Sábado, 20 de agosto de 2022

Religión en Libertad

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El fin de la parroquia tradicional, y los protestantes de "Mi esperanza."

por Josue Fonseca

Me lo contaba un  amigo  párroco de una gran iglesia, en el centro de la ciudad. El buen hombre estaba hablando con unos padres de niños que se preparaban para hacer la primera comunión, y les animaba  a que ellos también participasen, por lo menos de vez en cuando, por aquello del ejemplo, etc… Y, ya se sabe, en esas ocasiones la gente sonríe, baja la cabeza, y como mucho, dice aquello de: “es que estamos muy ocupados Don Fulano, el tiempo da para lo que da, enfin...”
Pero esta vez no fue así. Uno de los padres le dijo a mi amigo: “Mire, Don J… ¿Para qué vamos a venir a la iglesia, si ni entendemos lo que hacen, ni lo que dicen, ni nos sirve, finalmente, para nada en nuestras vidas? El pobre cura se quedó helado, y no es para menos. Yo le entiendo perfectamente… pero también entiendo a esos padres. ¿Ustedes no?
Hace ya tiempo que lo que ofrecen el 99% de las parroquias ha dejado de ser interesante para nadie, fuera de sus feligreses habituales, que lo son, en su inmensa mayoría, desde su niñez. Hace ya tiempo, mucho tiempo, que el 99% de las parroquias no evangelizan a nadie, que lo que en ellas se presenta ha perdido toda significación para la sociedad que las rodea. Y también hace mucho tiempo que el 99% de las parroquias dejó de ser un lugar en el que la mayoría de los cristianos podía alimentarse, crecer y llegar a ser discípulos de Jesús, nuestro Señor.
Perdónenme si insisto tanto en ese porcentaje tan fastidioso. Lo hago sobre todo por aquellos buenos lectores que tienden a identificar el conjunto de la Iglesia española (o del Estado español, para que nadie se sienta ofendido) con la del Oeste y Norte de Madrid, y se escandalizan cuando hablamos de una realidad tan evidente, como por lo visto difícil de aceptar para algunos.
Por lo demás, esta situación se agrava progresivamente, sobre todo cuando contar con un sacerdote propio es un lujo cada vez más raro, y muchos curas pasan ya más tiempo en coche que en sus templos, o con su gente. Así las cosas, ¿de qué queremos hablar? ¿de catecumenado?¿de dirección espiritual? ¿de ayuda a los pobres? Cuando veo el anuncio de algún simposio de estos con un título, más o menos como “Parroquia y Nueva Evangelización” o “Parroquia evangelizada y evangelizadora”, no sé si sonreír cariñosamente, o llorar. De verdad.
Yo creo que la parroquia tradicional se acaba, y se acaba para siempre. Al menos en Europa y los países desarrollados.
No es una catástrofe. En realidad el modelo que hoy nos parece “de toda la vida” no tiene más que 400 años. De 1563 para acá. La Iglesia lleva casi dos mil, y así seguirá hasta el fin de los tiempos, así que la cuestión que queda por saber es qué modelo o modelos la seguirán para seguir llevando a los hombres el mensaje de la Buena Nueva de Jesús.
Miren, yo no lo sé. Cuando a veces, tras una charla o una clase, alguien me pregunta cómo me imagino el futuro de la Iglesia a nivel institucional, respondo que no tengo ni idea. Eso  sí, mantengo algunas convicciones bien fuertes al respecto:
La primera es que, si la propia Iglesia es un signo de salvación universal para la humanidad, entonces tiene que ser entendida por la gente, porque un signo que  no se entiende ya no es un signo, sino un enigma. Si hablo un lenguaje que la gente no capta, o percibe como vacío, o considera completamente alejado de su vida real, entonces estoy predicando para mí y no para ellos, estoy clamando en el desierto en el peor sentido del término.
La segunda, es que son los hombres y mujeres corrientes los que tienen que hablar de Dios a hombres y mujeres corrientes como ellos, con el lenguaje común que ambos comparten. Entre los cristianos de a pie tienen que surgir, igualito que en el Nuevo Testamento, maestros, profetas, evangelizadores y servidores de los pobres, porque si la Comunidad existe, los ministerios para la edificación de la misma tienen que existir (teología paulina pura). Estos ministerios serán fundamentalmente laicales, lo cual cambiará inequívocamente el modo de ser y presentarse de la Iglesia ante el mundo.
La tercera es que la fraternidad de hermanos es fundamental, pero debe ser real y no ficticia, humana y no solamente teológica (¡cuando entenderemos que las personas no viven de verdades teóricas!). Por eso mismo, debe estar en comunión con las demás,  y entroncada con la gran Tradición a través de la sucesión apostólica. El papel de los obispos debe ser más y más importante, y su influencia, cada vez mayor.
Algunos artículos,  como el de Tote Barrera se hacen eco en este Portal del programa en varias entregas realizado por las iglesias evangélicas españolas, Mi Esperanza, difundido por Intereconomía. Si no lo han llegado a tiempo, les recomiendo que  se lo bajen. Al menos en la parte  que yo he podido ver, ¡qué puedo decir!: estoy más que de acuerdo con esa forma de presentar el mensaje, lo estoy en que sean cantantes conocidos, deportistas famosos, madres de familia, bomberos o psicólogos, gente totalmente corriente, la que hable de Jesús a la gente. Y en su lenguaje también estoy de acuerdo… Por cierto, no hubo ni una sola alusión negativa contra la Iglesia católica, ni siquiera un sutil  mensaje de captación para “nuestros fieles”: un detalle de madurez que también se aprecia.
¿Ya estamos otra vez con los protestantes…? Pues sí. Al menos en ciertos aspectos prácticos, pero totalmente decisivos, creo que nos muestran un camino a seguir, y una visión de la que deberíamos aprender. Como en el caso de los recabitas de Jeremías (Jer 35), o el romano Cornelio, a quien el Señor utiliza para que Pedro entienda que los gentiles también son dignos de la salvación (Hech 10), a veces son los de “afuera” los que nos enseñan el camino de Dios.
Si este es el de un mensaje fresco, comprensible y moderno, en el que los protagonistas son personas normales, con una fe altamente personalizada y coherente y que saben comunicar la esencia de nuestra fe: ¿por qué no aprender de ahí?
Nadie nos quita de examinarlo todo y quedarnos con lo bueno (1 Tes 5,21). ¿No?
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