Sábado, 07 de diciembre de 2019

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Dios se acerca primero y nos espera. Pseudo Crisóstomo

Dios se acerca primero y nos espera. Pseudo Crisóstomo

por La divina proporción

El evangelio de hoy domingo 28 de junio es muy bonito. Muestra dos curaciones y las circunstancias en las que se produjeron. La hemorroisa y la hija del jefe de la Sinagoga son personas que necesitan de Cristo y no se quedan es su casa esperando. La primera de ellas toma la iniciativa y toca el manto del Señor. En el segundo caso, es el padre de la niña, el que va a implorar la misericordia de Cristo. Aunque Cristo es siempre el que da el primer paso para estar cerca de nosotros, también es evidente que espera pacientemente a que seamos capaces acercarnos a Él. 


Aquellos, pues, que tocan por la fe a Cristo, reciben de El sus virtudes con la buena voluntad que viene de El. "Al mismo tiempo Jesús, conociendo la virtud que había salido de sí, vuelto a los circundantes decía: ¿Quién ha tocado mi vestido?". Las virtudes del Salvador no salen de Él materialmente, como si lo abandonaran de algún modo, porque, siendo incorpóreas, cuando salen para comunicarse a otros no abandonan a aquél de quien han salido, como las ciencias que se dan por el maestro a los discípulos. Dice pues: "Conociendo la virtud que había salido de sí", para darnos a entender que la mujer recibió la salud, no sin que El lo conociera, sino sabiéndolo. No obstante, preguntaba: "¿Quién ha tocado mi vestido?", para que se manifieste aquella mujer, se divulgue su fe, y no se pierda en el olvido el beneficio de aquel milagro. (Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum)

En el pasaje de la hemorroisa, siempre me ha parecido curioso que Cristo aparentara desconocer quien le había tocado. El autor de este comentario, Pseudo-Crisóstomo, nos da una clave muy importante. Cristo le pide que dé testimonio, que muestre su fe ante los demás. Acercarnos a Cristo no es un acto secreto que nadie puede conocer y que a Dios no le importa que sea escondido. 

Como seres humanos, el pecado nos lleva a vivir la fe de forma personal e interior. Lo que Dios nos regala, nos lo quedamos para nosotros mismos porque nos creemos sus dueños. Nos gustan lo grupos cerrados que viven su fe hacia dentro de forma protectora y diferenciadora. Imaginemos una orquesta donde cada grupo de instrumentos se reúne en solitario para tocar para ellos mismos. Los dones que Dios nos presta, nos son para nosotros mismos, sino para ser compartidos y aprovechar a quienes no los han recibido. 

Del segundo episodio, el de la hija del jefe de la Sinagoga, resaltaría la Esperanza que nace de la confianza en el Señor. Aunque el mal parezca que ha vencido y que es irremediable, Dios es capaz de transformarlo en bien. Unas veces cambiando lo que parece que no tiene remedio, otras transformándonos a nosotros para que demos testimonio del Amor de Dios. La oración no es un acto mágico que utilizamos para que Dios nos sirva. Dios no puede ser utilizado para satisfacer nuestros deseos. La oración sincera y humilde permite que Dios entre en nosotros y nos transforme. Los que antes era imposible de soportar ahora nos ayuda a dar gloria a Dios. 

Si miramos la actualidad eclesial, es fácil desanimarse por todo el ruido mediático que nos rodea. Vemos muchos tipos de escándalos que nos duelen en carne propia. Muchas rencillas entre hermanos. Muchas descalificaciones mutuas. Muchos actos prepotentes y soberbios que se intentan pasar por comportamientos misericordiosos. Muchas mentiras que buscan reconocimiento como verdades. El cristiano no debería que “comprar” las pastillas de desesperación que el enemigo nos vende a mitad de precio. No deberíamos de pensar que no tenemos remedio, sino todo lo contrario. Tenemos remedio. 

Alargar la mano y tocar el manto de Cristo nos permite seguir adelante llenos de esperanza. Confiar en que Cristo acallará la tormenta, siempre que decidamos despertarlo. La mano de Cristo que no saca del agua cuando nos hundimos. La voz del Señor que despierta a la niña que parece muerta. ¿Qué es lo que tenemos que temer? La desesperanza que nos cierra el corazón y los ojos. Ese es el veneno que el enemigo nos ofrece en su maravillosa campaña mediática.

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