Domingo, 27 de septiembre de 2020

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Romance del martirio del SD José García Librán y su hermano Serafín

por Victor in vínculis

José María Gómez Gómez (Parrillas, Toledo, 1951) poeta, historiador y catedrático de Lengua Castellana y Literatura es, además, miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, pertenece a la Cofradía Internacional de Investigadores, Gran Maestre del Capítulo de Isabel La Católica y Presidente de la Academia de la Hispanidad. En el año 2004 escribió el “Romance del martirio del siervo de Dios José García Librán y su hermano Serafín” dedicado a Ramón García Chico, por aquel entonces alcalde de Torrico (Toledo), sobrino de los mártires.
 
Siervo de Dios José García Librán
José había nacido en el pueblo de Herreruela de Oropesa (Toledo), el 19 de agosto de 1909. Hijo de Florentino García y Gregoria Librán. El hogar donde nace es profundamente cristiano. José ingresó con 12 años en el Seminario Conciliar de Ávila, donde realizó estudios de Latín, Humanidades, Filosofía y Sagrada Teología, antes de ser ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1933. En aquel momento, el entonces obispo de Ávila, Enrique Plá y Deniel, le encomendó las parroquias de Magazos y Palacios Rubios y más tarde también la de Gavilanes.

Cuando estalla la Guerra Civil, don José que venía huyendo de Gavilanes por las amenazas de muerte que recibe en el pueblo, se reunió con su hermano Serafín (25 años), que estudiaba medicina en Madrid. Ambos, en vista del peligro, y aconsejados por algunos feligreses, se marcharon a una casa al campo. Pero tan pronto como las milicias de la vecina villa de Pedro Bernardo conocieron el lugar donde se hallaban escondidos, decidieron ir a buscarlos y llevarlos con ellos. A Serafín le dieron la oportunidad de escapar. Buscaban al cura, pero él quería correr la misma suerte que su hermano. Sabía que el desenlace podía ser la muerte, pero estaba dispuesto. No llegaron al pueblo. Tenían prisa por matarlos. Los perseguidores iban hiriendo a los dos con hachas y armas cortantes. Querían hacerles sufrir antes de que murieran, quieren arrancarles la apostasía. Eran las cinco de la tarde del 14 de agosto, en el lugar conocido como La Cuesta de Lancho fueron asesinados los dos, el párroco y su hermano. Recibieron sepultura en el término municipal de Pedro Bernardo, aunque un mes más tarde su familia trasladó sus restos al cementerio del municipio toledano de Torrico y los de don José, en el año 1942, a la iglesia parroquial. En dicho templo se encuentra el óleo que acompaña estas líneas.
La Causa del Siervo de Dios Serafín García Librán se instruye aparte, con un grupo de sacerdotes y seglares que la Diócesis de Ávila lleva junto a 465 mártires de la Provincia eclesiástica de Toledo. Don José García Librán, Dios mediante, será beatificado el próximo otoño.
 
 
Agosto del treinta y seis…
¡qué tiempo tan desgraciado!
Contra la Iglesia de Cristo
la persecución se ha alzado.
Comités de incautación
y milicianos armados
han cerrado las iglesias
y los conventos sagrados
y a los curas de los pueblos
los buscan para apresarlos.
Muchos de ellos, sin motivo,
son vilmente asesinados…
Don José está en Gavilanes
entregado a su trabajo.
Es joven. Aún no ha cumplido
siquiera veintisiete años.
Él atiende con amor
a sus fieles parroquianos,
celebrando de la Misa
los misterios sacrosantos,
visitando a los enfermos
y socorriendo a los sanos.
A él acuden jubilosos
los niños y los ancianos.
Los huérfanos y los pobres
en él se sienten saciados.
 
Es feliz el joven cura,
de todos muy apreciado…
Pero en España un veneno
todo lo está inficionando:
el odio a la fe de Cristo
y a sus ministros sagrados.
Desde los pueblos vecinos
las noticias van llegando
cómo los curas y frailes
están siendo asesinados
por piquetes sanguinarios
de milicianos armados.
El comité en Gavilanes
a don José ha amonestado.
Le han prohibido decir Misa
y la Iglesia han profanado,
usándola de almacén
y corralón de ganados.
Don José espera en su casa
muy triste, y acompañado
de su hermano Serafín
que ha venido a visitarlo.
Le avisan que el Comité
ha decidido apresarlo.
Los amigos le aconsejan
que se ponga a buen recaudo.
En una casa, en la sierra,
refugio le han preparado
pero él no quiere marcharse
como si huyera asustado.
Como era muy querido
y tenía fama de santo,
los milicianos del pueblo
no se atrevían a tocarlo.
Estoy en gracia de Dios.
no temo, pues, nada malo”,
dicen que dijo tranquilo
cuando le comunicaron
que venían a buscarle
unos de Pedro Bernardo.
El buen Pastor, repetía,
no deja solo al rebaño.
Jesucristo está conmigo.
los lobos no me harán daño”.
Mas, como ya maquinaban,
su sacrificio nefando,
decidió salir del pueblo
para salvar a su hermano.
 
En una casa, en la sierra,
un día se refugiaron
y allí fueron en su busca
siete fieros milicianos.
Iban todos con fusiles
y puñales afilados
y no eran de Gavilanes
sino de Pedro Bernardo.
Cuando aquellos asesinos
en la casa penetraron
hallaron a don José
con el rosario en las manos
y a su lado, en una mesa,
la Biblia y el Breviario.
¡Tales armas esgrimían
los dos piadosos hermanos!
Los milicianos al punto
a don José maniataron
y a los dos entre las peñas
sin piedad los arrastraron.
En el paraje escabroso
llamado Cuesta del Lancho
fiero martirio les dieron,
cerca de Pedro Bernardo.
Cuentan que cuando llegó
el momento más amargo,
a Serafín le dijeron
que no querían matarlo,
que solo les importaba
el sacerdote, su hermano,
pues iban contra la Iglesia
y la fe de los cristianos.
 
Sálvate tú, Serafín,
dijo don José implorando,
y cuéntale a nuestros padres
y a todos nuestros hermanos
que muero en la fe de Cristo
por sacerdote y cristiano”.
Hermano mío del alma,
yo no me voy de tu lado”,
le respondió Serafín
y añadió a los milicianos:
“¡Disparad vuestros fusiles!
¡Moriremos abrazados!”
“¡Viva Cristo Rey!”, gritaba
don José con entusiasmo.
Pensaba que era un cobarde
este mi querido hermano…
¡Llevamos la misma sangre,
pues la misma muerte dadnos!
El Padrenuestro rezaban
los hermanos abrazados
cuando sobre ellos cayeron
los feroces milicianos
y allí mismo, sin piedad,
a los dos apuñalaron.
Luego los rojos fusiles
con rapidez aprestaron
y sobre sus dos cabezas
empiezan a dispararlos…
Cuando entre las duras peñas
expiraban los hermanos,
sus martirizados cuerpos
arrojaron a un barranco
para que las alimañas
pudieran despedazarlos…
 
Esta fue la horrible muerte
que sufrieron, por cristianos,
Serafín y don José,
los dos mártires hermanos.
Y cuando los nacionales
aquellos pueblos tomaron,
con dolor los familiares
los dos cuerpos rescataron
y a Torrico los trajeron
para, por fin, enterrarlos.
Los restos de Serafín
llevaron al camposanto.
Los de don José en la iglesia
parroquial los colocaron
y allí los venera el pueblo
con los honores de santo. 

Bajo estas líneas, José María Gómez.
 
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