Lunes, 21 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

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Renacer

por Estamos en Sus Manos

Ben paseaba junto al acantilado. Había tocado fondo y ya no sabía qué hacer. No se había acercado allí por casualidad. Miraba con el rabillo del ojo el horizonte del mar mientras oía el acompasado rugido de las olas, al tiempo que el viento húmedo se mezclaba con sus lágrimas. 
Un pensamiento fugaz se le pasaba por la mente de vez en cuando, cada vez más fuerte... Un salto... y adiós a todo. No entendía qué sentido tenía su vida. ¿Para qué seguir viviendo? El diagnóstico era el previsible: depresión. Pero él sabía que no era una cuestión médica. 
Había dejado de hacer pie en la vida. Había tenido de todo, había vivido de todo, pero todo había dejado un vacío en su corazón. Había amado apasionadamente, pero eso había dado poder a su amante para herirle y hacerle sentir que no merecía la pena el amor. 
Su vida no tenía sentido. Ni sabía ni se preguntaba de dónde venía ni a dónde iba, no tenía un porqué o un para qué. Y nada de lo que había vivido le había llenado el corazón. La superficialidad y las drogas conseguían acallar el deseo de vez en cuando, pero nunca del todo. 
Era tal el vacío que sentía que si no saltaba era porque no reunía el valor suficiente. Mientras estaba sumido en estos pensamientos, llegó una furgoneta donde terminaba la carretera que llevaba al acantilado. Salió una familia, ruidosa, que seguramente vendría a pasear. 
El padre abrió la puerta de atrás y con gran dificultad y ayuda, sacó a una chica que apenas podía mantenerse en pie, y la sentó en una silla de ruedas. Aquella chica lucía una sonrisa de oreja a oreja. Sus brazos se torcían hacia adentro. 
Con mucho cuidado el padre y su hijo mayor llevaron la silla de aquella chica desde el asfalto hasta la hierba, mientras los dos hermanos pequeños correteaban de aquí para allá y la madre caminaba junto a su hija en la silla de ruedas. Aquella chica reía a carcajadas. 
A Ben le dio un poco de vergüenza ajena... aunque aquella chica no parecía avergonzada de estar chillando. Hasta que le vio a él y de pronto se quedó callada. Dejó de gritar y se puso un poco roja, pero nada le quitó la sonrisa. Ben se sintió incómodo. No entendía qué pasaba allí 
Mientras el padre paseaba a su hijo junto al acantilado, la madre se acercó a Ben.
- ¡Hola! Mi hija casi se muere de vergüenza al ver que había alguien aquí. ¡Estaba gritando como una loca! Disculpa si te ha molestado.
- No, no me ha molestado - mintió Ben -. 
- Es discapacitada física, pero no psíquica. Se ha dado cuenta de la cara que ponías...
Ben se incomodó un poco más. Pensaba que era una discapacitada psíquica y que por eso chillaba.
- Entonces, ¿por qué gritaba así?
- Bueno, este es su lugar favorito. Hacía 5 años que no venía 
- Ha estado todo este tiempo postrada en una cama del hospital, tiene una enfermedad degenerativa y no se le podía casi ni tocar ni mover. La verdad es que lo ha pasado muy mal. Y nosotros también. Pero estos últimos meses ha mejorado y lo primero que nos pidió fue venir aquí. 
- La verdad es que es un lugar precioso - dijo Ben, conmovido por lo que acababa de escuchar -. No me extraña que le guste venir aquí.
- Pues sí. ¿A tí también te gusta? ¿Estabas dando un paseo, no?
- Sí, claro - mintió Ben. 
En ese momento se acercó el padre con la silla de ruedas y la chica.
- Mira, Carla, te presento a...
- ...Ben, me llamó Ben.
Para cuando se dio cuenta de que ella no podía tenderle la mano, ya la tenía extendida hacia ella. La echó atrás, avergonzado
- Perdón - dijo. 
- ¡No pasa nada! - dijo Carla -. Le ha pasado a muchos. Si quieres dame dos besos, que no muerdo.
Le sonrió. Ben acercó la cara y le dio dos besos de cortesía, olvidando que las lágrimas aún surcaban sus mejillas.
- ¡Estás llorando! - dijo ella -. ¿Estás bien? 
- Eh... bueno... - Ben no sabía qué responder, no podía negar sus lágrimas.
- ¿No habrás venido aquí para suicidarte?
- ¡Carla! - le dijo su madre -. Pero ¿cómo se te ha ocurrido esa burrada?
La cara de Ben le delató, y el marido dio un leve codazo a su mujer. 
- ¡Mamá! ¡Ya lo sabes! Yo lo he pensado mil veces. ¿Me dejáis que hable con él a solas?
Ben estaba absolutamente incómodo, se vio atrapado en aquella situación.
- Claro hija - dijo el padre -, os dejamos. No te vayas muy lejos ¿eh?
Los tres rieron ante la broma. Se alejaron. 
Al principio hubo un pequeño silencio.
- ¿Te importaría empujar la silla y así damos un paseíllo?
- Vale... - dijo Ben.
Traquetearon por entre la hierba unos segundos en silencio. Ben le preguntó a Carla:
- ¿Tú también has pensado en...? Bueno ya sabes... dar el salto... 
