Domingo, 24 de marzo de 2019

Religión en Libertad

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Los abusos dejan heridas que no prescriben

por Nobleza obliga

La Iglesia en el Estado de Pensilvania vive un terremoto. Y cuando hay un terremoto lo primero que sale a la luz no son las edificaciones que se mantienen de pie, sino aquellas que cayeron. No importa cuántos sobrevivientes hubo sino cuántos murieron. Basándose en eso, se puede dimensionar la magnitud de la tragedia.

En seis de las ocho diócesis de este Estado, el número de víctimas de abuso sexual de parte del clero supera los mil. Y el número de victimarios es de 301. Han ocurrido en los últimos 70 años y, aunque en los años más recientes ha disminuido notablemente (solo 13 desde el año 2003, con las medidas aplicadas en todas las diócesis de los Estados Unidos tras el escándalo publicado en el diario Boston Globe en el año 2002), las denuncias de abuso sexual en la Iglesia no han desaparecido.

Duele ver cómo (y no solo en los Estados Unidos) muchas personas se acercan con buena fe a la Iglesia y en lugar de confianza reciben traición. En lugar de llevar una vida sana, es allí donde descubren (muchos porque son víctimas) las peores perversiones. Y aunque estos delitos, de acuerdo con las leyes de cada país, tienen un plazo para ser denunciados, “las heridas nunca prescriben”, como dijo el Papa Francisco en su carta publicada el pasado 20 de agosto.

Una víctima de abuso de alguien que, se supone, es un referente moral, difícilmente se recupera de este golpe. Por años permanecen sentimientos como el miedo, la vergüenza, la culpabilidad entre otros. Muchos llevaron este duelo en silencio por miedo a ser juzgados o incomprendidos. Algunas víctimas dicen en este informe cómo hoy les cuesta vivir sus relaciones sentimentales a consecuencia de los padecimientos que sufrieron en su infancia o adolescencia.

La petición de perdón del Papa Francisco es sensata: “Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas”.

El problema es que, en muchos casos, aquellas víctimas, llenas de dolor, pero también armadas de valor, se han acercado a la Iglesia a denunciar lo que les ha ocurrido (algunos muchos años después) y en lugar de la acogida y la petición de perdón, han sido rechazadas y consideradas enemigas de la Iglesia. La herida así se ha hecho más profunda y difícil de sanar. Cualquier persona debe sentirse con el derecho y el deber de realizar estas denuncias. Debe ser escuchada y también protegida. Las sospechas de conductas inapropiadas deben ser investigadas y para ello, se necesita la participación de todos sus fieles, pues como dijo el mismo Papa: “El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos”.

Nada puede devolver el pasado y hacer que las víctimas de abuso sexual vivan como si no hubiesen sufrido nada. Sin embargo, la Iglesia debe continuar pidiendo perdón, acogiendo a las víctimas, escuchándolas y erradicando ese “afán de dominio y posesión” que reina en muchos sectores, que es la raíz de estos males y que desvirtúan a una institución que ha hecho tanto bien a lo largo de la historia porque han sabido mostrar el amor de Jesús del cual son testigos y eso es lo que debe perdurar.

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