Lunes, 22 de abril de 2019

Religión en Libertad

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Reflexionando sobre el Evangelio

¿Qué signo nos muestras? Un sacramento

por La divina proporción

El Evangelio de hoy nos comunica mucho más que el simple relato que se realiza. De hecho se unen dos líneas argumentales que dan lugar a dos sucesos diferentes, pero que no dejan de estar unidos por su entendimiento. Por una parte tenemos a la mujer que toca el manto de Cristo con fe y ve curada su enfermedad. Por otra parte, tenemos el relato de un padre que solicita la curación de su hija. En ambos casos tenemos un esquema parecido: se solicita a Cristo que nos ayude y en ambos casos, Cristo atiende a quienes hacen esta petición con profunda fe.

Profunda fe, que además, tiene implícita la firme esperanza de ser atendidos y la docilidad para ser marcados por el Espíritu

Leamos lo que nos dice Beda el venerable y nos daremos cuenta de la profundidad de los actos de Cristo:

Una mujer llena de fe toca al Señor, y la muchedumbre lo oprime, porque el que se ve abrumado por las diversas herejías o por las costumbres perversas, es venerado solamente por la fiel Iglesia católica. La Iglesia de las naciones viene detrás, puesto que, no viendo al Señor presente en la carne, llega a la gracia de la fe después que se han cumplido los misterios de su Encarnación. Y así, cuando mereció verse libre de los pecados por la participación de los sacramentos, secó la fuente de su sangre como por el contacto de sus vestidos. Y el Señor miraba en torno suyo para ver a la que lo había tocado, porque juzga dignos de su mirada y de su misericordia a todos los que merecen la salvación. (Beda el venerable. In Marcum, 2, 22)

Las curaciones milagrosas se produjeron realmente. No se trata de relatos fantásticos, como algunos nos quieren dar a entender. Cuando Dios actúa no lo hace únicamente en el plano de misericordia física. Cristo no vino a sanar milagrosamente a algunas personas. Cristo vino a señalarnos el camino a la salvación y los milagros realizados son poderosos signos que nos dan a entender la profundidad de la misericordia de Dios. En Mateo 13,58 se indica claramente que Cristo no obró milagros en donde no existía fe, es decir, donde no había esperanza y entendimiento de su misión. ¿No sufría igualmente las personas allí? Sin duda que sufría enfermedades y problemas, pero no eran capaces de unir su voluntad humana a la Voluntad de Dios.

No eran capaces de poner su esperanza en Cristo y dejar que Él nos llevara donde Dios deseaba.

Beda no señala uno de los significados del signo de curación de la hemorroisa. ¿Por qué oprime la muchedumbre a Cristo? Sin duda todos deseaban un don, una gracia, una curación. Iban a Él directamente pidiendo, pero la mujer enferma no sigue ese patrón de acceso. Ella sabe, entiende profundamente, que la acción de Dios parte de unidad del ser humano con Dios. Ella tenía fe, porque sabía y hacía suya la presencia de Dios. Por eso sólo tuvo que tocar el manto de Cristo para que Dios actuara en ella. No se trata de magia, como algunos actores indican de forma errónea. La curación se obra previamente en el corazón de la mujer y se hace realidad cuando accede a Cristo con humildad absoluta.Cristo, tal como dice Beda, vive ese momento abrumado por todos los que le solicitan favores y dones. Abrumado en el sentido humano, no en el divino.

Dios atiende con generosidad a quienes fielmente se unen a la Voluntad de Dios, hacen realidad la Iglesia en su ser.

En nuestro caso, no es que abrumemos a Dios con nuestras necesidades. Más bien lo ignoramos o le tenemos como un elemento cultural más de nuestro entorno. Incluso para quienes viven su vida de fe de forma adecuada, no se trata de “ir a la iglesia”, sino de “ser Iglesia”. Ser templo vivo de Dios conlleva dejar que el Espíritu Santo nos haga símbolos de Cristo. Beda nos dice que “el Señor miraba en torno suyo para ver a la que lo había tocado, porque juzga dignos de su mirada y de su misericordia a todos los que merecen la salvación”, pero sólo quien accede a él desde el Espíritu y la Verdad, une su destino con la Voluntad de Dios. Entonces, se realiza el milagro, ante los ojos incrédulos de la multitud de quienes acceden a Cristo desde el egoísmo personal, desde el utilitarismo religioso. Dios nos ofrece algo mucho más profundo y necesario: a Él mismo.

De hecho, el manto de Cristo actuó como sacramento. Fue vía de acceso material de la Gracia de Dios.

Hoy en día somos incapaces de tener la misma fe y esperanza que la mujer del episodio evangélico. Al acercarnos a Cristo en la Eucaristía no encontramos el manto de Cristo. Parece que no nos hiciera falta, porque nos creemos completos y sin necesidad de conversión. Para nosotros, seres postmodernos del siglo XXI, la Eucaristía es un acto social que realizamos cada domingo para sentirnos incluidos en una comunidad humana, más o menos cercana. Los Misterios que celebramos son simples excusas para vernos y cumplir con la condición de ello. Tristemente, en cada misa y en cada segundo de nuestra vida, Cristo pasa cerca, nos mira, nos espera, pero nosotros seguimos nuestro camino sin darnos cuenta de Quien nos ofrece su Mano.

 

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