Sábado, 07 de diciembre de 2019

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Construyendo las estructuras humanas, no se llega a Dios

Construyendo las estructuras humanas, no se llega a Dios

por La divina proporción

En el Evangelio de hoy domingo, un leproso se acerca a Cristo y le dice: “Si quieres purifícame” y Cristo, conmovido, le toco diciendo “Lo quiero, queda purificado”. ¿En quien confiamos? ¿En Dios o en nuestras fuerzas y estructuras? Las fuerzas y estructuras humanas son necesarias para objetivos humanos. La mano de Cristo es necesaria para sanar nuestra realidad cotidiana. 

Como el leproso, podemos aproximarnos a Cristo solicitando con confianza y certeza, que, sí el quiere, los errores, corrupciones y pecados serán borrados de nosotros. Lo curioso es que normalmente acudimos a las fuerzas humanas y creamos Torres de Babel inmensas, que creemos que serán las herramientas de la salvación. Sin duda estas fuerzas y estructuras a veces nos confunden y desvían del camino.

Con razón te confundes, pues esperabas algo de ti o de algún hombre amigo, y maldito el que pone su esperanza en el hombre. Te confundiste porque te engañó la esperanza; te engañó la esperanza puesta en la mentira, pues todo hombre es mentiroso. Si hubieras basado tu esperanza en Dios, no hubieras sido confundido, porque aquel en quien debías colocar la esperanza no puede ser engañado. Por esto, aquel de quien poco antes hablé como justo alentado y colocado en el tiempo malo, es decir, en el día de la tribulación, al no ser confundido, ¿qué dice? Nos gloriamos en las tribulaciones, conociendo que la tribulación labra la paciencia; la paciencia, la prueba; la prueba, la esperanza, y la esperanza no confunde. ¿Cómo es que no confunde la esperanza? Porque está puesta en Dios. Por lo tanto, prosigue: Porque la caridad de Dios está difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Ya se nos dio el Espíritu Santo, ¿cómo nos ha de engañar la fe puesta en aquel de quien tenemos tal prenda? No serán confundidos en el tiempo malo, y en los días de hambre serán saciados. Aquí tienen cierta hartura. Días de hambre son los de esta vida; pero siendo en ellos saciados los justos, se hallarán otros, hambrientos. ¿Cómo se gloriaría aquél diciendo: Nos gloriamos en las tribulaciones, si interiormente padeciese hambre? Al exterior se presentaban tribulaciones y angustias, pero en el interior había amplitud y alegría. (San Agustín, Comentario al Salmo 36, S.2) 

En los tiempos que corren no es raro encontrar dentro de la Iglesia, a muchas personas que viven con una sensación confusión. Un ejemplo de ello es la expectación mediática que está siguiendo los cambios de la Curia Vaticana. Parece que de esos cambios dependerá algo tan importante que tenemos que fijar la vista en lo que suceda. La realidad es diferente. Nada realmente trascendente ocurrirá tanto si la reforma de la Curia es revolucionaria como si no lo es. Podremos reducir o ampliar los Dicasterios, Congregaciones o Pontificios Consejos. Podemos aumentar lo número de laicos o disminuirlo. Podemos nombrar a más o menos cardenarles. Todos estos cambios no llevan a que el Mensaje y el Misterio de Cristo cambie un grano de mostaza. Tampoco cambiarán la naturaleza humana. El ser humano puede corromperse o ser santo, en una estructura sencilla o una compleja. Los problemas de gestión del Estado Vaticano seguirán siendo los mismos y los problemas de gestión eclesial, no dejarán de aparecer y distorsionar cualquier estructura que se establezca. No hay problema en que el Papa cambie lo que estime oportuno para sentirse cómodo dentro de la organización. Para los fieles, esto no cambia la Palabra de Dios ni la necesidad de acceder a la Gracia de Dios. 

Quien siente incertidumbre y desconfianza ante estos cambios organizativos es que espera del ser humano algo que no le compete directamente. Santa Catalina de Siena tuvo claro que la Iglesia sólo puede cambiar si  cada uno de nosotros se convierte y se deja transformar por Cristo. ¿Queremos cambiar la Iglesia? Empecemos por nosotros mismos ya que cada uno de nosotros somos Iglesia. Nuestros pecados conforman los pecados de la Iglesia. Nuestra santidad es la santidad de la Iglesia. 

Para ello debemos acercarnos como el leproso y decirle a Cristo “Si quieres purifícame” antes de poner la esperanza en nosotros mismos  o en otras personas como nosotros.

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