascendente y alto, lleno de poder, el día de Pentecostés, por otro. Ambas modalidades en que el Espíritu se manifiesta corresponden, precisamente, a los dos significados fundamentales denotados por su mismo nombre, «Espíritu», traducción al español del término original hebreo, «Rúaj»: aliento  o respiración por una parte, y viento fuerte por otra.

En aquel largo discurso de despedida, Jesús había dicho del Espíritu Santo frases que debieron desconcertar a los apóstoles: «les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré» (Jn 16, 7). ¿A qué se refiere con «si me voy»? A «su hora de pasar de este mundo al Padre», es decir, a su pasión, muerte y resurrección, el acontecimiento inminente de su Pascua. Hay un estrecho vínculo, una realidad determinante a partir de la cual el Padre puede enviar el Espíritu a pedido de Jesús: la hora del amor hasta el extremo (Jn 13, 1). La efusión del Espíritu Santo depende de la Pascua de Cristo.

¿Pero por qué es condición necesaria la partida de Jesús para la venida del Espíritu Santo? En aquel discurso de despedida Jesús deslizó esta otra frase: «Él me glorificará porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes» (Jn 16, 14). 

Sabemos, es cierto, que el Espíritu «no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído», es decir, que dará a conocer la Palabra del Padre, que es Jesús. El Espíritu permanecerá invisible, inaudible, en extrema humildad, pues su misión será la de iluminar el rostro de Jesús y hacer oír su voz. Aun así, el Espíritu no puede ser enviado hasta no recibir algo que no ha acontecido aun: ¡la pasión, muerte y resurrección de Cristo!, ¡el amor hasta el extremo!

El Espíritu Santo glorificará, es decir, manifestará, mostrará a Jesús haciendo entrar a los discípulos no en lo parcial o lo poco, sino «en toda la Verdad» (16, 13) de Jesús, porque hará resplandecer la Pascua de Cristo en cada corazón en el que será derramado personalmente, infundirá el amor hasta el fin, aquel que venció el pecado y la muerte en el Calvario.
Gran misterio de amor esta «misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables» (CatIC 689), recuerda el Catecismo. Juan quiere dejar en claro que el amor del Espíritu que recibimos no es un sentimiento new age, o una vaga realidad intelectual, o una cosa homogénea repartida por igual entre todos, o un amor promedio y genérico de Dios, o un añadido novedoso a lo hecho anteriormente por Cristo, sino que es algo muy serio, real y concreto: es el amor de Cristo entregado en la cruz, y que se llevó su sangre. Es el amor único, ese que te puede salvar de tu propia oscuridad, que puede rescatarte de eso que te tiene arrinconado, prisionero, oprimido, eso que no te deja salir y abrir tus puertas hacia una vida nueva.

Es el amor que viene desde lo alto, como ráfaga de viento, ese que se entregan mutuamente el Padre y el Hijo y cuyo resplandor alumbró la cruz, un amor sin fondo, y personal: el Espíritu del Padre y el Espíritu del Hijo: el Espíritu Santo. Él, personalmente, introduce este misterio, el misterio pascual, en las almas. El Espíritu hace entrar la Pascua redentora en lo más profundo de cada bautizado. El Espíritu «recibirá de lo mío» que viviré en la cruz, mi pasión, mi muerte, mi resurrección, y lo infundirá en sus corazones: «recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes». «La redención realizada por el Hijo en el ámbito de la historia terrena del hombre —realizada por su “partida” a través de la cruz y resurrecciónes al mismo tiempo, en toda su fuerza salvífica, transmitida al Espíritu Santo: que “recibirá de lo mío”» (Juan Pablo II, DeV 11).

El relato de Juan sobre la efusión del Espíritu Santo indica que Jesús, antes de soplar sobre los discípulos, «les mostró sus manos y su costado», queriendo significar así que «les da su Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión» (DeV 24). El soplo del cielo pasa por la cruz, y se llena de Jesús, de su amor incondicional, que no merecemos, antes de tocar y entrar en nuestros corazones.

Juan quiso incluso expresar una primera huella de la efusión del Espíritu en el mismo momento de la muerte de Cristo: «E inclinando la cabeza, entregó su espíritu» (Jn 19, 30). Las palabras son acompañadas por un signo por demás elocuente. Cuando el soldado le atravesó el costado con la lanza, «en seguida brotó sangre y agua» Brotó el Espíritu Santo, simbolizado por el agua. La sangre que mana de la fuente está diciendo: ¡cuidado, la efusión del Espíritu costó la sangre del Hijo! Así de grande es este amor. ¿Qué cosa esperamos cuando pedimos el Espíritu Santo?
 
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