- Muchas veces. ¡No sabes lo mal que lo he pasado! Tuve un accidente y, bueno, ya ves. Me he querido morir. Muchas veces. Y creo que si no hubiera estado tan impedida lo habría hecho.
Siguieron paseando en silencio.
- Pero tú, ¿por qué quieres hacerlo? ¡Si estás bien! 
- Bueno, no, en realidad no lo estoy...
Rompió a llorar. Comenzó a contale cómo se sentía, el vacío que había en su vida, su desengaño del amor, los dramas de familia... Carla escuchaba volviendo de vez en cuando un poco la cara hacia Ben.. 
De pronto Ben se sintió estúpido.
- ¡Te estoy contando esto a ti, con todo lo que tienes encima! Menudo idiota soy. Como si no tuvieras suficiente...
- ¡No, no! - dijo Carla -. Ben, cada uno lleva lo suyo, es estúpido comparar sufrimientos. Te entiendo perfectamente. 
Aquello alivió un poco a Ben.
- Me daría mucha pena que tiraras la toalla, Ben, porque tu vida merece muchísimo la pena.
Aquella frase en boca de cualquier otra persona le habría sonado vacía, pero en la boca de aquella chica era una verdad que se le hizo evidente. 
- Después del accidente estaba totalmente deprimida y desmotivada, no tenía ganas de vivir, y mis padres sufrían muchísimo. Me veía como una carga, y soñaba con no despertarme alguna mañana y que pasara esto de una vez. Deseaba morir, y se lo decía a mis padres. 
- Un día mi madre estalló en sollozos delante de mí, en el hospital. Yo también comencé a a llorar, pensando que ella estaba desesperada y sobrepasada por las consecuencias de mi accidente. Pensé que se había venido abajo. Mi padre le dijo que se tranquilizara. 
- Pero ella me miró, y me dijo: "¿Por qué nos haces esto, Carla?". Yo me quedé de piedra. "Hacer... ¿el qué?". "Decirnos que tu vida es una desgracia, que no quieres vivir, que eres una carga... No nos merecemos esto, ni tu padre, ni tus hermanos, ni yo. 
¿Es que no ves el daño que nos haces? ¡Te queremos, Carla! ¡Nos haces mucha falta! ¡Has sido siempre un regalo, y sigue siendo un regalo poder tenerte después del accidente! ¡Queremos disfrutar de ti!". No recuerdo exactamente lo que me dijo... 
- Que era egoísta por pensar así, que tenía que estar agradecida por lo que tenía, que debía aprender de nuevo a vivir. ¡Aprender a vivir! ¿Te imaginas? ¡Nunca lo había pensado! Crecemos dando por sentado la vida, no nos damos cuenta de lo que es, del regalo que es. 
- Y cuando la vida te da un palo, como a mí... y a ti, pues tenemos que aprender de nuevo a vivir. Aquella bronca de mi vida, literalmente, me salvó la vida. Descubrí que mi vida no era para mí, que era un regalo para los que me amaban, y que necesitaba ver mi vida de otro modo. 
- Lo estaba enfocando mal, ¿sabes? Se me había dado una nueva oportunidad. Tenía gente que me quería. Y si en lugar de centrarme en lo que había perdido - las piernas, los brazos - me centraba en lo que tenía - mis ojos, mi boca, mi consciencia... - podía disfrutarlo y ser feliz. 
- Empecé a disfrutar de lo que tenía en lugar de a lamentar lo que había perdido. Y empecé a agradecer el amor y el empeño de mi familia. Todo el clima a mi alrededor se fue transformando. Me di cuenta de que la tristeza que había no se debía a mi enfermedad, sino a mi actitud. 
- ¡Y hoy por fin he podido venir aquí! Lo estaba deseando. Y aquí estabas tú. ¿Será casualidad?
Ben callaba, pensativo, llorando.
- Yo respondo -dijo Carla sonriendo -: ¡no es casualidad! Ben, ¿por qué no aprendes a vivir de nuevo? Si no tienes nadie que te quiera, yo te querré. 
Aquello acabó de derrumbar a Ben.
- Mi madre m quiere - dijo -, y creo que mi hermano también.
- ¿Y tus amigos?
- También, supongo...
- ¡Claro que sí! Si no no serían amigos. Lo que pasa es que no te dicen "te quiero" porque quedaría raro.
Ambos sonrieron. 
- Ben, no seas tonto. Deja de mirar lo que has perdido. Deja de mirar tus heridas o tus dificultades. La vida es hermosa. Céntrate en lo que tienes, no en lo que no tienes, o en lo que has perdido. Yo te voy a cuidar. Cada vez que te dé el bajón, me llamas y yo te echo la bronca. 
Ambos empezaron a reír.
A partir de aquel día Ben renació. Fue muchas veces con Carla a aquel lugar, y también a su casa a hablar con ella, sobre todo cuando le entraban "pensamientos raros", como los llamaban ellos. Y aprendió a vivir. 
Aprendió a apreciar el amor de los que le querían, y dejó de pensar solo en sí mismo. Aprendió que lo que daba valor a la vida era el amor de verdad, vivido en los pequeños detalles. Aprendió a disfrutar de lo que tenía. 
Y, como de aconsejaba Carla, dejó de preguntarse "por qué" y empezó a preguntarse "para qué". Aquel acantilado, que para él había estado a punto de convertirse en su tumba, se convirtió en el lugar de su renacimiento. Ahora, saca tus propias conclusiones.
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