Miércoles, 04 de agosto de 2021

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¿Qué ciudad es esa Magdala de la que proviene la Magdalena?

por En cuerpo y alma

 
            Magdala, la ciudad que supuestamente da nombre a María Magdalena, al igual que otras ciudades del Nuevo Testamento, no digamos las del Antiguo, plantea un problema de identificación de mediana importancia a exégetas, historiadores y arqueólogos.
 
            Para empezar, lo primero que se ha de decir es que un personaje llamado expresamente “María Magdalena”, con las dos palabras, se recoge en los cuatro evangelios.
 
            Mateo lo hace una vez en Mt. 27, 61, donde la coloca al pie de la cruz. Marcos lo hace tres, una igualmente al pie de la cruz (Mc. 15, 47); otra en el descubrimiento de la tumba vacía (Mc. 16, 1); y una tercera como primera beneficiaria de las apariciones del Señor (Mc. 16, 9). Lucas la cita dos: una primera cuando la presenta como una de las mujeres que subviene a las necesidades de Jesús y su grupo de discípulos (Lc. 8, 2); y otra cuando la presenta como Marcos como una de las descubridoras del sepulcro vació (Lc. 24, 10). Y Juan la cita tres: la primera para situarla al pie de la cruz (Jn. 19, 25); la segunda cuando la presenta como primera beneficiaria de las apariciones del Señor (Jn. 20, 1); y la tercera cuando la presenta comunicando a los apóstoles la resurrección (Jn. 20, 18).
 
            Menciones a las que habría que añadir las que con toda claridad refiriéndose a ella, la llaman simplemente “María” (Y todo ello sin entrar en la posible identificación de María Magdalena con las otras Marías del Evangelio a las que nos referiremos en otra ocasión).
 
            Pues bien, las candidatas a constituir la ciudad natal de ese singular personaje evangélico son tres: una mencionada en el Evangelio y dos mencionadas en el Talmud, pero, desde luego, ninguna que sea mencionada en el Antiguo Testamento, por la sencilla razón de que en el Antiguo Testamento no se menciona nunca una ciudad de tal nombre o que de alguna manera pueda ser identificada como tal.

¿Ruinas de Magdala de la Magdalena?
 
            Por lo que se refiere a la candidata evangélica, no está exenta de polémica, pues la mención es bastante “imperfecta”. Trátase de la que realiza Mateo cuando al citar el milagro de la alimentación de la multitud con “siete panes y unos pececillos” (Mt. 15, 34) ocurrido junto al mar de Galilea (Mt. 15, 29) termina el episodio con esta afirmación:
 
            “Despidiendo luego a la muchedumbre, subió a la barca, y se fue al territorio de Magadán [¿Magdala?] (Mt. 15, 39).
 
            Dicha identificación, aunque coherente con una Magdala cercana al mar de Galilea, que es como se la ha supuesto, plantea dos problemas: el primero, la confusa transcripción del nombre (Magadán por Magdala); el segundo, que en la versión marquiana del episodio que se da en llamar “Segunda multiplicación de los panes”, que cabe identificar por ocurrir como la de Mateo en el mar de Galilea (Mc. 7, 31), Marcos le da este final:
 
            Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanutá” (Mc. 8, 10).
 
            Ciudad esta Dalmanutá, por otro lado, absolutamente desconocida como se afirma a pie de página en la Biblia de Jerusalén.
 
            La coincidencia viene avivada por el hecho de que no faltan manuscritos evangélicos donde la ciudad a la que se retira Jesús resulta ser directamente Magdala. Así por ejemplo la llamada Biblia del Rey Jacobo, versión canónica del cristianismo anglicano realizada en 1611, en la que se lee:
 
            “And he sent away the multitude, and took ship, and came into the coasts of Magdala”. (Mt. 15, 31).
 
            La confusión que refleja el texto evangélico es menos notoria en el Talmud, donde se mencionan dos magdalas. La primera es Magdala Gadar, al este, sobre el río Yarmouk, cerca de Gadara, de donde toma el nombre. La segunda es la Magdala Nunayya (Magdala de los peces), situada a orillas del mar de Galilea, identificable con la Al-Majdal palestina despoblada con ocasión de la fundación del estado de Israel, y cercana a la Khirbet Medjdel, existente hoy día. Una ciudad que, de haber existido Magdala alguna vez, se convierte en el principal candidato a constituir su reminiscencia. No faltan por último, quienes identifican Magdala con la que menciona Josefo en sus Guerras Judías (Bell. 3, 19 y otras) como Tariquea, que sería, en esta hipótesis, el nombre griego de la ciudad.
 
            Por lo que hace a la arqueología, ciencia a la que también hay que conceder una palabra en el debate, unas prospecciones arqueológicas realizadas en la zona han permitido descubrir restos de una población que podría corresponderse con esa Magdala de la Magdalena tan confusamente citada en el Evangelio y de manera mucho más explícita en el Talmud.
 
Magdalena. Por Tiziano (1532).
            Cabe todavía una segunda explicación al nombre de María Magdalena de naturaleza totalmente diferente pues no la asociaría a una población, sino a una “expresión talmúdica que significa cabello crespo de mujer”, según se dice en la Enciclopedia Católica y que no ha de considerarse caprichosa o baladí, pues es a la que, por cierto, se acoge incondicionalmente la iconografía existente del personaje, como podemos ver en las imágenes que ilustran este artículo.
 
            Uno más de los muchos enigmas que esconden los evangelios, muchos de los cuales se van resolviendo poco a poco, y otros como el de la Magdala que aquí nos ocupa, tardan más (o no se resolverán jamás).
 
            Algo en lo que hemos de inclinarnos más a aceptar la incapacidad y las dificultades en las que aquí como tantos otros episodios de la historia, se desenvuelve el trabajo del investigador, que a la supuesta mala intención de unos evangelistas que no tuvieron otra que la de narrar unos hechos de los que habían escuchado hablar con insistencia y admiración, cuando no los habían presenciado personalmente ellos mismos. Y no lo digo por decir, pues dicha vía, la de la mala intención de los evangelistas, es aquélla por la que discurren tantos exégetas sin otro objetivo que el de sembrar dudas sobre la historicidad y fiabilidad de unos textos que, por comparación a lo que el ser humano estaba en situación de hacer en la época en que fueron escritos, deben ser estudiados y analizados con mucho más respeto del que ellos les otorgan.
 
 
            ©L.A.
            encuerpoyalma@movistar.es
 
 
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